TUS DEMONIOS Y LOS MÍOS

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Es la primera vez que asisto a uno de estas funciones. Mi supervisor, Dago Rojas, quien se posiciona detrás de mí, me pone ambas manos en mis hombros y me dice al oído “si logras mirar todo sin vomitar, te obsequio un bono para la cafetería, por toda una semana”. Me soba la camisa con sus manos y me dice “mejor, por todo el mes”. Se acerca tanto que siento su aliento tibio en mi nuca. “Pero si llegas a vomitar” dice “tendrás que limpiar el escenario por ese mes”. Se ríe en voz baja y me suelta.

Mi supervisor Dago Rojas tiene un intenso cabello rubio peinado hacia atrás, y siempre lleva un atuendo llamativo que resplandece entre nosotros. Cambia de corbata cada día por lo que no podría decir si tiene alguna favorita; a diferencia del señor Ricardo Sierra, quien todos los viernes y algunos días especiales lleva la misma corbata azul de líneas rojas gruesas que cortan en diagonal, divididas por unas líneas amarillas delgadas que le dan cierto estilo. Es una corbata muy bonita, pero no se me ocurriría comprar una similar, ya que quizá el señor Ricardo Sierra podría entrar en algún tipo de crisis existencial al toparse conmigo usando la misma corbata y sería capaz, incluso, de despedirme justificándose con alguna excusa irrelevante.

La corbata que llevo hoy es de un tono rojo terroso, con delgadas líneas verdes, amarillas y rojas que la cruzan. Me la obsequió mi hija mayor el día de mi cumpleaños hace dos semanas. Apenas la saqué del envoltorio ella me la colocó alrededor del cuello, y mientras hacía el nudo, atenta a su labor, yo me quedé observando las dulces expresiones que su rostro adopta cuando se concentra y que sólo puedo detallar estando así de cerca.

Esta noche nos encontramos en la función drinkinvespertina privada No. 0316 del señor Alfonso de Alba, quien está ubicado en el área de espectador exclusivo. Se encuentra sentado en un sillón azul que parece colocado en algún tipo de podio, como si el señor Alfonso de Alba fuese el ganador del algo, y ahora estuviera allí celebrando, con una copa de cristal y una botella de champagne a su derecha sobre una mesita de caoba.

Mi supervisor Dago Rojas, el coordinador de entretenimiento Ricardo Sierra, y yo nos encontramos a este lado de la ventana polarizada que le impide al cliente, Alfonso de Alba, vernos en la sala de controles.

―Siete y media de la noche – dice Dago Rojas mirando su reloj.

―Una enferma de hospital entra a una de las habitaciones – comenta Ricardo Sierra mientras acarician su corbata – y encuentra a Hannibal Lecter comiéndose a su paciente, Gustavo Cerati. La enfermera enloquece y grita “¿Qué está haciendo?”. Y Hannibal Lecter dice “es que me volví vegetariano”.

Ricardo Sierra empieza a reírse solo, con grandes carcajadas tragándose el silencio de la sala de controles. Acomoda sus gafas de marco grueso y luego suelta un resoplo que suena a que está tosiendo. Cubre su boca con su puño y sigue riéndose.

 ―¿Entienden? – nos pregunta sin mirarnos, sólo riéndose. – Vegetariano.

―Es hora de la función, señores – dice Dago Rojas acercándose al panel de operaciones. Aprieta un botón y le pide al personal que empiece. Luego se voltea para mirarme –Tú trabajaste con el Sujeto de esta noche ¿verdad?

―Sí, señor. – Le respondo, aunque eso él ya lo sabía – Estuve a cargo de la coordinación de evaluación psicológica y de la contratación.

―¿Fue tu segundo trabajo en esa área?

―No, señor. Es el quinto Sujeto que está bajo mi coordinación.

―Entiendo que hubo un problema con el Sujeto antes que éste. Y ése también estaba bajo tu cargo ¿no es así?

―Sí, señor. Así es.

Al otro de la ventana se encuentra wall2el escenario, con el cliente Alfonso de Alba sentado en el podio, las paredes de concreto con terminado sombrío y moho sintético aferrado a las grietas. El techo es indivisible, perdido en las fauces de la oscuridad que abraza la intensa luz proyectada por dos focos que apuntan al centro del escenario. Alfonso de Alba se sirve champagne en su copa y bebe un poco en un sorbo sonoro. Lleva un traje oscuro con una corbata negra y una camisa impecable y blanca. El anillo de matrimonio reluce desde su delgado dedo posicionado en el brazo del asiento. Se queda tranquilo saboreando el champagne cuando el Sujeto aparece en el escenario, ubicándose bajo las luces que apuntan hacia él.

