El terrorífico Mr. Shyamalan

 

montaña1Una de las primeras veces que fui a un parque de diversiones descubrí que era muy enano, por lo que se me prohibía ser parte de ciertas experiencias que otros niños de mi edad eran libres de disfrutar, como por ejemplo la montaña rusa. Mucho peor, descubrí que mi hermano menor podía ingresar a esta atracción sólo por ser unos cuantos centímetros más alto que yo. Fue un momento horrible que, como toda desagradable memoria, todavía recuerdo bien. Después de hacer una eterna fila, el guardián de la montaña rusa me forzó a pararme frente a una regla desdeñable camuflada con una imagen amigable, y luego me dijo “no puedes pasar, eres muy pequeño”. Di un paso atrás y observé como el resto avanzaba sin ningún inconveniente, incluyendo a mi hermano menor, Jose. Me lo tomé lo más personal que pude, arguyendo que el guardián me había arrebatado mi orgullo frente a un montón de extraños en un lugar que debería ser pura alegría, pero nada en este mundo es lo que parece.

Así que mientras Jose y los demás se ubicaban en un asiento de la montaña rusa, yo me quedé al margen, sollozando… ¡No! llorando, quiero decir. Berreando. Con lagrimones enormes cayendo sobre mi cara, que crecían en tamaño y pasión entre más fuerte eran los gritos de emoción y euforia de aquellos que estaban dando volteretas en el aire. Gozando de lo buena que es la vida, y lo rico que se siente la adrenalina ahogando tu sistema. ¡Malditos adictos! Yo les digo.

Mi hermano pequeño había cruzado aquella línea, aquella brecha, antes que yo. ¡¿Qué más quieren de mí?! ¡Llévense todo lo que tengo! ¡Quítenme mi amor propio, si les place!

Que mala suerte era ser un enano. Maldita sea, pensaba. ¿Por qué, Diosito, si he sido tan bueno?

Por lo que me dediqué a crecer un poco, lo suficiente para alcanzar a mis compañeros de clase. Es decir, ya era un flacucho; pura contextura ósea y nada muscular ¿por qué tenía que ser enano, también?

Y crecí. Como un arbolito pequeño se estira para alcanzar los rayos del sol. Crecí un poquito para no hacerme tan adelante en esas filas escolares en las que te ubicaban por orden de estatura. Crecí lo que se pudo, lo que conseguí, para cuando tuviese que volver a ese parque de diversiones, me permitieran ser parte de la camada de gente riéndose de lo lindo a gran velocidad, mientras algún mocoso de baja estatura nos mira fuera de los límites de la diversión llorando de envidia.

Salté a tocar techos, saltaba y saltaba como mono entrenado. Y crecí. No me hice a un porte de basquetbolista, pero lo suficiente para no ser al que le ponen “pulga” de sobrenombre en el salón. Y así me fui a enfrentarme a los líderes del parque de diversiones, recorrí el trayecto peatonal hacia la atracción mecánica que me interesaba, me ubiGP_LD_Harold-Lloydqué en la fila, ansioso antes las exclamaciones de horror y alegría de los pasajeros de la montaña rusa, pasé de largo la regla que alguna vez me había detenido, y cuando fue mi turno de subir y vivir lo que se supone debía haber vivido hacía tiempo, decidí que mejor no, que cierto que le temo a las alturas, y pensándolo bien, también a la velocidad.

Ah, verraco miedo que nos agobia.

Soy una persona miedosa, aquellos que me conocen lo saben. No es secreto de estado. Le temo a las alturas, a la velocidad, por ejemplo. De pequeño solía definirme por aquello que me aterraba; esos fantasmas que se personifican en extraños en la calle o en realidades de la vida. Estuve huyendo de todos ellos durante la mayor parte de mi infancia. Claro que estoy hablando de temores comunes y cotidianos, como el miedo que me despertaba la directora de mi colegio primaria, o la chica que me gustaba en mi colegio primaria, u Ozzy Osbourne, morir sin conocer el mar, morir sin haber ido al extranjero, o morir. Eventualmente llegué a superar varios de esos espantos ridículos que me podían mantener toda una noche en vela. Conocí el mar junto a mi familia en unas cortas pero memorables vacaciones, y logré atravesar la frontera y pisar otros países. El miedo a la muerte sigue allí, pero al menos Ozzy ya no me afecta en absoluto.

