Bajo el sol de Sofy City

1.

Ser mano de obra no es precisamente mi especialidad ni tampoco un hobby que consideraría aceptable. Trabajar al aire libre, con herramientas, construyendo y cantando sonatas folclóricas para hacer más tolerable el régimen laboral no ha sido nunca una actividad atractiva; a diferencia de los alemanes, a quienes les encantan sus proyectos caseros de fin de semana donde se pueden pasar horas lijando madera o levantando pequeñas edificaciones, como ese tris de invernadero que tienen mis suegros en su jardín. Mi querida mujer no quiere perder esa cualidad familiar, así que me habla de todos los planes que tiene para cuando vivamos en una casa de verdad, y podamos crecer nuestros propios vegetales y los perros puedan correr por doquier. Me gustan los perros, pero son mucho trabajo; es casi como tener otro bebé, sólo que al perro no le podría permitir orinarse en la casa tantas veces. Si tuviera que escoger una mascota de algún tipo escogería gallinas. Viven fuera de la casa (así que ni tan mascota) y no hay que sacarlas a pasear. Además dan huevos y se ven graciosas cuando caminan cloqueando sin ninguno objetivo. Las llamaría Zelda, Cleopatra, Dorothy y Juana Inés de la Cruz, y me imaginaría las conversaciones que tendrían entre sí, aunque serían más chismes que otra cosa.

A mi mujer le gustó la idea y dijo que tocaba construirles un buen corral. No uno cualquiera; de cuatro palos inclinados y una malla vieja, sino un corral alemán. Siguiendo al pie de la letra las regulaciones de corral estipuladas en el manual oficial de construcción corralera y otras viviendas para animales de granja. Así las chicas: Doña Z, Cleo, Dotty, y Juana Inés de la Cruz, no podrían quejarse de la buena vida que les damos.

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***

Creo que la última vez que hice un trabajo de este tipo fue hace más de diez años cuando nos mudamos a Santa Sofía, Boyacá. Yo tenía quince años, Jose catorce. Vivíamos solos en Puente Nacional (Santander) y asistíamos a un colegio de monjas, La Normal Superior Antonia Santos. Nuestros padres residían aparte en Santa Sofía; hasta que decidieron que era hora de estar juntos como una familia tradicional y nos fuimos allá a convivir bajo un mismo techo. Santa Sofía es el pueblo donde nació mi papá, y la casa donde nos mudamos es la misma donde creció. No era una casa normal, había partes que parecían fuera de lugar. Esto se debía a que la casa era pequeña cuando fue comprada hace un montón de años, pero mi abuelo, don Miguel Forero, la fue agrandando entre más hijos tenía. Al final del día terminó con once hijos y una casa llena de peculiaridades. La sala, por ejemplo, no estaba al mismo nivel que el resto del primer piso, había que subir un escalón algo alto para acceder a ella. Para ir al segundo piso tocaba cruzar el pasillo que dividía las alcobas y antes de toparse con las escaleras había una pequeña sección de baldosa en las paredes, un lavamanos y un espejoaferrados a la pared… como si tuvieras que lavarte las manos para subir al siguiente piso. Según tengo entendido, ahí se encontraba el baño, y cuando decidieron tener más niveles en la casa rompieron las paredes y pusieron las escaleras sin remover las baldosas del baño, ni el lavamanos, ni el espejo. Y por alguna razón, en el segundo piso, en el pasillo entre las escaleras y el baño grande había otro lavamanos y otro espejo.

2.

La familia Forero Niño (mis abuelos, tíos y mi padre) en la Casa de Santa Sofía en sus años gloriosos,

La familia Forero Niño (mis abuelos, tíos y mi padre) en la Casa de Santa Sofía en sus años gloriosos,

A decir verdad los recuerdos de aquella casa son un poco difusos, por lo que le pregunté a mi hermano Jose qué recordaba él.