El Sujeto es de estatura media y poco cabello, y al igual que Alfonso de Alba se encuentra en sus cuarentas, sólo que sin aquel atractivo que la madurez sí le brindó a de Alba.

Su nombre es Samuel. Nos vimos en una sala privada de un aparatoso restaurante en donde discutimos los asuntos de su participación como Sujeto en la función vespertina privada No. 0316.

―Bonita corbata – me dice el coordinador de operaciones, Ricardo Sierra.

―Gracias. Me la regaló mi hija.

―Tiene buen gusto.

―Su corbata tiene un gran estilo – le digo señalándola con mi dedo.

―Oh, gracias – dice sujetándose la corbata y levantándola un poco –. Es mi favorita.

Samuel, es decir el Sujeto, agacha la cabeza, evitando que la luz le alumbre el rostro. Sus canas brillan con intensidad y sus manos tiemblan un poco. Desde el podio suena la voz de Alfonso de Alba, quien le pide que levante el rostro.

La voz resuena en un eco formidable que hace estremecer un poco al Sujeto. Éste hace lo que le piden y la luz revela un par de arrugas alrededor de unos ojos naranjas y opacos. Su rostro apabullado queda intacto en medio del escenario para que sea observado de un modo ceremonial por de Alba.

―Es una stile e gamma, – dice el señor Ricardo Sierra refiriéndose a su corbata – la traje de Italia cuando estuve allí en los noventas.

Todo este tiempo he estado de pie inundado con un nerviosismo incómodo, mirando con esperanza al Sujeto, quien se llama Samuel, con quien me reuní en el restaurante aparatoso en donde lo entrevisté. Y justo ahora Samuel ya no existe, lo que hay allí es un Sujeto. Y eso debería darme confianza para cobrar mi cheque mensual, pero verlo allí de pie en vivo me da la impresión de que algo va a salir mal.

―¿O sea que has tenido la misma corbata los últimos veinte años? – le pregunta Dago Rojas con una sonrisa sutil.

―Y sigue perfecta – asegura Sierra.

En el escenario Alfonso de Alba deja la copa a un lado y se acomoda en su asiento.

―Toma el cuchillo de cinco pulgadas – dice con una voz que se hace potente en el vacío.

El Sujeto alarga la mano y agarra uno de los cuchillos que están desplegados en frente de él, junto con otras herramientas y armas.

―Mírate el dedo índice de la mano derecha – solicita la retumbante voz de Alfonso.

El Sujeto se queda aturdido por un segundo, escudriñando la silueta postrada en el podio dándole órdenes. Luego se mira el dedo y empieza a tragar saliva. Y yo empiezo a tragar saliva también al ver el terror en su expresión.

Quizás debí darme cuenta de los fallos en su perfil al ver que vacilaba en gran proporción ante mis preguntas cuando lo entrevisté en aquel restaurante aparatoso. Quería darle una oportunidad al tipo. Quería pensar que Samuel estaba listo para esto y postrarse ahí en el escenario y demostrarlo y, de paso, yo podría demostrarme algo a mí mismo. Cualquier cosa.

 ―Bésalo, – dice Alfonso de Alba – bésate el dedo.

―¿Disculpe? – pregunta con voz queda del Sujeto.

―Bésate el dedo índice de tu mano derecha. Míralo y admíralo y siéntelo lleno de tu sangre, la misma sangre que te recorre todo el cuerpo y te mantiene vivo, a ti y a tu dedo. Ese dedo eres tú. Así que bésalo, porque vas a perderlo. Una parte de ti va a morir, y no quieres que ésa parte se muera sin haberte despedido como deberías.

Los ojos del Sujeto se iluminan con un lagrimeo que no escapa de su mirada. Las manos le tiemblan aún más junto con el cuchillo de cinco pulgadas.

―No lo va a hacer – musito entre dientes.

―¿Qué dices, chico? – me pregunta Dago Rojas.

―Nada, señor. No es nada.

―No te preocupes. – Dice él tranquilo, con las manos en los bolsillos – Lo hará.

El escenario es una enorme bodega en la que se encuentran abandonados Alfonso de Alba y el Sujeto. No se puede ver nada más allí dentro. El resto es oscuridad, y el Sujeto se besa el dedo. Sus labios se aferran a su dedo por unos cuantos segundos, hasta que de Alba dice:

―Córtate el dedo.

