La excelencia en la luminosidad

Luces

Mi suegro vino el sábado pasado de visita a reparar algunos pormenores en nuestro apartamento que necesitaban de su asistencia, puesto que yo no solo no estaba dispuesto a hacerlo, sino que ni me había dado cuenta que aquellas cosas necesitaban ser reparadas.

De no estar embarazada, Sina, mi novia, lo habría hecho. Pero teniendo en cuenta que hay un ser humano dentro de ella pateándole las costillas, ha decidido dejar a su padre arreglar lo que tenga que ser arreglado.

Lo primero fue la mesa de cambio en donde en el futuro estaremos asistiendo los pañales.

–¿Qué es lo que le pasa a la mesa acaso? – le pregunto a Sina. – Yo veo que ahí está bien.

–Está muy baja, y va a ser horrible inclinarse tanto cada vez que tengamos que cambiar al bebé.

–¿Está muy baja?

pañal,1Me coloco contra la mesa, cuya orilla está al nivel de mi cadera. No tengo que inclinarme para tocar la superficie, y sé que el grado de inclinación para cuando se esté ejecutando un cambio de pañal tampoco va a ser tan grande.

–¿Qué? Es mucha inclinación – exclama Sina inclinándose más de lo que necesita sobre la mesa, como si de pronto sus brazos se hubiesen retraído y quedasen graciosamente colgando de su torso como las manitas de un tiranosaurios, y lleva a cabo un imaginario cambio de pañales tortuoso para la espalda.

–¿Por qué te inclinas tanto? Ahí uno alcanza a cambiar un bebé sin tanto jaleo. – Aseguro estirando los brazos lo más que puedo, mientras intento mantener mi postura natural – Además es una actividad de unos minutos, no es una posición de trabajo completo.

–¿Sabes cuánto caga un bebé?

t rex.2Esa idea que tenemos los colombianos sobre lo perfeccionistas que pueden llegar a ser los alemanes no es sólo cliché, tiene su grado de verdad. Así son ellos. Les gustan las cosas bien hechas, y hasta un poco mejor que eso. Mientras que nosotros, colombianos, no tenemos problema con las cosas a medio hacer con tal que estemos cómodos y nos podamos ahorrar el extra esfuerzo y la platica de paso.

Están, por ejemplo, las duchas. Aquí en Berlín (o por lo menos en los lugares donde me he quedado) bañarse es un asunto de placer regulado. En unos segundos puedes nivelar la temperatura del agua con una precisión abrumadora, logrando que el agua esté lo suficientemente caliente para relajarte sin que el agua empiece a enfriarse de repente. Puedes, también, cambiar las diferentes formas en la que el agua sale de la ducha; desde una tierna lluvia hasta una poderosa cascada que te aplasta la espalda y las costillas tan deliciosamente que no te importaría morir en ese bonito baño.

En mi casa allá en Colombia el asunto de bañarse difiere un poco a esta versión alemana. La ducha en sí se ve igual, pero las apariencias engañan. Conseguir esa temperatura ideal puede tomarse su ducha.1tiempo, y te pone a saltar y evadir al agua mientras le das vueltas al grifo, y cuando por fin consigues que el agua no te rostice ni te congele, y estás disfrutando de tu rico baño puede que la temperatura empiece a descender de tibia a helada, por lo que si quieres continuar tienes que seguir dándole vueltas al grifo. No puedes modificar la cantidad ni las formas de gotas que te caen encima, así que aceptas lo que la ducha te ofrece. Y lo que le pareció de lo más descabellado a Sina; los cables de la ducha se pueden ver sobresaliendo del aparato, extenderse hacia el otro par de cables que se asoman de la pared para conseguir que toda esta experiencia de bañarse con agua caliente funcione (en mi apartamento en Bogotá tenemos ducha eléctrica). Sina me dice que dicha vista no se ve para nada segura, y la entiendo. Después de todo ya son varios los episodios en que los cables hacen chispitas, las luces en la casa se van en un segundo y vuelven, y la ducha deja de funcionar. No sé si tocar los cables al desgaire pueda matarte, pero sí que puede herirte. Así que es siempre mi papá quien toma el riesgo y se encarama en la ducha y reajusta los cables para que todo vuelva a la normalidad.

“Eso no debería ser tan peligroso” me dice Sina “bañarse no debería ser una cuestión de vida o muerte”. Pero nosotros lo vemos como algo cotidiano de lo que no tenemos por qué tener miedo. Nadie ha muerto arreglando la ducha… hasta ahora.

