Un latino en Berlín – 1

De café y vecinos

Nuestro barrio en invierno

Nuestro barrio en invierno, 2017

Ha pasado más de un año desde que me mudé a Alemania, Berlín para ser más precisos, el bello Berlín; un buen escenario para estos meses tan agitados que incluyen: mudanza a un país extranjero donde no hablo la lengua, formar una familia multicultural; mujer, hija, suegros exóticos, estaciones del año, direcciones sin números… bueno, digamos que los cambios se empotran uno sobre otro tan deprisa que no has asimilado uno cuando ya otro se te está echando encima, cabalgándote a la fuerza mientras te da nalgadas furibundas. Puede ser bastante abrumador el sentimiento de tener hijos mezclado con la ausencia laboral y las bajas expectativas de tener una carrera decente siendo un inmigrante incompetente en la lengua nacional, sumado al hecho de estar lejos de tu cultura, familia, amigos (hola Stephy, Jesús, Aleja; ¿cómo me les va?), y la subestimada habilidad de entablar conversación con cualquier peatón.

Bien, dejando los lloriqueos a un lado, la verdad es que no podría estar más cómodo gracias al generoso apoyo gubernamental en los cursos de idioma y el placentero estilo de vida alemán (danke, Angie). Vivimos con mi familia en un pequeño apartamento al sureste de la ciudad, en Treptow-Köpenick. Tenemos sólo una habitación, una sala comedor y una angosta cocina en donde dos personas hacen trancón. Y aunque puede llegar a ser algo claustrofóbico, es acogedor y familiar; además nunca sobra el drama en el barrio. Tenemos al típico viejo antipático y huraño en el piso inferior; el señor Schmitt, de stock-vector-grumpy-old-man-vector-clip-art-illustration-with-simple-gradiescaso cabello blanco a los lados de su cabeza, postura encorvada, pasos lentos, y una actitud de mierda, más uno que otro comentario racista que ha empeorado desde que una de las vecinas, Gabi, se casó con Ron, un africano. Con sólo decirles que una tarde cualquiera don Schmitt golpeó en la puerta de Gabi con una queja absurda:

“Tengo mi bicicleta parqueada afuera” le dijo el viejo a Gabi ya con aire amargado “y me robaron la luz ayer”

Gabi se quedó en el umbral esperando a que el viejo dijera algo que le incumbiera a ella, pero no ocurría.

“¿Y?” preguntó ella.

“Pues que fue su esposo el que se la robó”

“¿Perdón? ¿Cómo se le ocurre eso? Ron no es un ladrón”

“Es el único negro del barrio”

Juro que ocurrió así (según me contaron terceros). Y no es que el viejo tuviese la intensión de insultar a Gabi o a su esposo; para el señor Schmitt pronunciar semejante acusación fue lo más normal y justo del mundo. Ese viejo no se considera racista en absoluto, sino un simple conocedor de hechos obvios, como que el mar es salado y los negros son la causa principal del crimen en el sector.

Pero no es sólo el señor Schmitt, también está Max, quien tuvo una relación con Gabi antes de que ésta conociera a Ron. Max vive en el apartamento junto al de Gabi, es joven, de baja estatura, rubio, blanco, y es un coctel de problemas. Escucha música a gran volumen varios días de la semana a cualquier hora, por lo que mi esposa lo ha visitado en repetidas ocasiones para pedirle amablemente que baje el jodido volumen.

“Es miércoles, son las once de la noche… y tenemos una bebé”

adele2Max sonreía y se golpeaba en la frente mientras colocaba esa expresión falsa de asombro ante el gran descubrimiento de que su música estaba molestando a todo el edificio. Aseguraba que le bajaría al volumen, aunque a veces no lo hacía. Y para ser honestos no era eso lo que me molestaba tanto, sino su insistencia en escuchar la misma canción unas treinta veces seguidas ocasionando los peores déjà vu de la historia. En una ocasión fue “Hello” de Adele. La colocó tantas veces que quedó resonando en mi cráneo contra mi voluntad el resto de la semana. Y, sí, bueno, Adele es muy linda y talentosa y la dejó un novio alguna vez en su vida, pero escuchar el eco de esa canción rodeándonos desde todas las direcciones imaginables, en un ciclo que parecía no tener fin… es para enloquecer a cualquiera, incluso a la misma Adele. Hello, it’s me. I was wondering… bla, blu, blo, una y otra vez. Hello, it’s me. Sí, Adelita, ya sé que eres tú. Aunque no eres tú la culpable de esta tortura, es Max, el mísero e infeliz bueno para nada de Max.