Yo: Jose, ¿se acuerda de la casa en santa?  ¿Se acuerda que antes de las escaleras había un lavamanos, y como que las paredes tenían baldosas? ¿Había también espejo? ¿O inodoro?

Jose: Sí había inodoro pero estaba justo otro lado del pasillo y tenía puerta, y justo al lado del inodoro había un cuarto pequeño con un escalón que atravesaba todo el cuarto dejando dos niveles diferentes ¿Se acuerda?

Y: Hum

J: No estoy seguro pero tengo ese recuerdo.

***

J: Mi abuelo dejaba los lavamanos por fuera del baño. En el segundo piso era igual.

Y: Sí, eso sí me acuerdo. Es que estoy escribiendo una entrada al respecto. Pero apenas me acuerdo.

J: ¿Se acuerda del nido de ratas en la planta baja? Y en el patio había un árbol de feijoa

Y: ¿Ah sí?

J: Sí. Yo viví solo en esa casa como 6 meses.

(La familia entera se mudó a Bogotá y dejamos a Jose solo en Santa Sofía para que acabara su año escolar en el colegio al que asistía en Villa de Leyva).

Casa en Santa Sofía (2012)

Casa en Santa Sofía (2012)

Y: Pobrecito. Usted solo en esa casa. Jose y las ratas

J: Sí. Me abandonaron a mi suerte. Pero bueno, no salimos tan traumatizados.

Y: Seee… yo sólo lloro tres horas por las noches mientras duermo, pero nada más.

J: Jajaj sí, nada más.

Y: No me acuerdo bien de ese inodoro en el primer piso.

J: Ya le hago un gráfico.

casa

Gráfico del 1 piso de la casa en Santa Sofía por Jose

No voy a negarlo, ni Jose ni yo estábamos muy felices con la mudanza a Santa, tener que empezar de nuevo en otro pueblo, entrar en un nuevo colegio, conocer gente, hacer amigos; era abrumador. Estábamos bien en Puente Nacional, nos gustaba nuestro colegio y queríamos terminar el bachillerato allí. Pero todo eso acabó el día que mis padres aparecieron con una camioneta de plataforma de madera sin techo. Colocaron nuestros trastos en la parte trasera y arrancamos a nuestro nuevo hogar. camiónMe dejaron viajar en la parte de atrás con los muebles. No recuerdo si estaba solo o si Jose estaba ahí conmigo, pero sí me acuerdo que me acosté en mi colchón y permanecí todo el viaje tirado viendo el cielo. Anocheció y  las estrellas se apoderaron del cielo, en ese típico pero siempre impactante cielo nocturno de pueblo colombiano.

 3.

Centro del pueblo

Centro del pueblo

Una vez instalados en la casa mis padres nos registraron en el colegio del pueblo; quedaba tan cerca que lo podíamos ver desde la ventana del segundo piso. Eso fue en julio, por lo que entraríamos a estudiar a mitad de año escolar. No hay nada peor que entrar a mitad de año; eres el único nuevo del salón, no conoces a nadie (ni profesores ni compañeros), no tienes uniforme (lo que te hace resaltar de los demás). Te hacen pararte al frente del salón a presentarte como un idiota, y les piden a los chicos que se porten bien contigo (si toca pedirle a la gente que se porte bien contigo no es una buena señal). Mi primera clase fue física y mientras seguía de pie frente a mis compañeros el profesor me contó qué tema estaban estudiando en ese momento (no recuerdo cuál) y me preguntó si yo estaba familiarizado con él. Por supuesto que no, no estaba familiarizado con ningún tema. Una regla universal al abandonar un colegio para pasar a otro es olvidarse de todo y llegar en cero al otro lado. Resetear el disco duro. Borrón y cuenta nueva.

