LOS CHICOS NO LLORAN

Me tomo un valium y despierto en una conferencia de prensa con un abrigo que no es mío y que me queda demasiado grande. Por lo que veo es medio día y nadie aquí luce siquiera humano. Mi agente se me acerca y me dice en secreto que me limpie el sudor de la frente.

–Eres la sensación del mes – dice – eres el rostro en la portada de la revista Gaoh. Eres especial.

Los ojos aún me duelen, pero no parpadeo, sólo miro a mi agente diciéndome:

–Los hombres especiales no sudan en público.

–Dame un pañuelo, entonces – le digo.

Me pasa un paño suyo.

–Ése no, dame uno de algodón.

Se busca entre los bolsillos y me pasa el de algodón.

–Y mastica esto – me dice alcanzándome una pastilla – ahora. No quiero que nadie sienta ese asqueroso aliento.

Me meto la pastilla a la boca y me seco el sudor de la frente. Le sonrío a las cámaras y flashes que proyectan mi imagen a los hogares de todos esos inadaptados civiles, y a todos mis lectores, y hago un gesto a los corresponsales para que empiecen con la algarabía.

Es una multitud de desconocidos encorbatados a quienes tengo en frente, que intenta hallar en esto una buena noticia.

Varios de los reporteros comienzan a gritar al unísono tratando de obtener la palabra. Se la doy a una periodista de senos firmes y cabello castaño.

–Señor Lagos, siendo éste el lanzamiento de su sexto libro, y justo después de su novela más exitosa ¿cómo se siente respecto a la recepción que ha tenido?

Le sonrío, ella permanece seria. Me recuerda a una prostituta que conocí en México, hace como cinco años, cuando aún era un pobre idiota que escribía sobre utopías baratas y rearmadas de la literatura de vanguardia, tal vez deseando ser parte del mundo contemporáneo que intenta recuperar aquella perspectiva infantil, simple y fútil del bien y el mal.

–Ha sido fantástica – le respondo al micrófono sobre la mesa – Esperamos futuras ediciones traducidas a varios idiomas y pienso extender la gira para visitar otros lugares de Latinoamérica y tal vez Europa. Y ya he oído planes sobre la edición de bolsillo.

Con todas esas luces sobre mí  y la gente mirándome tan detalladamente, siento que me mareo, que caigo en un tipo de ensoñación, y me dan ganas de un buen trago de vodka o fumarme algo fuerte. Me limpio la boca y doy la respuesta por terminada. Todos vuelven a gritar y le doy la palabra a un pobre imbécil alto y flaco con gafas.

–¿Cómo tomó la crítica que realizó el Matutino Urbano que afirmaba que esta obra carecía de la delicadeza que caracterizaba a las anteriores?

–Pues, la intenté tomar por el lado amable. Todos mis libros han recibido una que otra crítica algo oscura, y procuro que no me afecte tanto. Son libros, es imposible que le guste a todo el mundo.

No puedo evitar mirar a la periodista y planear al instante arrinconarla al terminar la rueda de prensa e invitarle un trago, luego me olvido de la idea y me decido por otra prostituta. Aunque será algo difícil debido a lo que pasó con la última la noche anterior, eso me recuerda tomar apunte mental de cambiar de habitación apenas llegue al hotel.

Me miro las uñas y veo que aún están manchadas de sangre y cierro los puños por el resto de la tarde.

La chica de la noche anterior me dijo que se llamaba Soleil apenas entró en mi suite. Lo pronunció de una forma estúpida, luego me aclaró que significaba Sol en francés.

–Pues no sabes pronunciar nada bien el francés – le dije.

Ella me dio la espalda y se quitó la camisa en un segundo.

–No – dije – no todavía.

Le pedí que saliéramos al balcón. Obedeció y se colocó la camisa. Afuera hacia un frio casi insoportable pero ambos fingimos que no nos afectaba y tomamos asiento. Me preguntó si había algo qué beber y le serví un poco de ron, yo tomé limonada con hielo.

–¿No bebes? – preguntó.

