Ser un fraude

Cuando tenía seis o siete años mi primo Henry va y me dice que si te ponías a pensar mucho te salía humo por las orejas, como una tetera hirviendo.

En ese entonces vivíamos con micomotetera3 familia en el Belalcázar en Tunja, la gran casa rosa y amarilla donde me crie. Henry, que iba de vez en cuando de visita, era apenas un par de años mayor que yo, y con él y mi hermano, Jose, nos dedicábamos a pasar el rato encerrándonos en alguna de las tantas habitaciones en la casa y a pasarnos provisiones por las ventanas de la fachada, a vista de todo el barrio. Henry era como un hermano más para Jose y para mí, y quizás fue por eso que le creí su historia del humo saliéndote por las orejas. No sé si él mismo lo hacía, pero lo dijo tan serio y con tal confianza que nunca se me ocurrió que fuera basura. No dijo “creo que te puede salir humo por las orejas…”, ni tampoco “alguien me dijo que te sale humo por las orejas…”. No, nada de eso. Lo contó como si se tratara de un hecho irrefutable; “si piensas mucho, te sale humo por las orejas”. Fin. Henry no tenía que defender su premisa. Yo lo hice por él. Las máquinas se recalientan y humean, ¿por qué no también los cerebros? Tiene sentido. Y claro que eso me aterró hasta el punto que empecé a meditar antes de siquiera saber lo que era meditar. Me decía a mí mismo “pon la mente en blanco, en blanco, en blanco”. ¿Saben lo imposible que es para un niño poner la mente en blanco? Entre más intentaba no pensar más terminaba pensando.

 “No puedo pensar, tengo que vaciar mi cabeza. Dejarla descansar de tanta pensadera. ¡Maldita, sea! ¡Deja de decirte cosas! Eso es pensar, idiota. ¡No te enojes que es peor! Ahhh ¿ya estoy humeando?” Y corría a verme al espejo a cerciorarme si ya estaba friéndome las neuronas. Puede que no se me estuviera derritiendo el cerebro, pero seguro no me estaba volviendo una lumbrera al creerme completicas las bobadas que me decía el Henry.

Uno pensaría que después de darme cuenta de mi error andaría más precavido de comerme cada cuento absurdo que me pusieran al frente; pero de pendejo no me ganan muchos. Así que cuando mi tío Rafael (quién sabía de nuestra crianza a base de tardes enteras viendo Terminator 2) terminator2me dijo que mi papá era un androide, no dudé en su palabra. Por supuesto que no fueron más de un par de horas de incertidumbre – era un niño, no un idiota – pero la cháchara de mi tío fue suficiente para ponerme a tantear la piel de mi padre en busca de pruebas que demostraran su naturaleza robótica.

Y eso no es todo.

Una tarde el abuelo de mi hermana Laura, Don Luís, vino a visitarnos y trajo consigo una bolsa de mandarinas. Las repartió entre los tres – Jose, Laura y yo –. Y mientras todos comían su porción de forma moderada, yo me atragantaba de los gajos y me los tragaba casi sin masticarlos. Don Luis volteó a ver mi no tan agradable espectáculo y me preguntó qué estaba haciendo con las semillas de la mandarina. “Pues comiéndomelas” le dije. “Te va a crecer un árbol en la barriga y te va a salir por la cabeza”.

Ni siquiera entiende por qué la gente grande les dice cosas de ese tipo a los niños. Comprendo los mitos típicos mágicos y alegres como Papá Noel (que ya ningún niño cree), o los no tan alegres como el coco (para despertar el peligro inminente que son los extraños). Pero ¿para qué decirle a un chico que de comerse las semillas de una mandarina le va a crecer un infame árbol dentro y salírsele por la cabeza? ¿Qué beneficio tiene aquello? Les diré cuál; ninguno. ¿Entonces por qué lo hacen? Pues porque un niño se cree lo que sea, y al aparecer, es divertido ver cómo los embaucamos con cualquier barbaridad que a los adultos se nos ocurra.

No me sorprende que Henry me haya mentido sobre el cerebro chamuscándose, si todo lo que nos enseñan de pequeños es ir por la vida engañando al prójimo sólo por meterle miedo. De por sí ya hay bastante mal en el mundo a lo qué temerle ¿por qué tenían que añadir otro temor a esa lista? ¡Y hacia una indefensa mandarina!