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Nunca debí aceptar la invitación de mi supervisor Dago Rojas. Quizá sí quería estar aquí, y ver a mi Sujeto bajo la luz que se concentra en él y sólo en él. Darme cuenta que había tomado la elección correcta. Pero todo esto me da mareo y algo de confusión, no puedo detenerme a ver la función y le pido a mi supervisor que me dé un poco de agua.

―¿Seguro? ¿Agua? No te olvides de la apuesta.

―No voy a vomitar.

―Dale agua al chico – dice Ricardo Sierra.

Dago Rojas me alcanza una botella de agua rodeada por una servilleta. La botella está fría, y cuando bebo un poco escucho al Sujeto gritando mientras se corta el dedo. Aparto la mirada y el señor Dago Rojas me dice que mire, que recuerde la apuesta. Volteo y me encuentro con el Sujeto sosteniendo su dedo recién cortado, llorando. Mira en todas las direcciones y parece ido; perdido, ahí, en medio del escenario. Una hilera de sangre cae al suelo y su color rojo profundo se mezcla en con la negrura del asfalto y es casi indivisible.

Los chillidos del Sujeto se riegan a lo largo del escenario en olas que se van y vuelven como la marea. Aquí dentro de la sala de controles el ruido no es tan estridente y se esconde tras la música que Ricardo Sierra coloca en el estéreo.

―Es Lucille – dice Ricardo chasqueando los dedos – de B.B. King.

―¿Quién es B.B. King? – le pregunto.

Ricardo Sierra niega con la cabeza y sigue chasqueando los dedos mientras suena la canción. Al otro lado de la ventana polarizada está el Sujeto agarrándose la muñeca de la mano que acaba de perder un dedo. Ha caído de rodillas y se pone a llorar sobre una mancha brillante que parece ser su sangre y algo de baba que le cae de la boca.

Me deprimo un poco al verlo.

―Todo está bien – dice Alfonso de Alba tomando otro sorbo de champagne.

―¡Mi dedo! ¡Dios Santo! ¡Dios Santo!

―Lo sé, lo sé. Te lo has cortado, amigo. Te has quitado el dedo.

―No, no, no, no.

―Vamos, amigo, cálmate. Todo está bien. Ya está.

Ricardo Sierra cambia de canción en el estéreo y Go your own way de Fleetwood Mac empieza a sonar.

 

―Adoro esta canción – dice Sierra con una larga sonrisa moviendo la cabeza al ritmo de la música.

―Eres un vejestorio – le dice Dago Rojas sin dejar de ver al Sujeto – igual que tu corbata y tu música, Sierra.

―Los clásicos nunca mueren. ¿Te gusta la canción, chico? – me pregunta emocionado moviendo su cabeza de viejo de lado a lado.

―Suena bien.

―No hay nada mejor que esto, chico, nada.

En el escenario está el Sujeto untándose la ropa de sangre y buscando en el suelo el dedo que se le ha extraviado. Y Adolfo de Alba exclama en el podio:

―Amigo, amigo. Escúchame, por favor. Mírame. ¡Mírame!

El Sujeto le mira, pálido y conmocionado, sin soltar su mano.

―Ya está – dice de Alba – está hecho. Debemos continuar.

―No, no.

―Quítate la camisa.

―No, no, no.

―Amigo, quítate la camisa.

―Por favor, no me haga hacerlo. No quiero hacerlo.

De Alba cruza las piernas soltando un suspiro y mese un poco el champagne en la copa. El Sujeto llora como un niño e inclina la cabeza hasta que su frente toca el suelo.

―Amigo, está bien. No te preocupes. Sólo piensa en lo que es importante, lo único relevante en tu vida. Aquello que más amas; tu familia. ¿No es así?

El Sujeto no dice nada, sigue chillando y ahora tiene la frente embadurnada de su sangre y se le escurre por la piel.

―¿Amas a tu familia? ¿La amas? Debes amar mucho a tu familia, amigo. La familia es importante. Y es por eso que yo me voy a encargar de tu familia. ¿Recuerdas? Los viñedos que tú esposa siempre ha querido conocer. Y el agua del mar, y los castillos medievales. Todo eso será parte de ella, gracias a ti, mi amigo.

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En un instante, Adolfo de Alba se termina su champagne y abandona la copa en la mesita de caoba.

―Muy bien – dice dando un aplauso solitario –. Ahora quítate la camisa y el pantalón. Hazlo de una vez.

La mandíbula del Sujeto se agita mientras deja de llorar y se desviste. Queda de pie en ropa interior con unas medias grises que se humedecen por el charco en donde está parado.

―Buen trabajo, amigo. Ahora, lo que quiero que hagas es que tomes el cuchillo de nuevo. Vamos, házlo – dice con una tranquilidad impactante, y el Sujeto obedece –. Y ahora, te vas a arrancar tu pezón, el izquierdo.