–A veces. Con frecuencia, pero esta noche no me apetece.

Acomodé los pies sobre la baranda y me quedé allí echado, ignorando a la prostituta y observando las brillantes luces de la noche citadina. Desde allí se hacía distante el ruido de la superficie.

–Muy bien – comentó dejando la copa a un lado – ¿Y quién se supone eres tú?

–¿De qué hablas?

–Todo el mundo en este piso es importante, son estrellas de cine, músicos, productores de un millón de cosas, empresarios, deportistas.

–No soy nada de eso.

–¿Y qué es lo que haces para vivir?

–Escribo.

–¿En serio? ¿Eres escritor? Pues te va bastante bien – afirmó señalando con la mirada la habitación en el vigésimo segundo piso.

Yo levanté los hombros intentando quitarle importancia.

–¿Y qué libros has escrito?

–¿Para qué quieres saber?

–Puede que haya leído alguno.

–¿A caso lees?

–Por supuesto.

–Es difícil de creer.

–¿Qué se supone que significa eso?

–Tómalo como quieras.

–No soy una ignorante… ¿entiendes? ¿Crees que porque me vas a pagar puedes sugerir ese tipo de cosas? Gano lo suficiente como para largarme de aquí apenas quiera, imbécil.

–Oye – le digo mirándola a la cara – Cálmate, no quería ofenderte. No lo dije porque pensara que eres una ignorante, es sólo que ahora nadie lee, no por aquí, eso es todo.

–Yo lo hago.

–Te felicito, es un buen hábito.

De vuelta en la rueda prensa, al día siguiente, estoy masajeándome alrededor de la boca y luego le doy la palabra a un periodista gordo y de voz aguda como de niño.

–¿Qué puede decir acerca de los comentarios en los blogs los cuales dicen que su nueva obra es un intento desesperado por llamar la atención, que la única intención del libro es causar polémica?

–Es cierto que la controversia es una buena forma de comercio, pero mi intención no era escribir un best-seller, sólo quería expandir los horizontes y tal vez brindar otra opinión acerca del mundo moderno de una forma violenta. Intentaba encontrar un nuevo estilo… sólo para variar, para cambiar.

Soleil, la prostituta que de hecho está muy flaca y no me despierta ningún instinto sexual, se quedó callada por unos instantes y luego me pidió prestado el baño. Le indiqué donde quedaba. Cuando regresó, con el cabello húmedo y los primeros botones de la camisa abiertos, me preguntó si lo íbamos a hacer.

–Tal vez no lo entiendes – me dijo – pero cobro por horas no por orgasmos, así que si quieres utilizar mí tiempo fraternizando no me quedaré.

–Es mi dinero.

–Sí, pero no me gusta pasar la noche con lunáticos que solicitan mi servicio y no buscan sexo… porque terminan siendo más pervertidos que cualquier otro, o más peligrosos, y no estoy dispuesta a tomar ese riesgo.

–No soy un jodido enfermo mental. Búscame en internet, soy demasiado tranquilo.

–Eres un pobre idiota que no sabe cómo usar a una mujer como yo.

–Una puta.

–No me estas ofendiendo, si es lo que crees.

–No, no lo creo, sólo que no he oído que te refieras a ti misma como una puta. Tal vez porque te acostumbraste a que te digan así, pero no eres capaz de decírtelo tú misma.

–¿De qué diablos hablas? ¿Crees que tengo algo de qué avergonzarme? Este es mi trabajo y ya.

–Al demonio.

–¿Qué se supone que quieres decir ahora?

–No voy a obligarte a quedarte, si quieres ir vete.

En la rueda de prensa una joven asiática me pregunta con un buen español si ya tengo planes para un nuevo libro.

–No.

–¿Nada? – insiste.

–Nada.

Todos vuelven a gritar, y le doy la palabra a otro tipo que está muy bien vestido.

–¿Son ciertos los comentarios sobre su altercado con las autoridades por algún problema en el que estaba involucrada una mujer de su pasado?