¿Qué si me creí el cuento del árbol? Era un niño de siete años que había depositado su entera confianza en los adultos para que le respondieran cada incógnita de la vida y le revelaran los misterios de la existencia. Pues ¿por qué no habría de creerle?

tree2Todavía tengo fresca la imagen mental que se me vino en ese momento. Yo, caminando tieso por el tronco de madera que me atraviesa la mitad de mi cuerpo, con un morrito vegetal sobre el pelo del que se desprenden ramas, tallos, y mandarinas; y mis hermanos corriendo a mi alrededor, intentando desprender los frutos de mi cabeza mientras me tambaleo de lado a lado queriendo espantarlos. (Así sería, lo sé. Los conozco).

Y si bien fue víctima de tanta farsa que hay por ahí, no me quedé atrás, sino que me propuse a perpetrar mis propias mentiras. Al que más persistía engañar era a mi hermano, Jose. Recuerdo una ocasión echados en la cama de mis padres viendo por vigésima vez Volviendo al Futuro como tantas otras tardes, rascándonos el ombligo (cada uno el propio) y sacándonos la piedra (el uno al otro) a cada oportunidad que tuviéramos. Hay que aclarar que mis padres trabajaban a tiempo completo, y dejaban a la buena niñera televisión a que nos echara un ojo durante su ausencia. Por lo que si no estábamos afuera correteando con otros chicos del barrio o adentro quemando, destrozando, tirando por las escaleras algún objeto valioso para mis padres, estábamos repitiéndonos uno de nuestros videos en VHS. Y mientras veíamos cual zánganos espectadores la película, mi hermano inquirió sobre el funcionamiento del DeLorean.

“¿Cómo es que se llama el coso en ‘Y’ en el carro?” preguntó sin quitar la vista de la pantalla.

“Condensador de flujos, es lo que permite viajar en el tiempo”

“Yo sé, pero es todo simple… no explican qué hace”

“Te lo puedo explicar, si quieres” le aseguré con mi mejor voz de erudito que a mis ocho años pudiese tener.

“Sí, claro” dijo con sarcasmo sin siquiera atreverse a concederme el beneficio de la duda.

“Yo entiendo cómo funciona”

“¡Qué va!” dijo ya con ímpetu al no querer ceder ni un poquito, sino establecer de ipso facto que no iba a creerse nada que se me fuera a ocurrir sobre el tema.

backtothefuture2“Venga le digo” insistí dispuesto a convencerlo “la energía que tiene el auto viaja a través de un cable que entra en…” y me dediqué a elaborar un discurso lleno de patrañas con el vocabulario más rebuscado y sonso que se me pudo ocurrir. Tenía que ver qué tan lejos podía llevar esta mentira y convencer al Jose de que su hermano mayor sabía cosas que él no. Era su deber como hermano menor escucharme si quería llegar lejos en la vida. Pero él sólo me miró apretando los labios, sin esconder esa expresión de recelo, ni darme ningún respiro ante aquella actuación tan patética que estaba protagonizando, dejándome atrapado en mi propia farsa.

Jose no tuvo que decir nada más. Yo era un mentiroso y él no me creía ni media palabra. ¡Maldición! ¿Por qué era tan fácil para el resto del mundo engatusarme y yo no podía engañar ni a mi hermano pequeño con una inofensiva mentira? ¿Qué es que no hay justicia en este mundo demencial?

Fueron muchos los intentos de engañar a mi hermano y muchas las frustraciones que cada fracaso acarreaba. Fue tal mi empeño en ser un buen farsante que crear la mentira perfecta se volvió mi cruzada personal, y así me pasé tardes enteras escribiendo historias creíbles pero falsas que lograran despertar algún temor en Jose hacia el mundo. Hacerle creer que no bañarse por más de una semana le iba a dejar un hedor permanente imperceptible para él, pero muy real para todos los que le rodeaban. O que si estornudabas con los ojos abiertos, éstos daban la vuelta y podías ver dentro de tu propia cabeza. Todo era cuestión de encontrar el balance perfecto entre hechos y fantasía. De tal manera, pasé de mentiras cortas como aquellas a situaciones largas y más elaboradas, con varios personajes y lugares específicos. Eventualmente terminé escribiendo mis primeros cuentos con los que descubriría mi amor por la escritura, siguiendo con novelas llenas de ocurrencias tontas dignas de un niño de once años. Mi deseo por ser un buen embustero me hizo un escritor. Por lo que, si me pongo a pensarlo con cuidado, fue gracias a la desconfianza de mi hermano Jose (o su perspicacia para detectar mis invenciones) lo que me condujo a ser lo que soy ahora. Y eso es el mejor regalo que cualquiera pudiese haberme dado.