Le respondí al profesor que sí había oído del tema pero que no estaba seguro de qué se trataba. El profesor asintió y me pidió que tomara asiento, y cuando lo hice me sentí en el limbo; perdido entre hojas de cuaderno en blanco, chismes de gente que no conocía, y extrañando mi vida anterior. Las cosas cambiaron en cuestión de días; la gente de Santa Sofía nos hizo sentir bienvenidos, hice amigos, y de pronto ya tenía una rutina que consistía en clases entre semana, y en asistencia laboral en los invernaderos de mi papá los fines de semana. El trabajo no era arduo, tampoco teníamos que hacerlo con regularidad, así que (según recuerdo) lo hacíamos sin quejas.

Invernaderos en el paisaje sofileño

Invernaderos en el paisaje sofileño

Los días en los que laborábamos de verdad eran cuando teníamos que recolectar los tomates maduros y luego clasificarlos según su tamaño. Podíamos pasarnos todo el día cortando los tomates de las plantas, meterlos en un balde, y clasificarlos en las canastas de tomate correspondiente. Por la noche llegaba a la casa a lavarme las manos para quitarme ese olor tomatoso que parecía no esfumarse ni con jabón. Hasta el día de hoy, cuando percibo un aroma de invernadero o planta de tomate me transporto de inmediato a esos fines de semana trabajando en los invernaderos.

El colegio en Santa se llamaba Instituto Técnico Agropecuario cuyo énfasis, como su nombre lo indicaba, era el sector agrario y ganadero. En cada colegio que he estado siempre ha habido un énfasis por el que la institución se rige. En la Normal Superior era pedagógico, encaminándonos a ser los docentes del futuro. En el Centro Educativo Los Andes (Bogotá) el énfasis era empresarial (orientándonos al manejo y creación de empresas). En el Gimnasio Las Palmas estaban obsesionados con el inglés (en el que, irónicamente, me fue terrible). No sobra decir que entre tantas opciones nunca sobresalí en ninguna en particular, quizá porque no le veía mucho sentido al énfasis en el que cada colegio insistía sin descanso… excepto en Santa Sofía. Éramos gente de campo, por supuesto que nuestro ideal sería eso. Un colegio con énfasis en leyes astronómicas y estructura astral habría de fracasar en Santa. El campo era todo lo que teníamos. No había centros comerciales, ni cine, ni tiendas de moda; todo era regional, natural, salido del mismo suelo que pisábamos. Mis compañeros de clase (en su mayoría) tenían ganado en sus casas, vivían rodeados de naturaleza, en veredas, y algunos de ellos residían tan lejos del centro del pueblo que tenían que caminar bastante para llegar a clase si no había forma de tomar el autobús. Y aun así llegaban temprano a clase. Yo podía ver el patio central del colegio desde mi casa y solía llegar tarde (ésa es otra ley universal, a propósito).

Paisaje en Santa Sofía

Paisaje en Santa Sofía

4.

Yo no era precisamente un chico de ciudad, pero era aún menos un chico de campo; eso no evitó que me desenvolviera bien con mis nuevos amigos: Javier, Daniel y el tercer nombre se me escapa porque tenía uno de esos nombres poco ortodoxos colombianos (algo así como Herber, Helber, Helmer), pero créanme, éramos buenos amigos. Javier era mi mejor amigo; alto, fuerte, hijo del electricista del pueblo. Vivía entre montañas, en medio de la nada (con nada me refiero a un montón de árboles y pradera, sin vecinos, ni tiendas). La única vez que me llevó a su casa nos fuimos a lomo de caballo, cabalgando montaña arriba sobre piedras y pequeños arroyos. Yo iba solo en mi caballo, lo que me asustaba un poco porque no era un medio de transporte que frecuentara, y no le dejaba de repetir a Javier que no quería que mi inexperiencia y la ausencia de un cinturón de seguridad me mataran.

“Nada va a pasarle” dijo “Ya casi llegamos”

Me acuerdo de ese momento muy bien porque mi caballo resbaló con una piedra mientras cruzábamos un riachuelo y se fue para atrás con todas las intenciones de desplomarse conmigo encima. Pegué el grito más agudo que me salió, pero el animal logró recomponerse y siguió andando por aquella rústica senda. Giré hacia Javier esperando que me diera algo de confianza, pero su expresión de pavor me confirmó que mi grito no fue en vano.