Mi agente se posiciona del micrófono y dice:

–Sólo preguntas relacionadas con el libro, por favor, de lo contrario daremos por terminada la función.

Todos vuelven a gritar, yo me agito por un instante y me hallo nervioso debido a la intervención del último periodista. Tomo un trago de agua y le doy la palabra al siguiente.

–¿Siente que el reciente éxito que ha tenido ha afectado de alguna forma su vida personal?

Mi agente parece enfurecido, pero le hago una sutil señal para que se contenga y respondo:

–Claro, para mejor. Soy un hombre exitoso – sonrío – ¿qué más puedo decir?

El mismo tipo dice:

–¿Qué opina sobre la literatura juvenil envuelta en historias románticas de vampiros que últimamente se ha posicionado del mercado?

Tomé a Soleil y la conduje a mi habitación, le dije que se pusiera cómoda y que apagara las luces. Yo entré al baño a ducharme.

El baño es elegante, decorado con lo que parece baldosa de mármol.

El agua está helada y me paso las manos con fuerza por la cabeza hasta que siento la sangre encaramándoseme por sobre el cráneo y nublándome la vista. Golpeo la baldosa con los puños deseando que se me partan los nudillos. Sigo así por diez minutos, al rato mi cuerpo está entumido por el agua casi  congelada y me doy cuenta que estoy harto de estar desnudo. Salgo de la ducha y me veo en el espejo, donde encuentro una figura escuálida, pálida, ya con bastante barriga y una cicatriz en el abdomen. Tengo ojeras y mis oídos están llenos de vello. Siento asco de mí mismo.

El agua me sigue cayendo encima, y ni con una puta esperándome afuera puedo conseguir una erección.

Un hombre de cabello largo y rubio, contextura delgada, rostro delicado, refinado, suave, es una de las mujeres más hermosas del mundo. Es un hombre. Este tipo, Andrej Pejic, quien no es travesti ni nada parecido, sólo un andrógino de mierda, modela vestidos de novia y coquetea con la cámara cual damisela.

Muy sabia fue Harriet Quick al decir que este hombre es el reflejo de nuestros tiempos. La barrera que diferencia los dos sexos se difumina cada vez más. La verdad, antes que el apocalipsis aplaste nuestra gran genialidad como seres evolucionados, no habrá mucha diferencia entre hombres y mujeres, seremos tan iguales como siempre lo hemos deseado, homosexuales, bisexuales, tetrasexuales, plurasexuales, pentasexuales, todo lo que quieran. Ahí está nuestro futuro, ya no seremos hombre y mujeres, solo penetradores y penetrados.

El protagonista de mi libro, a quien robaron de infante y fue criado lejos de la cultura occidental en las montañas, degolla a Andrej antes de que éste se ponga unos implantes de tetas para ser aceptado como angelita de Victoria Secret. Mi personaje le quita los ojos al cadáver del modelo, lo decapita y hace una fuente de sangre con la cabeza. La coloca en el edificio más alto de una de las más reconocidas compañías de modelos y la expone ante la realidad que colapsa en sí misma. Se suponía que debía semejante escena fuera sorpresiva ya que el protagonista no había mostrado signo de violencia hasta este punto.

La verdad no esperaba que el libro impactara de la forma que lo hizo. Bien fuera amado u odiado, un montón de copias se vendieron para complacencia de la editorial.

Mucha gente me miró con desagrado mientras promocionaba el libro.

“Usted está enfermo, señor”.

Me veían con asco y desprecio, como si hubiese abusado de sus hijas. Y a pesar de ello, podía ver que sentían curiosidad por la novela. Varios de ellos, incluidos los que me insultaron y condenaron al infierno, están cansados de las muertes sutiles con armas de fuego y explosiones de vehículos que ven en la televisión. Un tiro en la cabeza no les impresiona. Lo que quieren aunque lo nieguen es una descripción gráfica de una decapitación, una dulce y lenta extirpación ocular. Algo que les haga retorcer el estómago y sentir miedo del dolor, de la agonía.