Bueno, eso sería una buena historia – quizás – pero como la mayoría de cosas en la vida es falso. No empecé a escribir sólo porque intentaba engañar a mi hermano menor, no sean ridículos. Todo ese párrafo es una colosal y absurda mentira.

Claro, a veces una historia ficticia pero inspiradora es mejor que la simple y típica realidad. Hay mentiras creadas con sólo buenas intenciones, y que llegan a ser grandes anécdotas hasta que la Madre Verdad aparece y lo manda todo al carajo. Estoy hablando de otro momento de mi infancia, no faltaba más.

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La casa en el Belalcázar, Tunja

Volvemos a Tunja, al Belalcázar. Casa grande, rosa y amarilla. Es una mañana fresca y soleada, como pocas veces llega a ser en esa ciudad fría e inclinada. Mi madre me ha comprado un cereal sólo porque en la caja había instrucciones para participar en un concurso infantil de talento y yo insistí en ser participe. La competencia se trataba en hacer un dibujo relacionado con el día de la tierra. Y como mi creatividad es un océano cuyo fondo no ha sido descubierto, decidí participar haciendo un dibujo del planeta con un rostro amigable y todo el asunto, una carita feliz para ser más precisos, levantando ambos dedos gordos (también tenía manos mi planeta), signo universal de ok.

Nunca he sido talentoso para el dibujo (o cualquier manualidad para ser honestos), y lo sabía, pero decidí participar esperando que mi buen intencionado dibujo y mi inocencia de niño despertara una sonrisa en algún ejecutivo de cereal y decidiera enviarme un premio. Era más que una fantasía absurda, y aun así, por algún motivo, pensé que así pasaría, que ese era el orden natural de las cosas. Tenían que premiarme por intentarlo. Así que hice mi dibujo, lo firmé, y lo coloqué en un sobre para que fuese enviado a su inevitable destino.

Semanas después, para mi sorpresa (y sólo mía) nada ocurrió. Ningún premio fue enviado, ningún ejecutivo de cereal se comunicó conmigo, y me estrellé con la cruda realidad de que en este mundo se falla más de lo que se gana. Debí expresar esta frustración a mi madre, ya que ella me dio un discurso sobre la sensatez y disfrutar el camino de la vida junto con las caídas y bla, bla, bla… todo ese monólogo que nos decimos unos a otros cada vez que hacemos parte del grupo de perdedores.

Y, de pronto, llegó esa gran noche. Recuerdo que estaba en el cuarto de mis padres viendo televisión con mi madre, cuando alguien hizo sonar el timbre. El cuarto de mis padres quedaba en el tercer piso, y por esos tiempos, mi tío Rafael y mi tía Pato vivían en el segundo piso, por lo que fue él quien bajó y atendió al extraño en la puerta. Unos minutos después subió con un paquete en sus manos mientras decía “llegó correo para el señor Juan Felipe Forero”. Ése era yo, y nunca en mi vida había recibido correo. Me paré en la cama emocionado por lo que fuese que estuviera ocurriendo. Y mi tío Rafael leyó una nota que decía que me enviaban dicho paquete como respuesta a mi dibujo del día de la tierra.

“¿Eso es un premio?” pregunté.

“Es un premio” dijo mi mamá.

captainplanet4Salté de felicidad y desenvolví el paquete para descubrir un set de colores. Por supuesto que era algo patético para un premio, pero no me importaba, estaba dichoso de haber obtenido respuesta, y una tan favorable. Era un ganador.

No recuerdo muchas noches en aquella casa, pero esa la recuerdo bien. Fue la primera vez que me gané algo. Se convirtió en una anécdota digna de ser contada a lo largo de mi vida. “Oh sí, la primera vez que gané un premio fue con un simple dibujo de la tierra”. No sé por qué, pero siempre me imaginé al mensajero con un traje rojo y amarillo entregándole el paquete a mi tío, incluso le coloqué una voz. “Estoy buscando al señor Juan Felipe Forero” dice su grave, pero amable voz. Tiene el atisbo de una sonrisa en su rostro. Este mensajero está feliz de hacer su trabjo.

No estaría exagerando si dijera que ese premio significó mucho para mí. Pero, como ya lo hemos dicho, toda mentira, incluso las buenas, acaba por derrumbarse.

