Aún tengo mis cicatrices

Iglesia en Santa Sofía, Boyacá

Iglesia en Santa Sofía, Boyacá

Fue por allá en el 2005 cuando mi padre decidió empezar a construir los invernaderos en Santa Sofía y crecer tomates como el resto de la región lo hacía. Yo tenía unos catorce años cuando fuimos a la finca donde cortó los árboles que serían los cimientos de la nueva empresa. Mis hermanos vinieron con nosotros a ver el espectáculo. Jose, como siempre, un año menor que yo, y Nico de apenas tres años. Condujimos campo adentro, que es apenas unos pasos fuera del pueblo, donde todo se convierte en naturaleza y caminos de tierra, y mi padre señaló el árbol que iban a tirar ese día. Hacía buen clima y antes de que encendieran la maquinaria, sólo se escuchaba el prado alto sacudirse, pájaros, y perros ladrando a lo lejos. Mis hermanos y yo nos situamos a una distancia prudente a ver a mi padre y a su trabajador, Jacinto, despedazando un regordete tronco con una sierra eléctrica. Yo, que nunca he sido un temerario aventurero listo para la acción, decidí acercarme a ver a gran definición la abatida del árbol. Jose, prudente como nunca solía ser, se mantuvo en su lugar seguro, sujetando la mano del aquel entonces pequeño Nicolás.

Roble guayacán rosado

Roble guayacán rosado

El árbol era enorme; no soy bueno deduciendo dimensiones a mera vista (mucho menos de una que fue hace más de una década) pero ese gigante tenía más de diez metros de altura, quizá catorce, imponente, fuerte y listo para hacer temblar a la tierra entera con su caída. Recuerdo que había una cuerda cuyo extremo estaba atado al tronco y se estiraba tras éste, por lo que asumí que el árbol caería en aquella dirección (opuesta a la mía). Ése debió ser el plan ya que mi padre nos ordenó hacernos al lado del árbol donde nos encontrábamos.

Así que bien, estaba yo allí sentado en una agradable piedra que sobresalía del prado y que me hacía sentir como un espectador importante, observando a mi padre abrirse paso por el tronco con la sierra eléctrica y la asistencia  de Jacinto, cuando de pronto empezó a oírse el grave tronar de la madera quebrarse a gran velocidad, resonando como rugido, con poderío, tan salvaje que aún puedo escucharlo (no es una forma de hablar, es en serio; fue como si una grieta se estuviera abriendo bajo mis pies y perdurase hasta este momento).  Y justo cuando pensé que sólo vería la caída me volví parte de ella: la cuerda, que (supuestamente) halaba al tronco hacia la dirección opuesta, se soltó y la vi ceder frágil. El árbol se inclinó y empezó a caer… fue ahí cuando me di cuenta. Sí, sí… fue ahí. El árbol estaba cayendo hacia mí… no, no. El árbol iba a caer en mí. Me iba a aplastar como a una cucaracha. Mierda… que horror morir aplastado, con tus huesos pulverizados y tus tripas sobresaliendo de tu carne. ¿Quién iba a limpiar ese desastre? ¿Cómo iba mi pobre madre a reconocer el cadáver de su hijo? El doctor tendría que levantar pedazo tras pedazo y enseñárselo con una breve explicación. “Esto era un brazo” tendones cayendo flácidos. “Ésta era su cabeza… creo”.

Bonga o Ceiba

Bonga o Ceiba

Íbamos en que un enorme árbol estaba cayendo hacia mí. ¿Si aclaré cuan enorme y grueso era? Pues mucho. Juro que no me moví por esos primeros instantes. En mi mente empezó a ceder la idea de que estaba a punto de ser espichado y el único que podía prevenirlo era yo. Solo yo podía salvarme y por alguna razón me quedé ahí sentado, contemplando al tronco crecer entre más se acercaba, debatiendo por qué me encontraba en aquella situación. Soy un chico de catorce años, no tendría por qué estar huyendo de árboles precipitándose sobre mí. ¡Tienes que quitarte, imbécil! Vociferó mi mente al darse cuenta que mi cuerpo estaba dispuesto a dejarse aplastar… a morir tan ridículamente. Así que salté de la piedra. Un par de segundo antes de convertirme en carne molida, di un paso al aire y enseguida un millar de ramas cayeron sobre mi espalda como látigo golpeando al unísono contundentemente, casi diciendo “no saltaste lo suficientemente lejos, niño”. La vista se me nubló por las hojas y el silencio volvió a tomarse el campo. Y todo se volvió oscuridad.

“Estoy muerto” me dije “¡Oh Dios! Estoy muerto”

Entonces empecé a gritar como nunca lo había hecho, chillando con la voz más aguda y estridente que me salió. “¡Ayuda!”. Me di cuenta que no estaba tan muerto después de todo. Pero quizá mis piernas estaban achaparradas debajo del tronco y aún no sentía el dolor por la adrenalina que me sedaba todo el cuerpo.

“¡Mis piernas!” grité entonces.

Olmo

Olmo

Pensé en que nunca volvería a caminar (aún recuerdo el pánico que me entró al contemplar ese pensamiento), no soy un gran atleta de por sí, y odio jugar futbol, pero de todos modos no quería perder mis hermosas piernas. Escuché a mi padre vociferar palabrotas mientras se acercaba a mi rescate, en tanto yo seguí berreando como bebé recién nacido. Jacinto levantó el lecho de ramas que me estaban cubriendo por competo, sentí las manos de mi padre agarrarme y sacarme de un tirón. En cuestión de nada estaba de pie frente a todos, y no podía dejar de llorar. “Casi me muero”.