Por lo que ahora viene mi pregunta, si bañarse es tremenda dicha en Berlín ¿cómo es que te subes a un tren y te golpea ese olor revelador de uno que otro extraño que con seguridad no ha pasado por la ducha en la mañana, ni sabe bien con qué frecuencia usar un desodorante?

tren

Para mi bañarse es un placer, no un deber. Me puedo bañar dos veces en un día, y en sí no me importa qué tan lejos voy a ir (a la universidad o a la panadería), si voy a salir me baño.

Es unas por otras, como decimos en mi país. Puede que en Berlín tengan muy bonitas duchas que te deleitan con cada experiencia en ellas, pero eso no quiere decir que la gente las frecuente.

Otro asunto del que me he percatado es que en la casa de mis suegros el manejo de la luz es delicado. Tienen lámparas situadas en lugares específicos por la casa. Cuando cenamos puede que enciendan una o dos, ajustando la luminosidad en bajo (porque al parecer todo se puede ajustar en este país), y comemos envueltos en una penumbra constante, en voz baja, y por lo general con el televisor encendido. Lo que me parece muy vampírico de su parte para un momento tan familiar.

En mi casa allá en Colombia no hay lámparas. Tenemos bombillos en el techo a los que no se les puede ajustar nada. Así que si brillan con fuerza y a cegar pues brillan con fuerza y a cegar, y así vivimos. En la sala hay un switch que enciende dos bombillos para que toda el área en general sea alumbrada. Si por alguna razón queremos bajar el nivel de luminosidad, desenroscamos uno de los bombillos un poco para que la luz se apague, pero dejando al bombillo colgando del agujero en el techo para cuando lo queremos encender de nuevo solo estiramos el brazo, lo enroscamos hacia dentro y ya está. No es una ciencia perfecta pero funciona.

Este tipo de cosas me muestran lo exacto que pueden llegar a ser los alemanes respecto a los detalles. Tienen muchas cosas que nunca imaginé necesitar, pero una vez las conozco llego a acostumbrarme a ellas y a requerirlas. Tienen ese vasito con la forma perfecta para sostener un huevo, imagino que con el fin de que quede bien cómodo sentadito en el vasito cuando uno lo decapita, le quita la parte posterior de la cáscara y se lo come. Ni hablar del artefacto que utilizan para que la porción exacta de cáscara sea removida. En mi país uno golpea el huevo tibio para que la cáscara se huevo.2.agriete, y empezamos a quitar pedazo a pedazo hasta que estemos conformes. Pues mis suegros se ahorran ese tiempo con este objeto; se trata de un tubo en cuyo extremo inferior tiene una gorrita en forma de copa que le colocan al huevo, y en la parte posterior hay una esfera pesada con un agujero que la atraviesa verticalmente de lado a lado, así la esfera puede deslizarse con libertad de arriba abajo por el tubito. Pues una vez le colocan el gorrito al huevo, sujetan la esfera desde arriba y la dejan caer por todo el tubito hasta que golpea con fuerza el gorrito que quiebra la cáscara del huevo sólo en una porción posterior, como quitarle la tapa de la cabeza a alguien. Quitan esa porción de cáscara y ya tienen el huevito abierto para ser degustado. Este adminículo en especial se conoce en alemán como eierschalensollbruchstellen. Es en sero, ése es el nombre. Búsquenlo en internet si quieren. Eierschalensollbruchstellen. Es más, apréndanlo a decir, sólo para pasar el rato. Que sea su reto personal del día. Sé que va a ser el mío. Decirlo rápido y de memoria. Y luego aprender a escribirlo. Y rezar que no ocupe una gran parte de mi capacidad cerebral, al fin y al cabo, no es una palabra muy necesaria que digamos. Si fuese necesario en mi país sólo nos referiríamos a dicho objeto como “el cosito del huevo”. O “el vainolo pa’ destapar los guevos”. No tendría un apelativo especial, sino que haríamos uso del mar de palabras de las que disponemos para llamar a lo que creemos no merece de nombre. “El cosiato”, o “el churumbelo”.

Admiro a esta gente por su actitud a hacerlo todo y de la mejor forma posible. Mis suegros se distraen con proyectos que requieren trabajo duro. Pasan su fin de semana en su enorme jardín arreglando la tierra en donde crecen tomates, zanahorias, espinaca, calabazas, melones, papa, pepinos, y todo lo que se puedan imaginar. Arreglan las jaulas de los conejos. Trabajan en el invernadero que edificaron hace poco. Reorganizan el pabellón con nuevos muebles en madera que ellos mismos construyeron. Continúan poniendo el camino de piedra. Atiende el estanque de peces. O se ponen a hacer artesanías en madera para sus conocidos, amigos, familiares; construyen baúles, cajas, más muebles que cortan, lijan, pegan, apuntillan, pintan, decoran, barnizan. No sé, todas esas cosas.