Finalmente llegamos a sus tierras después de lo que parecieron horas de travesía, y la imagen me dejó perplejo. La humilde casa de Javier estaba postrada en la pradera, rodeada de altos árboles y un lago al frente que reflejaba como espejo la naturaleza tras de sí. Tenía una gran vista de más montañas extendiéndose a lo lejos y pueblos remotos que sólo eran puntos en la distancia. Era un pequeño paraíso.

“¡¿Ésa es su casa?!” pregunté perplejo.

“Ajá”

“Por Dios, es como ver una postal, Javier. Sólo le hace falta un arcoíris sobrevolando”.

Aún tengo en la mente ese momento; yendo a caballo hacia aquella casa en el lago, sin ningún ruido urbano o humano a la redonda. Me sentí tan lejos del mundo que no resistí dos horas en aquel lugar. Todavía me arrepiento de no haber pasado la noche allí como Javier lo sugirió. Yo sólo quería volver a casa donde teníamos un computador y escuchábamos con Jose a Saratoga y WarCry a todo volumen.

Hacia el paso del ángel

Hacia el paso del ángel

Mi otro amigo era Daniel, el más noble de todos, voz aguda y pestañas gruesas, persistente con su idea de volverse sacerdote como su hermano mayor, a pesar de que estaba enamorado de una de nuestras compañeras. Con el pasar de los días me enteré que no sólo todo el mundo sabía de su enamoramiento (incluida la chica de sus afectos) sino que Daniel llevaba varios años con esa traga por la que no iba a hacer nada al respecto.

El tercero del grupo, Helber, o Herber, era de baja estatura, hombros anchos, piernas de futbolista, gel en el pelo, y actitud austera. Y así como los otros, vivía a horas del colegio, en las profundidades de la montaña. Tenía que caminar más de dos horas todos los días para ir a estudiar y otras dos para regresar a casa. Uno pensaría que con tanto sacrificio apreciaría el valor de la educación, pero Helbercito se conformaba con la asistencia, dejando el aprendizaje para otro momento.

Por ese medio año que viví en Sofy City ellos fueron mi grupo de amigos.

5.

Pocos días después de mi llegada, el colegio organizó un viaje a Bogotá. Nos montaron en un bus y nos mandaron a la capital a visitar la feria agropecuaria (agroexpo) del año. Para alguno de mis compañeros aquella fue su primera visita a la ciudad, pero fue cuando llegamos a Corferias que me di cuenta que mis amigos no estaban acostumbrados a este tipo de vida. Claro, ellos sabían de animales, de plantas, de cosechas, qué se yo; pero ellos se vieron como niños asustadizos cuando se negaron por unos segundos a subir por las escaleras eléctricas. Era la primera vez que veían una y no les parecía muy seguro montar en ellas. Pero pues si yo podía arriesgarme cabalgando a pelo en las junglas de la vorágine, ellos podían pararse en el primer escalón de la jodida escalera y esperar inmóviles hasta llegar al siguiente nivel. Así fue como lideré por primera vez un grupo y les enseñé el procedimiento correcto de subir una escalera eléctrica. Y, créanme, no fue tan fácil como esperé.

Agroexpo

Agroexpo

Daniel colocó un pie en el escalón y al ver que la escalera seguía subiendo sin darle tiempo de pensar, brincó hacia atrás soltando una risa nerviosa. Me quedé ahí mirándolos maniobrar frente a las escaleras por un rato, hasta que los tomé a los tres, y juntos nos adentramos a las fauces de la máquina que nos transportó hasta el segundo piso. Ellos mantuvieron el equilibro en aquel escalón como si estuvieran caminando la cuerda floja, y al terminar el breve viaje, aterrizaron como atletas olímpicos.