La controversia se hizo peor tras los ataques vandálicos anti-publicitarios ocurridos en alguna ciudad desconocida por los que fui culpado de promover. Dicen que he motivado a la gente a cometer actos atroces. La verdad sólo se trata de un montón de idiotas estropeando pancartas publicitarias, molestando gente y ese tipo de cosas.

Salgo del baño y me encuentro en una habitación totalmente oscura, en donde sólo es perceptible las siluetas de las cosas, como la figura de la puta sobre la cama, quien sigue vestida por indicaciones mías. Me pongo al pie de la cama y suelto suspiros al aire, y respiro lentamente, mientras el calor va apoderándose de mi cuerpo.

–¿Quieres jugar suave o rudo? – pregunta su voz de niña.

–Cállate. No quiero que hables, sólo… sólo suspira, si quieres.

–Lo haré si quieres que lo haga.

–No, hazlo sólo si lo sientes, de lo contrario no lo hagas.

Me encaramo a la cama desde la parte inferior y voy acercándome a la cabecera en cuatro, muy despacio, mientras siento la respiración de la mujer al fondo cada vez más intensa. Me acerco a sus pies y los tomo con las manos, niego con la cabeza y subo un poco más. Ella estira las piernas y extiende las manos en el lecho de la cama. Llego a su cintura, me acomodo de tal forma que no la aprisiono con mi peso y le desabotono un poco la camisa, lo suficiente para que quede al descubierto algún trazo de piel. Rozo con la yema de mis dedos su ombligo, y siento su vientre elevarse y contraerse ligeramente, mientras se calienta por el paso de mis dedos. Me inclino y poso mi oído contra su pecho y escucho su respiración fuerte y viva, y me tranquiliza tanto que pierdo la noción del espacio. Mis músculos se hacen ligeros y quedo casi elevado sobre aquella mujer. Sus palpitaciones me recuerdan a las de ella, otra, y sonrío enfermo porque el momento es perfecto, casi igual que aquel. Me siento perdido en el tiempo y creo que puedo quedarme en esa posición por el resto de mi vida.

Comienzo a sudar y eso hace que me levante y me limpio lo más rápido que puedo. Me doy cuenta que todo está más claro, mis ojos se han adaptado a la oscuridad y la figura de la puta es más nítida. Relajo el cuello y entrecierro los ojos para que todo se deforme. Coloco mis dedos sobre su pecho y la acaricio con demasiada delicadeza, y ella suspira, le coloco una mano sobre la boca para que se calle pues sé que está fingiendo y no quiero enfurecerme justo ahora. Ella hace silencio y se estremece debajo de mi cuerpo. Recorro con mis dedos su piel hasta su cuello, el cual rodeo con ambas manos y aprisiono con suavidad para que no se sienta intimidada. Vuelvo a acercar mi rostro a su cuerpo y coloco mi mejilla contra la suya, la suelto y extiendo mis manos para atrapar las suyas, y quedamos crucificados en esa cama uno sobre otro por varios segundos. Siento que su respiración se altera y su aire se estrella contra mi rostro, pero no me importa. Cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos de esa noche de abril de hace tantos años, cuando estuve tan cerca de ella y la sentí viva bajo mis brazos, sobándome con todo su cuerpo sin desnudar, haciéndome débil e inútil.

Entonces Soleil suelta mi mano y desliza la suya a lo largo de mi torso, la introduce entre nuestros cuerpos y la arrastra hasta mi vientre bajo, por esos momentos no sé lo que intenta, hasta que llega a mi ingle y me agarra con fuerza, tal vez queriendo excitarme, lo que me vuelve loco. Me alejo de ella de inmediato y ella me suelta de inmediato. Me pongo a un lado y suelto un golpe de tan gran magnitud que escucho mi mano estrellarse contra su mandíbula. Soleil patea mi estómago como en un acto reflejo con gran precisión que caigo de la cama y me estrello con la mesa de noche. Se levanta sujetándose el rostro y da pasos rápidos hacia la puerta. Me incorporo y ella toma una lámpara y me la arroja. La logro esquivar por centímetros y la lámpara choca contra la pared y se destruye en pedazos. La muy desgraciada tiene bastante fuerza.