A veces el olor de la marihuana salía de su apartamento y quedaba impregnado en las escaleras del edificio. “¡Ja! Max le está haciendo otra vez”. Abríamos la puerta y aquel aroma a yerba buena se asomaba desde el pasillo. “Max la prendió de nuevo”. Incluso el olor se trepaba por la fachada del edificio desde su ventana a la nuestra. “Max está que se la vuela”. Escuché también que no era la única droga que consumía, le hacía a la cocaína, o perica, ralla (como la llamen los jóvenes de hoy en día), y a otras ociosidades; y se emborrachaba de vez en cuando solo en su apartamento. Tiraba las latas de whisky al prado frente a su balcón. Y lo peor de todo, acosaba como un enfermo a Gabi, la pobre Gabi que tuvo el infortunio de tener una relación con él.

“Apenas lo conocía” nos contó ella intentando excusarse “yo era nueva en el edificio y Max fue amable. Salimos un par de meses, luego descubrí sus… peculiaridades. Terminamos, y yo conocí a Ron, nos casamos. Pero creo que Max nunca superó lo nuestro”

psycho2No solo no lo superó, sino que lo llevó a adoptar comportamientos psicópatas; tales como pararse frente a la puerta de Gabi varios días a timbrar sin parar esperando respuesta que nunca llegaba. “Vigila cuando regreso del trabajo y me espera en las escaleras para hablar sobre lo horrible que es mi esposo”.

Ah sí, el pobre Ron. El viejo Schmitt lo acusa de haber robado la luz de su bicicleta, y Max de traer mucha gente negra a este barrio de gente bien. No, no, no me lo invento. “Desde que Ron vive aquí se ven grupos de negros rondando por ahí” aseguró Max. Ahora, no crean que en mi edificio solo habitan fascistas y supremacías caucásicas. La gran mayoría son solo familias amables, niños sonrientes, y viejos pacifistas que pasean por el bosque. Pero son los locos racistas, a nuestro pesar,  los que se hacen notar.

La avenida más cercana en nuestro barrio

La avenida más cercana a nuestro barrio

No creo que Ron tenga problemas en el sector, siempre se le ve alegre, amistoso. Me hace la charla, gracias a Dios, en inglés, y nunca lo he escuchado quejarse de ningún comentario prejuicioso contra su persona. Pero no es el único que intenta hablarme; irónicamente, la vecina más amigable que tenemos es la esposa del viejo Schmitt.old woman2 La señora Schmitt se ve treinta años más joven que su marido, tiene buena postura, es ágil, y siempre me sonríe. Cada vez que nos la encontramos en el jardín arreglando sus flores, deja a un lado su labor para hablar con mi hija, Emma, y decirle qué tal linda se está poniendo. A veces le entiendo cuando platica conmigo, pero es conversación bastante estándar “¿Van a dar un paseo?”, “está haciendo mucho frío”, cosas así. Cuando no comprendo su galimatías, asiento y suelto unas cuantas palabras en alemán que conozco “Danke, danke”, “Ja, natürlich”. Guten Tag, tschüss, auf wiedersehen.

Siempre que me encuentro con ella y su actitud tan alegre me pregunto cómo puede convivir con ese viejo arisco y gruñón que alega por todo y por nada. Una vez ese anciano intenso me gritó desde la ventana de su apartamento, según él, por pararme en sus flores, como si viviéramos en una tira cómica del siglo pasado.

“¡Daniel! ¡Deja de pisotear mis flores!”

“Perdón, señor Wilson, fue una accidente”

Sólo que en alemán todo suena más aterrador de lo normal.