El Sujeto mira con miseria a Alfonso y parece estar a punto de desmoronarse en un llanto imparable y acabar con toda la función. Aquello significaría otro Sujeto en mi inventario que falla, y eso sería lo peor que podría sucederme justo ahora.

Sé muy bien que mi supervisor Dago Rojas me trajo aquí para que yo mismo viera cómo se comportan en el escenario los Sujetos que yo evaluaba. Quiere que entienda que no se puede poner a cualquiera allí a que se rebane partes del cuerpo.

Ha sido así toda la semana. La gente no para de preguntarme “¿Acaso no tomaste el curso de evaluador?”. El último Sujeto que evalué dejó de responder y de obedecer a los comandos en plena función, y se quedó inmóvil como un muerto viviente. Y, por supuesto, el cliente se sintió ofendido, y habló de la calidad del servicio, y de la falta de profesionalidad, y preguntó por los supervisores y por quienes estaban a cargo. Y ahora todos se me acercan y me preguntan “¿Cómo no te diste cuenta?” “¿Es que no seguiste la evaluación en orden o algo así?”. Espero que estas sean cosas que sólo pasan y ya. Ha sido así toda la semana.

―Córtate el pezón con el cuchillo. Vamos, adelante. Hazlo. – exclama de Alba con las manos cruzadas sobre su regazo.

Cver01on el pulgar y el dedo índice de la mano izquierda el Sujeto sujeta su pezón, y se lo corta en un movimiento rápido con el cuchillo de cinco centímetros. Suelta gritos exagerados al aire y chilla por unos segundos hasta que se le escapan las fuerzas.

―Observa al cliente – me dice Dago Rojas sin mirarme – y piensa en lo que él quiere, en el porqué está sentado allí. – Permanezco en silencio, y mi supervisor me dice – Tienes que hacerte una idea de los deseos de este tipo de gente, chico. Dime ¿Qué es lo que tú quieres?

―No lo sé, señor. Dinero.

―Exacto. Eso es justo lo que todos queremos ¿no es así? Dinero. Pero ¿Qué quiere la gente que ya tiene todo el dinero que podrían desear? ¿Ah? Tienen todo el mercado a sus pies que les brinda la mejor forma posible de satisfacer todas las necesidades que tengan, y ellos se disponen a crear e innovar necesidades, porque es todo lo que pueden hacer con tanto dinero. Crear necesidades y satisfacerlas. ¿Verdad, chico?

―Eso creo, señor.

―Cada segundo de este tipo de gente cuesta. Este tipo ahí sentado, Alfonso de Alba, vale millones tras cada cambio en el reloj. Y la competencia en el mercado es absurda. Estamos en una carrera por llamar la atención de tipos de esta calaña. Esto es una guerra, chico. Por eso todo debe estar milimétricamente arreglado.

Afuera está el Sujeto sujetándose el pecho, con ambas manos llenas de sangre, y el pantaloncillo y las piernas. Era sólo un pequeño agujero en su pecho del que brotaba la sangre, pero el Sujeto se la ha refregado por todo el cuerpo. Aunque ya ha dejado de llorar. Quizá está en shock y se queda mirando así mismo.

―¿Sabes lo que ofrecemos aquí? – me pregunta Dago Rojas con los brazos cruzados.

No respondo porque cualquier cosa que diga estará equivocada.

―Autenticidad – dice – vendemos autenticidad.

Afuera hay un pezón tirado en el piso, y un dedo índice.

―Sólo piénsalo, chico ¿Por qué Alfonso de Alba está aquí? ¿Por qué un gran pez nos deja su firma en un cheque? ¿Y llena con millones cuentas bancarias a nombre de la familia del Sujeto? Él está aquí viviendo una experiencia autentica. – Me dice el supervisor tranquilo, viendo al Sujeto allá afuera rebanándose una oreja – Esta gente está cansada de ir al teatro o a la ópera o a donde sea que hayan ido toda su vida. ¿Con cuántas prostitutas crees que ese tipo ha estado? No me refiero a chicas de calle como las que tú frecuentarías; hablo de nombres con estatus que son alguien en una revista, mujeres demasiado selectivas. Y ese tipo ha estado tantas veces con ellas que ya no le encuentra el sentido, y por eso nos abre la puerta para que nosotros lo encontremos. El sentido, chico.

En el escenario, Alfonso de Alba le dice al Sujeto que le lleve la oreja hasta el podio y se la deje a sus pies. Y el Sujeto se va en cuatro patas a dejarle su propia oreja sin ningún apego o rito.