–Eres un completo degenerado ¡hijo de perra! – me grita, cuando veo que de su boca caen algunas gotas de sangre.

–Oye, oye – digo levantando mis manos en su dirección – Espera, estás sangrando.

–Imbécil, me has destrozado la cara ¡qué mierda! ¡Mi puta cara!

–Algo de hielo…

–¡Aléjate de mí, sádico! – dice saliendo de la habitación.

–Déjame pagarte.

–¡Sí lo pagarás, bastardo! ¡Eres hombre muerto! ¡Muerto!

–¡Oye! ¡Espera! – digo saliendo tras ella.

La encuentro en la sala colocándose las sandalias con una mano, mientras con la otra se palpa el rostro.

–¡Aléjate o gritaré!

Me detengo en el pasillo.

–Estúpido impotente – me dice – no se te para y me golpeas a mí, maniaco.

Abre la puerta y sale de la habitación al pasillo del hotel. Logro llegar al umbral donde grito desesperado:

–Espera ¡No te vayas! ¡No me abandones! ¡Ariadna! ¡Por favor!

–¡Estás loco! – Me grita – date por muerto, idiota.

Soleil desaparece por el ascensor y me quedo allí esperando por nada.

En la rueda de prensa hay un tipo que creo es alemán y me pregunta algo que no entiendo, le pido que repita la pregunta y dice:

–¿El personaje de esta obra es un reflejo de usted, se inspiró en hechos de su propia vida?

Me acomodo en mi asiento y observo los rostros de todos los periodistas mirándome sin parpadear, como si yo fuera un fósil recién encontrado, el jodido eslabón perdido.

–Creo que como escritor coloco algo de mí en cada personaje, de cierta forma todos ellos: los villanos y lo buenos, soy yo, una pequeña parte. No quiere decir que estén narrando mi vida, pero cuentan cosas respecto a mí, así sean simples e irrelevantes.

Las luces empiezan a fastidiarme y busco entre el abrigo que llevo puesto, que no es mío, algo útil, y como suceso extraño encuentro un par de gafas oscuras que me agradan y me las coloco. Me termino el agua que está sobre la mesa y le hago señas a mi agente para que me traiga más. Él asiente y desaparece por unos momentos.

–¡Señor Lagos! ¡Señor!

Escucho que gritan todos, pero los ignoro y sólo hasta que me traen algo qué beber le doy la palabra a otro. Esta vez a un joven que no luce para nada como periodista, y que no cuadra en la escena.

–Señor Lagos, este libro ha superado en ventas a sus anteriores obras en las primeras semanas ¿cree que su próximo libro cause el mismo efecto, o cree que se trata de un instante de suerte?

–No creo en la suerte – digo mirándolos a todos, ya que no quiero dirigirme al chico escuálido que me hizo la pregunta – Y si este libro se vendió tan bien, pues genial, me alegra, claro, pero no estoy preocupándome porque todos mis libros vendan, sólo quiero escribir, nada más.

A lo lejos mi agente me guiña el ojo y asiente. Son ese tipo de respuestas que ya tienes preparadas. La prensa suele ser predecible.

En el hotel, la noche anterior, me quedo solo en la cocina pensando en Soleil y en que puede traerme problemas. Me sirvo un poco de vodka y lo bebo rápido, hago esto repetidas veces hasta que me canso de no quedar ebrio o noqueado con rapidez. Tomo mi celular y le marco a Franklin, no me contesta y me desespero. Busco en la pequeña cocina un cuchillo de hoja larga y comienzo a blandirlo por el aire, deshaciéndome de toda la euforia que llevo dentro. Luego salto hasta uno de los sofás de cuero que están perfectamente situados cerca del balcón y le clavo el cuchillo mientras grito “¡muérete, infeliz! ¡Púdrete, hijo de perra!”. Lo apuñalo con todas las fuerzas que puedo y salen disparados pedazos de cuero ante cada ataque. Me imagino sangre salpicándome en la cara y manchándome la camisa blanca que me compró mi madre. Hago añicos el sofá y quedo exhausto tendido en la alfombra hasta pasada la media noche. Voy al baño e intento orinar, pero no puedo. Me lavo la entrepierna al recordar que la puta me lo cogió con sus asquerosas manos y me siento extremadamente triste y absurdo. Me miro en el espejo y me coloco el cuchillo en el cuello, me reto a mí mismo diciéndome que no soy capaz de cortarme, de abrirme en ese instante la garganta y olvidarme de la rueda de prensa y de todo el puto mundo, de mi éxito y del jodido libro. Y cuando creo que lo voy a hacer, mi celular suena, corro de regreso al vestíbulo y lo tomo afanado, contesto y al otro lado de la línea suena Franklin.