“¡Schiquerert ausnaikleschtain blumen schmaikster!” (No se trata de alemán estándar, sino  del ruido que escucho producen los viejos que me gritan desde su ventana).

A veces siento tanta rabia contra el viejo Schmitt que siento curiosidad y algo de alivio cuando veo una ambulancia parqueada frente a nuestro edificio con las luces de las sirenas encendidas pero en un luctuoso silencio. ¿Será que el viejo ése ya colgó los guayos? ¿Habrá pasado a mejor vida? – O como dicen los españoles – ¡ya la palmó ese tío! ¡Se van a llevar a ese fiambre! (o al menos eso creo que dicen). Por supuesto que me alegro cuando me entero que la ambulancia no tiene nada que ver con él, que el carcamán quejetas del Schmitt aún respira, no soy un desquiciado desalmado, sólo humano. Solo humano.

*Suspiro*

Déjenme con mis lúgubres fantasías, yo sé que ustedes tienen las vuestras también. De todas maneras el señor Schmitt es una de esas yerbas malignas e inmortales de las que tanto hablan. Tiene como unos ochenta y muchos años y fuma todos los días un sin número de cigarrillos, para nuestra desgracia. Si las escaleras del edificio no smoking2apestan a la ganja de Max, huelen al humo de tabaco de Schmitt. Me he topado con el anciano de camino a los contenedores de basura, sujetando con una mano la bolsa de basura y con la otra un cigarrillo. Camina despacio en el frío del invierno para disfrutar de su amiguillo tabaquillo lo más que puede en aquella trayectoria de cuatro minutos que él puede convertir en doce. Siempre cruzo a su lado, digo “Guten Tag”, él dice “Tag”, lo rebaso en cuestión de segundos, dejo mis bolsas en los contenedores correspondientes, y regreso para cruzarme de nuevo con Schmitt quien apenas ha dado unos cuantos pasos más. Puedo apostar que saca la basura más veces de las que debe sólo por el placer de tener una excusa para salir por aire fresco.

Hace unos días lo encontré a la entrada del edificio con un paquete grande que acababa de recoger. Yo estaba revisando mi buzón, sacando las cartas -que más que cartas son recibos por pagar- cuando el viejo Schmitt intentó abrir su buzón y el paquete se le cayó al suelo. ¿Qué más iba a hacer yo sino recogérselo? Levanté el paquete de inmediato, antes de que el viejo tuviese que esforzarse de más para inclinarse a por él (se doblara algo por allá dentro y se fuera de bruces. Y ahí sí la ambulancia estaría parqueada frente al edificio a recoger al señor Schmitt. Y yo me sentiría como un asesino que dejó a ese pobre anciano morir primero en mi imaginación y luego en la vida real). Intenté entregarle el paquete pero él hizo un ademán para que me esperara un segundo mientras sacaba su correo del buzón. Le dije como mejor pude que podía llevarle el paquete hasta su apartamento. “Ich kann das Packet bringen…” señalé con mi dedo arriba „bis deine Wohnung“. Por supuesto que fue un desastre gramatical, pero el buen señor Schmitt se limitó a asentir y a decir “Danke”. Él avanzó escalera arriba y yo lo seguí despacio, dándole tiempo a que llegara a la puerta y la abriera a su ritmo. Pero en vez de voltearse, coger el paquete y desaparecer en las fauces de su vivienda, se volteó y me preguntó “wollen Sie einen Kaffee?”. El viejo Schmitt me estaba invitando a tomar un café en su casa. Pensé en todas las cosas que preferiría hacer antes que compartir una bebida con ese anciano, pero él sólo quería ser amable, agradecer mi ayuda y fraternizar como vecino… o algo así. Y para evitar que él se pusiera a escribir en su blog sobre aquel joven vecino huraño suyo que le rechazó una invitación de café, dije “oh. Ok”. Y traspasé la puerta al interior de su hogar.