No fue hasta muchos años después que lo supe. Ya me había graduado de la universidad y era parte de los ganadores del Concurso Nacional de Cuento (siempre es buen momento para presumir de ello). Estábamos hablando con mi familia de tal importante logro cuando se me ocurrió decir “no ganaba algo así desde ese concurso del dibujo sobre día de la tierra”. Mi madre hizo silencio un segundo y luego dijo:

“Ya es hora de que sepas” empezó, soltando risitas que no me daban buena espina “eso fue sólo teatro. Me sentí algo mal de que no te ganaras nada y compré ese set de colores…”

No tuvo que decir más. El resto se proyectó de forma clara en mi mente. Nunca hubo ningún mensajero de uniforme. Mi tío tocó el timbre, pretendió recibir un paquete, subió al tercer piso y me lo entregó. Él hacía parte de toda esta farsa.

No supe qué decirle a mi madre más que “sí, ya me lo imaginaba”.

No, no me lo imaginaba. Saber que aquel hecho de mi vida era una mentira fue como descubrir que hacía parte del show de Truman. No estoy exagerando.

Sí, llegué a superarlo (haber ganado el 8 Concurso Nacional de Cuento ayudó). Pero esa revelación me hizo dar cuenta que hay verdades que prefieres no saber. Sin duda alguna hubiera escogido morir ignorante antes de perder aquella victoria. Pero ya da igual. Tal vez no merecía sentirme como un ganador. Tampoco es que pudiese sentirme libre de todo pecado. Nadie es inocente. No podemos decir la verdad todo el tiempo. La verdad es una bomba capaz de destruir familias, relaciones, países enteros, la vida como la conocemos. Eso de pensar antes de hablar va más de saber formular mejor las verdades (es decir mentir) para evadir el caos.

Todavía estoy aprendiendo a decir mis mentiras, ya son muchas las veces que me han atrapado de infraganti y es abrumador.

angry-call-centre-worker2Lo que nos lleva a otra de mis desventuras. Vivía en Bogotá, tenía 23 años y estaba trabajando en un Call Center para una compañía extranjera como soporte técnico. Recibía trescientas llamas al día de gente enfadada, cuyo internet no funcionaba, diciéndome que ya era la quinta vez que se comunicaban con nuestro servicio sin poder encontrar una solución a su problema. Mi horario iba de una de la tarde a diez de la noche, con clientes que te amenazaban con contactar a su abogado y demandarte, o que exigían hablar con alguien que no fuera latinoamericano. Cada minuto era un escarmiento lento que no perdonaba nada. Y si bien mi trabajo en papel decía que terminaba a las 10 de la noche eso no quería decir que me podía ir. Si estaba al teléfono con un cliente y pasaba la hora de salida, no importaba. Debía quedarme sentado allí todo el tiempo que fuera necesario hasta que el cliente colgara. Eso era un problema porque la ruta que nos llevaba a nuestras respectivas viviendas se iba cada hora; es decir, que si no estaba a tiempo para tomar mi ruta, debía esperar hasta las 11 para poder ir a casa. Y Dios sabe que no estaba dispuesto a quedarme a la deriva de la noche, cansado y enojado, por un cliente y su estúpido internet.

Así que una noche estaba yo sentado en mi cubículo cerrando mi turno, terminando con lo que esperaba fuera mi última llamada del día, cuando el cliente colgó a las 9:58. Yo no podía cerrar mi sesión hasta las 10 en punto, y sólo tenía que esperar dos minutos para poder irme a casa a descansar y a olvidarme de toda esa gente que se pasó el día gritándome o refunfuñando por el auricular. Pero ahí tienen la ley de Murphy jodiéndote porque sí; cualquier cosa que pueda salir mal, seguramente saldrá mal.

A las 9:59 me entró una llamada. Maldije hacia mi interior mientras dije en voz alta “gracias por llamar a xxxx, mi nombre es Felipe ¿cómo puedo asistirlo hoy?”. El cliente sonaba joven y despreocupado, como si llamar a un call center a las diez de la noche fuera parte de su rutina, y relajado me explicó que su internet no funcionaba (vaya sorpresa). Lo que yo tenía que hacer era encontrar una forma de quitármelo de encima ya fuera transfiriéndolo a otro departamento o engañarlo para que él colgara y me liberara de sus garras. Un truco común que teníamos los agentes era preguntarle al cliente si tenía un modem inalámbrico (o sea que no requería de cable para que su computador obtuviera internet), de esa forma el problema podría ser de la señal enviada por el aparato y los transferíamos al departamento de wireless (inalámbrico).

“¿Tiene usted un módem inalámbrico, señor?”

“No. Mi computadora está conectada directamente al cable del módem”

Mierda, pensé. No podía transferirlo.