Fue un momento bizarro; estos chicos caminaban horas colina arriba para llegar a casa, o montaban a caballo después del colegio, y los citadinos no podían ni llegar al siguiente piso sin la ayuda de una máquina. Y no… no daré un discurso sobre cómo nos hemos vuelto dependientes de la tecnología moderna, y somos incapaces de abandonar nuestra zona de confort virtual (ni cuando estamos cagando podemos dejar de revisar el smartphone). No lo haré. Eso ya se sabe. Y de una forma u otra hemos hecho nuestras paces con ese hecho. Sería algo hipócrita criticarlo mientras lo escribo en mi computadora y lo subo a mi blog en internet. (También he jugado angry birds sentado en el inodoro). Pero mis amigos estaban apartados de ese mundo. Y no sé si tenga conexión o no, pero fueron las personas más nobles y reales que he conocido. No tenían que adoptar una personalidad grupal como mis otros compañeros en la ciudad; no eran emos, o metachos, o punketos, o hippies, o rebeldes, o anarquistas. No hablaban con sarcasmo y cinismo constante. Es decir, eran diferentes a mí.

Cascada de la Juetera en Santa Sofía

Cascada de la Juetera en Santa Sofía

Entre otra de nuestras aventuras Javier me llevó a las cuevas de Santa, donde ningún turista iba y uno nunca se topaba con nadie. Fue como intentar llegar al centro del mundo. Había que descender niveles tan altos que mis piernitas no alcanzaban por sí solas, por lo que Javier tenía que ayudarme a bajar a las entrañas de la tierra, y luego me tiraba de un brazo para sacarme. Fue allí cuando supe que odiaba a los murciélagos y que no me importaba actuar como un bebé aterrado si éstos llegaban a volar en docena a mi alrededor.

Una de nuestras clases tenía que ver con trabajar en diferentes terrenos  y cómo crecer plantas en ellos. Era una materia nueva para mí. Recuerdo a nuestro profesor; Johnson… o quizá Yonson, teniendo en cuenta cómo los colombianos escriben nombres extranjeros. El profe Yonson (o Johnson) llevaba bigote, la misma gorra todos los días, y un par de gafas. Le gustaba darnos órdenes todo el rato mientras nos educaba en cómo abonar la tierra correctamente. No era mi clase favorita, sobra decir. Y no es que tuviera una clase favorita, pero la clase de Yonson era la más difícil de tolerar.

Durante esa clase salíamos por lo general a trabajar en una parcela del instituto donde crecíamos zanahorias. Las regábamos y hacíamos otras actividades que se han bloqueado de mi memoria. Y sino estábamos con las zanahorias, íbamos a una terreno baldío (se veía muerto para mí), nos daban un azadón a cada uno y nos ponían a labrar la tierra. La primera vez que lo hice era medio día y el sol caía con fuerza sobre nosotros, teníamos puestos nuestros uniformes y a los pocos minutos ya me estaba dando por rendido.

“En mis colegios anteriores no nos ponían a trabajar como presidiarios de los años 20” me quejé limpiándome el sudor de la frente.

prisioneros

Mis amigos no respondieron con bromas obvias sobre lo estúpido que es quejarse de trabajar en el campo estudiando en un colegio agropecuario, en cambio Javier me dijo que si quería podía sentarme en la sombra un rato.

“¿En serio?” pregunté.

“Sí. Si está cansado siéntese debajo del árbol. Yo hago su parte del terreno” aseguró.

Sin titubear tiré mi azadón a un lado y me tiré sobre el pasto bajo el resguardo de la sombra. Yonson, al darse cuenta de mi actitud, se acercó y posicionándose frente a mí comenzó a decir cosas como “vean al bebé ya cansado ¿es que nunca ha trabajado en su vida?”, “esto es el campo, aquí todos trabajan si quieren comer”. “Esto no es la ciudad, señor Forero, aquí la gente no es holgazana”.