En estos últimos días me he dado cuenta que uno de mis miedos de infancia más estorboso sigue perturbándome de vez en cuando, despertándose en mis… llamémoslo, “momentos de vulnerabilidad”, y recordándome que aún sigo siendo ese mocoso  flacucho que no podía ver el video clip Dreamer.

Me refiero a la oscuridad. Temor a la oscuridad.

Sí, era un chiquillo aterrador y endeble, pero al menos podía dormir solo en mi habitación, sin preocuparme de entes sobrenaturales vigilándome en mi soñar y aislamiento. ghostConsideraba ridículo creer que monstruos podían infiltrarse debajo de la cama o que hubiese espectros en el armario. No, yo no era ese tipo de niño. Yo le temía a asuntos realmente peligrosos, como caer por un precipicio o encontrarme en la mira de la directora del American School. Los monstruos no existen. Los fantasmas no iban a molestarme. Y eso fue lo que creí por tanto tiempo hasta aquella funesta noche del 2002, cuando, a tan sólo mis once años, mis padres van y alquilan una película que tenemos la valentía de mirar a las nueve de la noche. El sexto sentido.

Ustedes se han visto Sexto Sentido. ¿Y quiénes se pasean por la pantalla todo el tiempo durante la película? Fantasmas, fantasmas por doquier. Con las muñecas abiertas y disparos en la cabeza, quemaduras y sangre. ¿Y quién era el pobre diablo que veía todas esas atrocidades? Pues nada más y nada menos que un niño. Un infante de nueve años, pequeño y delgado, torpe y tímido. Como yo. Tal como yo. Así lo asimilé. Ese semejante mío tenía que ir por la vida soportando el bullying no solo de niños vivos, en cuerpo y alma, sino también de gente muerta. Y si ya es malo de por sí ser matoneado por chicos más grandes que uno, pues serlo por un montón de fantasmas trastornados es un empujón a la completa locura y al suicidio seguro.

the sixth senseesceneClaro. Entonces la película se acaba, y mis padres hacen un comentario sobre lo buena que estuvo y el inesperado final, para luego mirarnos, a mí y a mi hermano, y pedirnos que nos vayamos a dormir. Solos, en la oscuridad.

“A dormir. Que sueñen con los angelitos”.

Sino es que sueño con una familia colgada del cuello meciéndose sobre mi cama.

No voy a hablar sobre el peculiar criterio que tenían mis padres en aquella época respecto a lo que se nos era permitido ver a esa edad. Pero sí los voy a culpar por esas siguientes noches al evento cinematográfico, cuando lo único que veía era sombras en la oscuridad que de repente comenzaban a parpadear y a arrastrarse desde mi puerta hasta mi mesa de noche, respirando con fuerza un resoplido que me acariciaba la piel y me impedía emitir sonido alguno o moverme siquiera. Y yo me cubría hasta la nariz con las sabanas, sixthimagerepitiendo “es sólo una película, no es real, no es real”, ignorando que al subconsciente le vale un carajo si es real o no. Pues porque, después de todo, tu cabeza se lo cree, se come el cuento entero. Por eso lloraste con la muerte de Mufasa y te alegraste cuando Will Smith consiguió el camino a la felicidad; o te quedaste temblando, casi vibrando como celular, cuando Bruce Willis escucha la grabación de su antiguo paciente en donde escucha las suplicas de un fantasma.

Han pasado trece años y todavía me quedo mirando a la oscuridad desde mi cama cuando suena algo en medio de la nada; un crujido, un soplo, la voz hosca y queda de una mujer con sangre goteándole de la frente.

sixMaldito Haley Joel Osment y su perfecta actuación de chiquillo asustado, con sus ojitos enlagunados en lágrimas y su icónica frase “veo gente muerta”, merecedora de una nominación al Oscar a mejor actor de reparto. Apuesto a que ese mocoso nunca tuvo problemas para dormir solo en su habitación. Apuesto a que no tenía pesadillas de niñas abandonadas en las calles, donde nadie las socorría. Apuesto a que no volvió a orinarse en la cama una última vez a los once años. Y, a pesar de todo eso, creo que debieron haberle dado el Oscar al chico.

