NOCHE DE INVIERNO

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Fueron los ladridos de Pastor los que le despertaron. Agustino se levantó torpe y senil, como todas las mañanas de la última década. Se detalló con cuidado a sí mismo, asegurándose que era visible, y luego se percató que su mujer no estaba sobre su pecho despertando al mismo tiempo con él. Acarició el abultado y negro pelo de Pastor, su méndigo perro de ciento dos años que nunca aprendió a mear donde debía y que siempre ladraba al alba. Se tomó una taza hirviente de café con panes rancios que habían sobrevivido a la guerra. Se colocó su buena camisa, el saco curtido con el que trabajaba en la lluvia, y se metió bajo su ruana porque el frío se le estaba metiendo por los huesos. Y postrado en su mecedora, frente al umbral sin puerta, se encontró con un miserable pueblo tornado por completo de blanco. Desde el cielo hasta las montañas y ríos, ocultando el color de las casas y del bosque; blanco y callado.

Pastor se sentó a sus pies lamiéndole la pantorrilla, y se puso a gemir porque se estaba endureciendo del frío.

“Es la nieve. Debió caer durante toda la noche” le dijo Agustino al perro “nunca antes había nevado y ahora esta plaga blanca se nos está metiendo hasta por las ventanas”. Y así era, la nieve se estaba trepando por las paredes, estaba escondiendo los senderos, y ahogando a los árboles. Todo había quedado bajo la poderosa precipitación que había decidido caer por una vez en aquel miserable pueblo.

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Las puertas que no se cerraban y esa horrible ausencia de su voz cantando, le hizo entender a Agustino que Belén ya no estaba.

“Muy bien, Pastor, nos vamos” ordenó saliendo de la casa, oculto tras su ruana, enfrentándose al congelado aire y pisando suave con unos zapatos rotos de cuero. Pastor lo siguió, aullando desconsolado, con la cabeza gacha y con la mirada de un perro de ciento dos años.

“Pueblerinos idiotas” exclamó el viejo “me los imagino aterrados de ver caer la nieve; huyendo como las ratas de las culebras, buscando un lugar donde no llueva azúcar”. Luego gimoteó con nostalgia “Me extraña que Belén haya huido también, que me haya dejado aquí”.

Agustino caminó despacio, procurando no quedar enterrado en la nieve. Observaba todo por encima, entristecido por lo irreconocible y solitario que se encontraba aquel miserable pueblo. “Es extraño” le dijo a Pastor “anoche soñé con pingüinos, aunque nunca he visto uno. Debió ser por el frío”.  Al terminar de hablar se acurrucó sobre la nieve, tosió y escupió partes del escorbuto. “Mierda” exclamó “me enfermo cada vez más desde que me desaparezco”.

Después de haberse vuelto viejo, Agustino se desvanecía por las noches, mientras dormía. Cada parte de su cuerpo dejaba de ser visible y sólo podía saberse que estaba postrado en la cama por su ruidosa respiración. “Eso es que te vas a morir” decía su mujer, Belén “Odio cuando no puedo ver el color de tu piel. Es como si ya no tuviera esposo. Mejor cuídate la salud y deja de ir a matar tigres”. A lo que Agustino respondía dándole la espalda y refunfuñando “Aquí se vive de matar tigres, mujer. Si queremos comer debo seguir cazando, aunque se me borre el pellejo por las noches. Prefiero morir invisible que hambriento”. Pero el miedo siguió creciendo en Belén, quien aseguraba que el tornarse invisible por las noches era síntoma de muerte. “Estás loca, mujer” le decía él “vivir es de por sí un síntoma de muerte”, palabras que ella ignoraba porque sólo podía pensar en el cuerpo sin vida de un hombre invisible.

man-yelling-side-view-silhouette-mdAsí que cuando el viejo cazador se dormía y desaparecía, su mujer tenía que acostarse en su pecho color viento para oírle el corazón, esperando el momento a que éste dejara de latir para despertarle de inmediato antes de que el alma se le saliera del pellejo. Pero él insistía en lo inútil de la técnica diciendo “si mi corazón se llega a detener es porque tengo un sueño pesado, no porque esté muerto, Belén”.