–Hola, hermano – me dice – qué milagro que me hallas llamado.

–¿Por qué tardaste tanto en regresarme la llamada?

–Estaba cerrando un trato bastante serio, lo siento.

–Casi me muero, cretino.

–Oye, cálmate o jódete.

Me callo y espero a tranquilizarme un poco, me miro la mano y me doy cuenta que tiemblo como un paciente con Parkinson.

–¿Por qué llamabas?

–Quiero… – intento hablar, pero tartamudeo.

–¿Qué?

–¿Qué me ofreces?

–Tengo coca, si te apetece. Si estás trabajando, tengo hierba. Creo que no te gusta nada más o te ofrecería metanfetamina.

–Tráeme algo de coca, por favor. Sabes dónde me quedo.

–Claro ¿misma habitación?

–Sí, sí… misma habitación.

–Ten listo el efectivo, hermano.

–Date prisa.

Cuelgo y ya me encuentro mucho mejor.

Doy varias vueltas por mi bonita suite. Me coloco frente  un espejo y comienzo a practicar para la rueda de prensa, sonrío y asiento varias veces, intento ser gracioso pero nada me sale bien, y pateo el espejo hasta que lo rompo y me corto un pie.

–¡Mierda!

Me siento en una de las sillas de madera y me miro la herida. Todavía tengo el trozo de vidrio incrustado en la piel y me lo arranco soltando un horrible alarido. Arrojo el trozo lejos y me voy saltando en un solo pie hasta el baño mientras gotas de sangre se van esparciendo por el camino. Me lavo la herida pero la sangre sigue fluyendo y no tengo idea de cómo lidiar con ello. Las manos se me ensucian del líquido espeso y rojo en un instante y busco desesperado el botiquín que se supone debe estar en el jodido baño. Finalmente me vendo el pie e intento incorporarme. No me caigo pero el dolor persiste.

Recojo algunos trozos del vidrio que están en el suelo queriendo matar tiempo, pero lo dejo a los pocos segundos. Y me decido a esperar a Franklin en el balcón. El celular vuelve a sonar y contesto preocupado de que sea Franklin con malas noticias, pero es mi agente.

–¿Por qué me llamas a esta hora? – le pregunto como si estuviera durmiendo o algo así.

–Porque quiero recordarte que mañana tenemos una rueda de prensa muy importante y te necesito descansado, relajado y fresco.

–Entonces sería bueno que me dejaras tranquilo a la una de la mañana.

–Te dejaría tranquilo si estuvieras durmiendo y no golpeando prostitutas.

Me quedo callado.

–Se han comunicado conmigo, dicen que te puedes estar metiendo en un lío bastante grave. – dice mi agente sin ningún tono en particular.

–Pues arréglalo – le digo – para eso te pago.

–No me pagas para solucionar tus problemas sexuales. – Dice no tan enfadado como debería – ¿golpear prostitutas? ¿Cuál es tu problema? No eres agresivo.

–La muy infeliz me cogió el pene. – digo y al instante me doy cuenta de lo estúpido que suena eso.

–Oh, por Dios, cállate. No quiero oír nada. No me interesa. Sólo deja de meterte en problemas ¿quieres? y vete a dormir. Te estaré vigilando.

–Deberías irte también a dormir.