Lo primero que noté fue el bárbaro olor a cigarrillo que estaba impregnado en todo el apartamento y que se me metía a la fuerza por mi cara. Me rasqué la nariz y le eche un vistazo a los cachivaches que decoraban las paredes. Había un millar de cuadros pequeñitos con diversas imágenes de muñecas y barcos navegando muy tranquilos por el mar. Dibujos de flores pintadas en las esquinas, flores reales reposando en estantes de madera. Era obvio que la colorida decoración era reflejo de la señora Schmitt, mientras que el turbio olor correspondía al viejo. Quisiera decir que se complementaban el uno al otro, proveyendo balance a su relación, pero olía tan feo que sólo podía sentir pesar por doña Schmitt. Bastaría un montón de tiempo para liberar a ese lugar de la peste y volverlo habitable, pero, mirándolo por otro lado, me di cuenta que el apartamento era mucho más grande que el nuestro. La cocina era lo suficientemente amplia para poner una mesita pequeña con un par de asientos. Tenían un balcón a un extremo, donde podías encontrar más macetas y una mecedora para contemplar los árboles afuera. La sala era espaciosa, con un sinfín de fotografías en blanco y negro, o Wall2de un color añejo, mostrando a la pareja en diferentes momentos de su vida, resumida en unos cuantos metros de una pared. Ese tipo de cosas siempre me han atraído, proyecciones del pasado, por lo que me quedé hipnotizado mirando los retratos de ese viejo matrimonio que una vez fue joven, recostados contra un auto clásico; él vestido con una camisa a cuadros, posando su brazo sobre la cintura de ella, quien lleva un vestido largo de color claro y un corte de cabello elaborado. Lucían como un par interesante, y me olvidé que estaba en su casa, husmeando en sus cosas. Sentí algo de curiosidad por su historia, la historia del viejo. ¿Habrá vivido algo de guerra? ¿Cómo habrá sido su infancia? ¿Qué memorias tendrá del muro? ¿Qué tipo de música escuchará? Dudo que sea Rammstein, aunque uno nunca sabe.

La voz del viejo me llamó desde la cocina. No llegué a enterarme qué me dijo, pero sonó amistoso, así que le sonreí al verlo. Me pidió con una mano que tomara asiento y eso hice.

“Kaffe oder Tee?” preguntó.

“Kaffee, bitte”.

“Zucker?”

“Ja, zwei” dije mostrando dos dedos, por si no me entendía con las palabras.

El señor Schmitt se movía despacio pero preciso, sabía dónde estaba todo y tomaba las cosas sin verlas. Sirvió dos tazas de café, la de él sin azúcar. Se sentó frente a mí y comenzamos a beber sin decir más. Él tomaba aire de vez en cuando, no desesperado como si se estuviera sofocando, sino tranquilo, casi meditando. Preferí permanecer en silencio puesto que sentía que si llegaba a cometer un error idiomático de algún tipo el señor Schmitt me iba a creer un idiota. Llevo siendo su vecino más de un año y aún no puedo hablar el maldito idioma.

“En mis tiempos simplemente aprendíamos, no nos poníamos a perder el tiempo en duolingo o en apps ridículos”

coffee2Me relajé al contemplar los movimientos taciturnos del viejo. Él no estaba pendiente de si yo cogía mal el vaso o si estaba mal sentado, estaba concentrado en su quehacer. No estaba ahí para juzgarme, sólo quería mostrar su agradecimiento. Ser un buen vecino y compartir un café.

El apartamento estaba tan sereno que juraba podía escuchar mi propia sangre correr por mis venas. No me había dado cuenta lo silenciosos que estos apartamentos podían ser (cuando Max no ponía a Adele a todo volumen). En mi apartamento siempre hay ruido; Emma hablando, o jugando, rompiendo algo; Sina o yo tocando guitarra; música en el estéreo. Aquí, en la casa del señor Schmitt, sólo éramos los dos y nada más. Y aunque el café tenía un sabor extraño, creo que se trató de todo un momento. Un muy buen momento.

3 Replies to “Un latino en Berlín – 1”

  1. JFForero. Me encanta la forma en que escribes.. . Eres muy descriptivo, divertido. Me encantó lo que escribiste, realmente me sentí transportada a tu vecindario en Berlin. Un abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*