El Sexto Sentido fue la película que me obsequió el temor a la oscuridad, y alimentó mi amor por el cine, por el cine bien hecho. Fue una película que no me atreví a repetir hasta muchos años después, cuando la contemplé como un film decente, pero poco aterrador. Esa magia tétrica se desvanece con el tiempo, aunque el temor nocturno permanece, en menor grado, pero permanece.

Pocas películas volvieron a aterrarme de la misma forma después de eso.

Lo más aterrador que ha hecho M. Night Shyamalan desde el Sexto Sentido es lo que hizo con su carrera. Shyamalan es del tipo cineastas cuya obra cae en picada en vez de mejorar. Pero ¿Qué más van a decir sobre pobre director que no se haya dicho ya?

Lo creímos un genio con Sexto SentidoUnbreakable. Después vino The Village, que no tuvo las mejores críticas, The Lady in the Water, que pasó desapercibida (y finalmente odiada). Y ya el resto es historia. Cualquier cosa podría pasar en la carrera de este director, pero me dejó helado con The Happening; esa terrible película que nos trae un Marky Mark extraño, y tedioso, combinado con la insoportable expresión de Zoey Deschanel. Momentos incómodos y personajes bizarros, con una trama que no pasa de ridícula.

¿Que nos trajo después? The Last Airbender, la catastrófica adaptación de la aclamada serie animada. Aclamada por el público y por mí. Esa serie despertaba mi niño interno,  amante de los personajes con poderes y mundos fantásticos.  Un niño que murió un poco al ver esa profanación de film. Ciertamente Shyamalan me aterroriza todavía, no en el mismo sentido, pero me aterra. Es imposible contar las veces que negué con la cabeza estando sentado en ese teatro, viendo esa parodia desesperante de una de las mejores series infantiles. Y todo sopesa en los hombros de Shyamalan.
Shame on you!

Es cierto que toda trayectoria artística pude tener sus bajonazos, pero lo que le ocurrió a la de Shyamalan fue un agujero negro. Su carrera, sofocada, lucha por conseguir aire agarrándose del éxito que tuvo El Sexto Sentido. Pero después de haber reutilizado tantas veces la única película sobresaliente a su nombre para convencernos de apreciar sus otras cintas desilusionantes, llegó el momento de quitar el nombre Shyamalan de sus propios proyectos, pues éste estaba convirtiéndose en sinónimo de desastre y alejaba a la audiencia del teatro.

Aun así, muchos ni nos acercamos al cine a mirar After Earth. after earth comicSupimos llevar a cabo una pequeña investigación de antemano, y nos encontramos con aquel tabú que el póster y los anuncios publicitarios evitaron mencionar: el nombre de ese director que alguna vez fue bueno.

Ni Will Smith pudo salvar este film, que parecía más un intento de trampolín en la carrera de su hijo, Jaden, dejando a un lado el encanto y carisma que identifican a Smith padre.

Como amante del cine, espero, con toda la sinceridad de mi corazón, que Shyamalan resurja de nuevo, que descreste al público como lo hizo en aquella ocasión con el chiquillo atormentado. Quizá lo haga con su próximo proyecto. Y ojalá lo sea, ojalá sea un aire, un rayo de luz, para nuestro amigo Shyamalan. Después de todo, cada quien merece una segunda oportunidad, o en caso de Shyamalan, una séptima.

Quizá vuelva a su labor de asustar niños y crearles fobias, y dejarlos marcados de por vida. O por lo menos deje de espantar tanto crítico. En cuanto a , sepan ustedes que me subí a una montaña rusa. Sepan también que que casi me cago del susto mientras los carros subían despacio hacia lo que era una inminente caída hacia el vacío. Sepan que sí me arrepentí al ver que esa vaina sube bastante para luego dejarte caer. Pero disfruté tanto de la experiencia que me volví a subir, y me subí una tercera vez, y luego una cuarta. Sí que me gustan las montañas rusas.

Y así de a poco fui subiendo más alto, perdiendo el temor a irme de jeta contra el planeta, y a saber experimentar la buena vista que te brinda las alturas.

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