–Duermo con un ojo cerrado y el otro abierto.

Cuelgo.

Miro a la calle y veo a la muchedumbre.

Mierda.

Pienso en que mi agente puede arruinar el asunto con Franklin y eso no sería bueno para nadie. Necesito meterme algo rápido.

Cuando llega Franklin le permito subir y hacerme compañía por unos minutos. Lleva una chaqueta ancha y fina, una cadena de oro que parece pesar demasiado y me cuenta que mataron a quemarropa a su hermano hace un mes, justo la última vez que nos vimos.

–Vaya – exclamo sin interés, puesto que no conocía a su hermano – suena horrible.

–Nadie tienen idea de quién fue – dice Franklin sacando la coca y depositándola en mi mano – eso sí, quien haya sido lo odiaban mucho, le metieron mínimo cincuenta balas. Quedó irreconocible, no tienes idea por lo que tuve que pasar. Mi madre casi se vuelve loca y ahora me toca cuidarla… es un completo desastre, hermano, una mierda completa.

–Lo lamento, Franklin.

–Bah… ya qué más da. La vida sigue y ahora tengo más problemas de lo qué ocuparme, no puedo detenerme a lamentarme.

–Ése es el espíritu.

–Supongo, pero en fin.  Este tipo de situaciones te hace pensar en muchas cosas…

–¿Quieres un trago?

–Oh, no, hermano, no ahora. Y pues, tú sabes, que alguien cercano a ti muera de esa manera te deja más prevenido que antes. Ahora sabes que en cualquier momento alguien puede aparecer con una ametralladora y hacerte añicos en segundos y eso es pesado.

–Lo es. – digo sacando un fajo de billetes y se lo entrego.

–Ya no puedes confiarte de nadie. Y menos en esta ciudad, en este ambiente, este negocio. No creo que vaya a llegar a viejo, hermano…. Oye… ¿qué es eso? ¿Qué te pasó en el pie? ¿Tienes sangre en las manos?

–Ah… pateé un espejo y se rompió.

–¿Lo pateaste?

Franklin mira dentro de la suite y da unos pasos mientras exclama para sí mismo.

–¡Vaya! Hermano. Parece que hubieran matado a alguien aquí.

–Pues casi. Por eso te dije que te dieras prisa.

–Bueno, ya tienes lo tuyo. Sólo relájate, luces demasiado tenso.

–Si, si… creo que sí.

–Recuerda que en cualquier momento puedes pasar al otro lado… es mejor dejar de preocuparse y simplemente vivir.

–Es cierto – le digo acompañándolo a la entrada.

–Te cuidas, mi hermano, y ya sabes, despreocupado.

–Lo haré, Franklin, cuídate y nos estamos viendo.

Franklin desaparece y cierro la puerta de mi habitación con seguro.

Esnifo una línea de coca y me tiendo en mi cama a esperar el efecto, no ocurre nada y me meto otra. Al cabo de unos segundos me siento más suave y creo que me voy a quedar dormido. Pero no quiero dormirme, y me levanto y arrojo las cobijas al suelo. El dolor del pie se desvanece y comienzo a saltar como loco de lado a lado. Me golpeo el pie herido intentando despertar el dolor, pero no vuelve, después de varios golpes se me es imposible caminar.

Voy con mi equipaje y saco mis libros, las copias que guardo de mi último trabajo y leo unas partes. Me aburro y salgo reptando al balcón en donde comienzo a destrozar los libros y a arrojar las hojas al aire, y veo como vuelan por entre la noche y van cayendo por toda la ciudad a mis pies. Destrozo más libros y sigo arrojando los pedazos a la deriva. Me entretengo observando a las hojas indecisas si caer al suelo o seguir volando y se van perdiendo de mi vista, por entre los edificios, entre los árboles y la oscuridad lejana.

Me siento completamente drogado y capaz de saltar por el balcón, por lo que regreso a la suite y busco mi celular a rastras, pues el puto pie no me reacciona. Marco el número de Ariadna y espero. No me contesta. Sigo insistiendo por varios minutos hasta que escucho su voz adormilada.