Cualquier plan es pequeño para mis suegros. Después de todo ellos mismo levantaron su propia casa; la construyeron con sus propias manos. Y no hablo metafóricamente. Piedra tras pierda edificaron un increíble lugar donde vivir. No una casita modesta que dispone de lo básico para subsistir, sino una de esas casas enormes que un colombiano promedio como yo considera todo un lujo.

Me hace pensar en mis propios padres. Lo máximo que he visto que hagan son esos proyectos escolares para mis hermanos menores. Mi mamá ensayando en papel cómo hacer origami, o figuritas en Tangram. Uno en Colombia hace mapas de los ríos del país, no se pone a construir casas completas, más complejas que los supuestos expertos hacen. Los fines de semana, nos quedamos en casita a descansar de todas las casas que no construimos entre semana. Uno ve películas y come, y los domingos va a misa a pensar en las tareas que no ha hecho para el lunes.

La familia de Sina no puede ver algo dañado porque les da algún tipo de piquiña psicológica, y despierta un extraño lado creativo que los empuja tapar huecos, apuntillar cosas, serruchar madera. Inclusive si no hay nada que arreglar se inventan necesidades. Ahí tienen a mbox2i amado suegrito viendo la mesa de cambio que Sina le dice hay que ponerle patas para elevarla más, por lo del grado de inclinación. Y él nos dice que trajo una cortina (que parece más una pantalla de proyección de video) para colocar en la cocina.

–Pero si no necesitamos una cortina en la cocina – les aseguro a ambos.

–Lo sé – dice Sina – es lo que le dije.

Cualquier cosa que le diga a mi suegro puede pasar inadvertida, ya que en realidad yo no hablo alemán y él no habla muy bien inglés. Así que batallo en mi cabeza intentando reunir todo el alemán que he aprendido para decir “wir brauchen das nicht”. No sé si lo que dije estuvo perfecto, natural y claro. Pero da igual. Bien pude haberle dicho “adelante, bien pueda continuar con lo que se disponía a hacer”, porque él prosigue a llevar a cabo la tarea de instalar la dichosa cortina.

–Pero no quiero una cortina en la cocina – sigo diciendo, esta vez en inglés–. Me gusta la vista de los árboles, me gusta ver a la ardilla en el prado.

–Ya se lo dije, le dije que no nos hace falta.

Mi suegro consigue una banca y se sube en ella para hacerse una idea de cómo y dónde va a colocar la cortina que no queremos tener. La explaya para que veamos cómo sería tener obstruido el panorama. Es terrible.

La vista no me molesta, es una bonita vista. Tres árboles perdiendo sus hojas ante el otoño, y Conrad saltando entre ellas buscando su comida. Me encanta ver todo eso mientras cocino mi desayuno en la mañana, ¿por qué querría ocultarlo? Y sí, Conrad es un nombre que acabo de improvisar para la pequeña ardilla, pero no tenemos de esas en Colombia, es todo un evento bizarro de la naturaleza ver un animal de esos para mi ¿por qué habría de privarme de ver a Conrad hacer lo mismo que yo hago, claro está, cada uno en su correspondiente hábitat? Él come su semilla o lo que sea que coman las ardillas, y yo mi huevo decapitadito.

Finalmente mi suegro cede ante sus intentos de colocar la cortina. Abandona el proyecto, pero sigue murmurando lo útil que sería tenerla allí. No me importa, al menos evité que un alemán arreglara algo que él pensaba necesitaba ser arreglado, y desde mi perspectiva eso ya es un triunfo enorme, por lo que me doy por bien servido.

Regreso a mi computador y dejo que Steffen siga identificando defectos y solucionándolos. Hay que aceptarlo, sabe cómo hacer nuestra vida diaria mcasa pajás práctica, y mientras me deje sentadito en mi rincón redactando lo que se me va ocurriendo, puede construirnos hasta un balcón si le place. Eso sí, que nos haga también una de esas pequeñas casas para pájaros, junto con una morada rústica que atraiga a Conrad hasta aquí, para que me pueda dar el lujo de ver cómo luce de cerca, pillar qué tics le ha dejado su adolescencia ardillezca, y saber qué tan buen vecino es, porque hasta ahora la timidez no lo ha dejado acercase a mi ventana.

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