Así que seguí el procedimiento estándar de resetear el módem y enviarle una señal desde mi sistema, pero aquello requería de tiempo, y yo no tenía mucho, mi ruta se iba ir pronto. Así que tuve que improvisar.

angry callcenter1“Acabo de enviar una señal desde mi sistema hasta su módem. Este proceso requiere un tiempo hasta que el aparato vuelva a funcionar con normalidad. Si desea puede esperar y revisar si ya tiene internet en quince minutos, de lo contrario, puede volver a contactarnos”

Mentí. El sistema no demora en reiniciar quince minutos, solo requiere un par. Pero yo no quería quedarme allí a esperar a que toda esa parafernalia diera resultado. Quizá el internet no iba a funcionar, pero yo ya no iba a estar junto al teléfono para averiguarlo.

“¿Por qué debo esperar tanto tiempo?” preguntó el cliente tranquilo.

Yo no sabía la respuesta porque no había una. Miré hacia la pantalla de mi computadora y busqué alguna palabra técnica que usar para engatusarlo. Encontré las palabras ‘boot file‘, y seguí con mi improvisación:

“La señal toma tiempo en pasar y reorganizar los boot files del modem. Hasta que estos retomen su posición correspondiente el sistema vuelve a correr” dije medio sonriendo de lo idiota que todo esto sonaba.

“Sé que me está mintiendo” (I know you’re bullshitting me) dijo el cliente para mi sorpresa “un boot file es…” y con eso empezó a explicarme porqué todo lo que acababa de decirle era ridículo.

Me sentí atrapado, asfixiado. El cliente me tenía contra las cuerdas y yo sólo quería irme a mi casa a dormir. Así que en un movimiento abrupto colgué el teléfono y me congelé por un instante en mi asiento escuchando cómo la llamada desaparecía en el aire. Rompí la primera regla de todo call center, no colgarle al cliente. Sentí pánico. Me levanté lo más rápido que pude, tomé mis cosas y salí de aquel edificio a toda prisa, mirando hacia atrás para cerciorarme que nadie estaba siguiéndome.

En lo único que podía pensar era en el cliente al otro lado de la línea, rompiendo en furia de pensar que un inútil agente de call center acababa de colgarle después de haberle mentido. ¿Estaría dispuesto a localizarme, venir hasta mi país y continuar con su discurso sobre boot files? No podía saberlo. Puede que al siguiente día mi supervisor me llamara, reprodujera la conversación de la noche anterior que había sido grabada, me hiciera sentir ínfimo y sucio, para luego despedirme. Esas son las consecuencias de mentir, eso es lo que acarrea intentar verles la cara de tontos a los demás. Bueno, casi siempre. Para mi fortuna nadie me dijo nada en la compañía. Mi fechoría pasó desapercibida y me salvé de una reprimenda por parte de mis superiores. Fue un éxito menor ya que a la final no me hubiese atormentado mucho ser despedido de un trabajo que odiaba con tanto desespero. Terminé renunciando un par de semanas después.

Son cosas que pasan, imagino.

Debe haber un montón de lecciones que podría rescatar de todas estas anécdotas. Frases llenas de sabiduría que develen aquellos aspectos negativos que afectan nuestra vida pero de los que pasamos de largo. Algo es seguro, la honestidad es un área gris. El honor y la ética no se encuentran en un extremo sino en algún punto intermedio del espectro entre Verdad y Mentira. El asunto sería encontrar dicho punto que asumo varía respecto al momento. Un asunto para sabios, eso sí. Pero yo no veo ningún sabio por aquí.

bullshit

 

4 Replies to “Ser un fraude”

  1. Muy bueno! me imagine cada momento como si fuera yo la que pasaba por tales circunstancias. te felicito por una vez mas hacernos viajar con tus relatos.

  2. Jose es miy pilo! No era facil de engatusar! Pero mi tio Joseph muy habilmente nos metia muchas historias que sin lugar a dudas creíamos todos!
    Creo que alguna vez tuvo que haberte salido himo por las orejas! Eras muy bravucón jejeje!!!! O le hiciste salir humo a carolina algunas veces!
    Muy entretenido…

  3. jajajajajaaj, Que gozo despertar un domingo y recibir el día con un motivo para reír, para recordar, incluso para llorar… Gracias mi sobrino amado por ese texto tan bello… me siento orgulloso de ser parte de tu vida incluso para embaucarte con una caja de colores… Que gran escritor eres, que gran ser humano, gran esposo y gran papá… y por supuesto, gran sobrino.

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