“¿Qué estaba haciendo ahí?” preguntó mi papá enojado, aunque se notaba que estaba asustado.

“Las ramas me pegaron en la espalda”

Mi papá me volteó y levantó mi camisa para revisarme, la bajó de inmediato diciendo “Bah, no lo pasó nada”. Ahí dejé de llorar. Jose y Nico estaban mirándome pasmados. Si dijeron algo no lo recuerdo.

Nos sentamos y nos calmamos. Dejamos pasar el tiempo suficiente para darnos el gusto de reírnos y rememorarlo todo como una anécdota digna de ser contada con gracia. “Casi me muero” y eché una carcajada. En el carro camino a casa fue de lo único que hablamos. Era un momento importante en mi vida y ahora estoy más seguro de ello teniendo en cuenta la nitidez con la que puedo escuchar al árbol partirse. Más de diez años, gente, más de diez jodidos años.

Mientras conducía, mi papá me dijo “no le vaya a contar a su mamá ¿me oyó?”. Le prometí que no lo haría si él juraba no tirarme otro árbol encima. No lo juró.

arbol_pocahontas2

Árbol de Pocahontas

En ese entonces vivíamos en Barbosa, un pequeño y cálido pueblo de Santander. Mi padre tenía que viajar de Santa Sofía a Barbosa en su motocicleta todo el tiempo en un intento por mantener estable su trabajo y su relación familiar. Así que nos dejó en casa y regresó a Santa Sofía a seguir cortando árboles, ésta vez con los alrededores despejados por si las moscas.

Todo iba bien hasta unos días después. Me levanté y fui a tomar una ducha. Al salir del baño, con la toalla cubriéndome de la cintura para bajo, crucé junto a mi mamá y ella pegó el grito. “¡Felipe! ¡¿Pero qué fue lo que te pasó en la espalda?!”.

“¿Por qué? ¿Qué tiene?”

“¿Que qué tiene? ¡Está lacerada!”

Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli

Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli

Al instante fui a mirar en elespejo de cuerpo entero que teníamos en el pasillo y me giré para verme la espalda. No lo podía creer, tenía un montón de líneas cruzando por toda mi piel en todas las direcciones posibles. Ahora sabía por qué ardía cuando me bañaba. Parecía Cristo en la pasión, la de Mel Gibson para ser más concretos, no la de Franco Zeffirelli.

“¿Entonces? ¿Cómo te pasó eso?” insistió mi mamá.

“Ah, pues… que me cayó un árbol encima”

“¿Qué? ¿En Santa Sofía?”

“Se”

“¿Fue tu papá?”

“Se”

“¿Por qué no me habían contado?”

“Mi papá mi pidió que fuera discreto al respecto”

Mi mamá sólo dijo “humm” y negó varias veces con la cabeza, lo que traduce al español “típico de Josef”. Ah, Josef es mi papá.

Barbosa, Santander

Barbosa, Santander

Hasta ahí vienen mis memorias de ese episodio. Todavía tengo más sobre otros accidentes que me dejaron buenas cicatrices que aún cargo conmigo a donde voy. Las de la espalda son las más grandes, aunque se han ido desvaneciendo con el tiempo; pero no el ruido del árbol partiéndose, ése nunca.

Recientemente leí que en Estados Unidos mueren por lo menos 100 personas al año por caídas de árboles o ramas grandes. Lo que me hizo pensar que menos mal no vivo en los E.E.U.U porque seguro sería otra estadística más. ¿Existirá estadística para los que sobrevivimos? Debería ¿dónde firmo? Tengo cuatro testigos. Mi padre, Jose, Nico y Jacinto. Aunque Nico era muy pequeño, no tengo idea dónde encontrar a Jacinto, y mi papá negará todo el asunto. En fin, aún tengo mis cicatrices, las visiones del árbol y el sonido de la grieta. ¿Qué más necesito para perpetuarlo? ¿Una entrada en un blog? Listo.

Bueno, ahí lo tienen. Sintonicen nuestro próximo capítulo donde narro cómo sobreviví a una cerca de espinas en Villa de Leyva. Buenas noches y que descansen.

7 Replies to “Aún tengo mis cicatrices”

  1. Pues tan inedito es el relato que siendo tu padre y yo los mejores amigos jamas me lo contó….claro las distancias, los caminos que cada quien siguió…en fin, gracias por seguir tus sueños y conocer el mundo.
    En mi modesta opinión creo que escribes bien y mas adelante lo vas a hacer mejor, espero que algún día,si la vida lo permite, me cuentes mas anécdotas, reunidos con tu papá al calor de unos buenos vinos…hasta pronto Felipe

  2. Recuerdo cuando me contaste esta historia… creo que fue la ultima vez que nos vimos! No pare de reir! Contaste la anécdota espectacularmente! As usual!
    Er s un afortunado sobreviviente!

  3. Jajajajaja…. buena descripción. Aja recuerdo ese incidente. Uds vivieron muchas experiencias… diría extremas. Pero ahi van.. ahi vas.

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