―No se puede comprar un orgasmo, chico; menos el de una prostituta. Todas ellas le habrán murmurado obscenidades al oído, y habrán gemido, y le habrán dicho “buen trabajo”. Pero de Alba no llegó a ser el tipo que es creyendo estupideces. El tipo sabe qué es real y qué no lo es. Y ha vivido toda su vida en una mentira. Ha pagado toda su vida por un espectáculo que siempre ha sido diseñado y ficticio.

Parece que el Sujeto está perdiendo el control y se está agarrando al cabeza, y no parece que sepa dónde está ni que es lo que ocurre. Pero Alfonso de Alba lo llama y le dice “amigo, soy yo, soy yo”. Y hacen contacto visual por varios segundos.

―No se puede comprar un orgasmo, pero el dolor es un asunto diferente. Nadie puede fingir sufrimiento, no este tipo de sufrimiento, chico.  – Dago Rojas gira y mirándome me dice – ¿O tú dudas que las lágrimas de tu Sujeto son una mentira?

Yo niego con la cabeza.

―Lo más auténtico que Alfonso de Alba puede conseguir en su ostentosa vida es este momento. El amor, y las amistades, y su familia, y sus relaciones profesionales, todo es parte del catálogo de su perfecta y elaborada vida. Nuestros clientes vienen aquí buscando ver una reacción legítima por parte de otro ser humano. Vienen aquí por verdadero poder.

Alfonso de Alba se sirve otro poco de champagne y le dice al Sujeto que no sabe qué hora es, que ha perdido la noción del tiempo, y que eso es lo que más le gusta de esta noche. Le dice “tú sí eres un amigo, un amigo del alma. Esta noche eres mi mejor amigo”.

―Aquí, Alfonso de Alba es más grande que en cualquier otro lugar – me dice Dago Rojas –. Ha mirado al Sujeto a los ojos, lo ha controlado, le ha impedido perderse en traumas y llanto y le ha hecho despedazarse. Justo ahora Alfonso de Alba es un dios.

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Dago Rojas me rodea, se hace detrás de mí y me vuelve a tomar por los hombros, me hace caminar hacia la ventana polarizada donde todo se hace más grande y deteriorado.

―¿Ya lo entiendes, chico? Le acabamos de dar a Alfonso de Alba el mejor momento de su vida. Un placer tan penetrante que deja atrás sus sueños eróticos más perturbadores. Hemos conseguido el sueño, chico. Hemos vencido al sexo.

A nuestro lado está Ricardo Sierra que empieza a reírse y a blasfemar, y luego coloca en el estéreo Ain’t no sunshine de Bill Withers. La melodía se me mete por los dedos y me hace estremecer, creo que incluso más que ver al Sujeto, a Samuel, con una expresión casi muerta, cortándose los muslos, y los brazos, y apuñalándose con suavidad en el vientre.

Toda esa sangre saliendo de él. Y Samuel luce apagado. Llora, pero no se le puede oír gimotear ni nada. Y yo sólo puedo pensar en el momento en que lo entrevisté en aquel restaurante, y él me habló de su bella esposa y sus cuatro hijos, y sus problemas con el alcohol y las apuestas. Me dijo que todo lo que quería era una segunda oportunidad y que se sentía perdido. Me dijo que quería ayuda. Nunca había pedido por ayuda, pero que se había dado cuenta que la necesitaba.

Escucho a Bill Wither cantando.

Adolfo de Alba se levanta de su asiento, del podio, y baja hacia Samuel a quien se le ha resbalado el cuchillo de la mano. Samuel se balancea de lado a lado, casi a punto de caer, vomita mucha sangre y comida y lo que parece agua. Y de Alba sólo lo observa y luego lo llama “amigo”.

Empiezo a sentir malestar, y creo que también vomitaré, y tendré que ir al escenario y limpiar la sangre de Samuel, y recoger su pezón y su dedo. Imagino que mi supervisor Dago Rojas ya tiene un delantal con mi nombre escrito, y me veo a mí mismo usándolo por todo el mes.

Y Bill Wither dice que no hay luz del sol cuando ella se va. Me dice que sólo hay oscuridad cada día.

Sólo hay oscuridad cada día.

2 Replies to “TUS DEMONIOS Y LOS MÍOS”

  1. Es un cuento fabuloso. Me gusta tu estilo: sabes colocar los mensajes subliminales. Me gustaría contactar contigo, también gane el concurso de RCN y me dieron el libro del año pasado, leí tu cuento y engancho por completo. Es más, creo que es el que más me gusta.

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