“Sólo espero que cuando te mueras, al menos te podamos ver” le decía ella aguantando las lágrimas que le nacían de pensar en muertes ajenas. “Si me arrebatan tu cuerpo junto a tu alma, ¿a qué le voy a llorar?”.

 Agustino se sentó en un viejo tronco al llegar al bosque donde mataba a los indeseables animales rayados. Todo estaba inundado de nieve, y supo que no encontraría ningún tigre por allí al ver el rastro de huellas felinas que se expandían por la blancuzca capa colina abajo, hacia el pueblo.

“Extraño a Belén” dijo acariciando al perro “como tú, Pastor. Vivir tanto debe dejar mal sabor por la muerte, se lleva a todos menos a uno. Y míranos ahora, estamos abandonados en un pueblo fantasma”. El perro le miró por largo rato, casi vomitando tristeza por sus ojos, y Agustino le dio un beso en la frente. “Es imposible engañar a un perro tan viejo” le dijo sonriendo “Dile a Dios que ya no queremos más mierda por estos lados, y dile que no desvanezca a la gente mientras duerme, da pesadillas”. Entonces sostuvo la escopeta que siempre colgaba bajo la ruana, la cargó, le apuntó al perro entre los ojos, y disparó sin contemplación alguna. “Buen, Pastor” dijo al ver que la sangre del animal manchaba la nieve de rojo. “Ni un pueblo miserable como éste merece ser enterrado bajo la nieve” se dijo frotándose las manos. Y luego de esperar toda la mañana por un día más incandescente, decidió regresar a casa.

Finalmente, el sol de mediodía comenzó a disipar el helado manto blanco. Agustino caminó por entre las casas, mientras éstas se hacían visibles poco a poco. “Este pueblo es como yo por las noches” dijo en voz alta, por la costumbre de la compañía “se esconde de la vista de todos como si no estuviera allí”. Y mientras iba andando, lloró por su perro al que no pudo enterrar por falta de fuerzas, pensó en Belén y en que ya tenía su angelical y femenino rostro retratado en el pecho de haberla tenido durmiendo sobre él durante veinte años. Y mientras la nieve se fue derritiendo, el miserable pueblo fue rebelándose. Agustino siguió caminando sin querer detallar lo que se aparecía, cerrando sus ojos como si durmiese.

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Tiesas manos comenzaron a sobresalir por entre la nieve derretida. Todas las cabezas se fueron asomando, mientras el hielo se desaparecía. Los cuerpos de todos los habitantes del pueblo reposaban congelados en el suelo, con manchas de sangre y pavor en sus rostros. Ya se veían como calacas antiguas siendo exhumadas de sus viejas tumbas. Con dedos torcidos que parecían ramas ennegrecidas de ceniza. Todos ellos se hicieron visibles después de pocos minutos de intenso sol. Sus rostros pálidos brillaban ante la luz.

“La primavera” pensó Agustino.

A cualquier dirección que se mirase se podía ver todos esos hombres, mujeres, y niños carcomidos por los colmillos de los tigres que habían bajado al pueblo durante la tormenta nocturna. Los cuerpos cubrían cada rastro del suelo. Tenían aún los ojos abiertos, las manos al cielo, y crujían mientras se derretían. Hasta que finalmente la nieve desapareció del todo y quedaron los cadáveres en libertad, pudriéndose bajo el fuerte sol, gritando con todas sus fuerzas.

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Belén estaba allí, tristemente echada en el suelo, su rostro estaba blanco y agrietado como hielo, sus labios estaban pintados de un fuerte morado transparente y su abrigo de dormir estaba manchado de sangre congelada. Se encontraba frente a la vieja choza sin puerta, casi diez años más joven y con el nombre de su esposo en la expresión de su boca. Entonces Agustino ocultó sus oídos y siguió andando mientras hablaba solo, cruzando junto a su esposa,  junto a su choza, a los árboles sin hojas, por un camino que no conducía hacia ningún lado. “Da pesadillas” decía. Siguió caminando en tanto su cuerpo se fue desvaneciendo tras cada paso.

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