Retrato que hice del profesor Yonson o Johnson

Llegué a sentirme mal un segundo. Yo era el único que me había acreditado un descanso. Nadie más se estaba quejando, hasta las chicas siguieron labrando sin mencionar el calor ni nada. Y yo, un hombre, un Forero, nieto de don Miguel Forero, por Dios santo, me eché al piso después de 10 minutos de trabajo. Si no me levantaba mancharía para siempre mi reputación masculina; sería tildado de perezoso y débil. Y llegué a considerar reincorporarme y trabajar mejor que nadie, pero la verdad es que nunca me importó mostrarme tan macho, tan fuerte, tan laborador. Así que seguí relajado en la sombra mientras Javier labraba mi parte de terreno y Yonson intentaba ofenderme llamándome flojo, inútil, y demás. Qué puedo decir. Es difícil tomarse en serio a un profesor cuyo nombre suena a champú de bebé.

La verdad, la tuve fácil en aquel colegio. La gente tenía cierto respeto por mi hermano y por mí debido a nuestro abuelo, a quien ya mencioné. En sus tiempos don Miguel Forero fue el diácono del pueblo, entretenía a su gente con las obras de teatro en la que mis tíos y padre participaban, y escribió la letra y música del himno de Santa Sofía. Dejó todo un legado que, la verdad, ni Jose ni yo pensamos que tuviéramos que mantener. Había quienes nos llamaban señores Forerito, conocían nuestros nombres cuando yo no conocía los de ellos, y siempre nos sonreían al pasar. Fuimos alguien en aquella tierra. Nuestras raíces estaban allí y ellos lo sabían; querían que nos sintiéramos en casa. Y por esos pocos meses que estuve allí, fue así.

El contraste al mudarnos a Bogotá fue brutal. Terminé en un colegio privado (becado), con muchachos que parecían el opuesto a mis compañeros en Santa. Eran arrogantes y pretenciosos, y los odiaba. Nunca logré adaptarme a aquel lugar, y me descubrí extrañando mi callada vida en el pueblo, las montañas, y a mis amigos, de quienes nunca pude despedirme como debí.

Montañas de Santa

Montañas de Santa

A Daniel lo volví a ver en Bogotá cuatro años después en una estación de Transmilenio. Me contó que seguía con sus planes de ser cura (ya estaba en un seminario), y ya no le tenía miedo a las escaleras eléctricas.

También, siete años después de dejar Santa, me encontré con Javier en un Transmilenio (la meca de las reuniones inesperadas, tal parece). Yo iba leyendo un libro de pie en el fuelle del bus, cuando vi un rostro familiar sentado a unos metros de mí. Llevaba gafas, un peinado diferente, pero era él. Javier y yo nos quedamos mirando hasta que estuvimos seguros que nos conocíamos, que éramos esos amigos de hace años, andando a caballo y recorriendo cuevas, labrando la tierra juntos, y recorriendo las ferias ganaderas de la capital. Intercambiamos números de celular y prometimos estar en contacto. Lamentablemente, vivir en Bogotá tuvo sus infortunios, como ser una víctima recurrente de los atracadores. Perdí como cuatro celulares así, incluido el número de Javier. En fin, nunca he sido bueno manteniendo el contacto con viejos amigos. Espero que si llegan a leer esto, sepan que aún me acuerdo, aún veo con claridad la casa en el lago, y me acuerdo del grito que lancé cuando mi caballo tropezó en aquel arroyo. Sí, fueron buenos tiempos, con Yonson y todo.

Iglesia de Santa Sofía

Iglesia de Santa Sofía

3 Replies to “Bajo el sol de Sofy City”

  1. Ohhhh…mi Pipe…o Sr. Forerito..jejej..q buena historia…llore en la parte q hablas de mi padre..y la familia… tus historias son muy chéveres. Como siempre te he dicho..q vena artistica…TQM.

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