–¿Diga?

–Hola… ¿Ariadna?

–¿Quién habla?

–Soy yo… he, Oscar.

–¿¡Oscar!? ¿Qué demonios te ocurre? Son las tres de la mañana… ¿Quién? ¿Quién te dijo que podías llamarme? Ya te lo había dejado…

–Lo siento… ¿sí? Sólo que… no sé, quería saludar.

–¿Estás drogado?

–Claro que no.

–Oscar, hazle un favor al mundo y deja de llamarme, ya hemos tenido suficientes problemas y no quiero seguir pasando por lo mismo, y sé que tú tampoco.

–Recordé esa noche en Santa Marta ¿Te acuerdas? ¿De esa noche?

–Oscar…

–Eras tan drástica…. Tan arriesgada y yo era un idiota tímido y acomplejado y quedé completamente cegado.

–Es suficiente. No te hagas esto, no me hagas esto. ¿Estás en otro país?

–No, estoy en Cartagena.

–Bueno, entonces disfruta… sigue escribiendo y ya. Olvídate del resto.

–Bueno… sí…. Es que no quiero…

–Adiós, Oscar. Ya deja de llamar o te juro que pediré una orden del juez.

Colgó.

Me quedé mirando el celular largo rato, suspirando desesperado pero consciente de que ese era el único resultado que podía esperar de esa llamada. Me arrastré de regreso a mi habitación, en donde bebí vodka y me metí más cocaína hasta el cansancio. Saqué mi reproductor de música y le coloqué los parlantes, y mientras escuchaba Hurricane de Bob Dylan, aplasté mi celular con un zapato hasta volverlo añicos. Y de pronto me puse a llorar a desquicio. Llamé a la recepción y solicité por una prostituta que no fuera tan jodidamente flaca y que no me fuera a tocar las guevas. Luego me acordé que ese tipo de servicios no se piden en la recepción.

Un horrible frío se apoderó de mí y me arropé con las cobijas que estaban en el suelo, y cuando intenté tomar otro sorbo de vodka, derramé todo el alcohol sobre la alfombra. Maldije varias veces y seguí llorando, intentando hacer silencio porque odio oírme llorar. Y me golpeé la cabeza con la botella vacía del vodka hasta que quedé noqueado.

En la rueda de prensa, todo el mundo se ha vuelto amigable y me miran con aprobación. Todos sonreímos y ellos me felicitan por tan buen libro y por mi enorme éxito.

–¿Siente que ha llegado a la cumbre de su carrera? – me pregunta una mujer bonita que en circunstancias normales podría causarme una erección.

–Desde que empecé a escribir estuve en la cumbre de mi carrera – le digo mostrando una enorme sonrisa blanca – no me siento realizado porque capte la atención de los medios, o porque sea una figura pública, me siento realizado porque hago lo que me gusta.

La mujer me sonríe y escribe algo en su libreta.

Giro para ver a mi agente quien luce impresionado por mi buena actuación en tarima, lo que quiere decir que me dejará en paz por el siguiente mes y tal vez me permita largarme del país finalmente.

–Entonces – dice alguien a lo lejos que apenas es perceptible – ¿podría decir que está satisfecho de su vida actualmente?

Vuelvo mi vista a los periodistas y busco el origen de la vocecilla, pero no encuentro a nadie, así que respondo sin más.

–Claro, plenamente satisfecho… todo se trata de estabilidad, si quieres estar bien, simplemente estás bien. Aprovecho lo que tengo y lo disfruto, tengo una buena vida y doy gracias a Dios porque es así. Podría considerarme feliz, llanamente feliz.

Cuando vuelvo a despertarme en mi habitación del hotel, horas antes de la rueda de prensa, mi agente me tiene en brazos y hay un hombre de seguridad tras él.

La cara de mi agente me alarma. De verdad está preocupado por mí. Y me siento levemente protegido.

–Tuvimos que tirar la puerta – me dice mi agente – no respondiste tu celular y me preocupé mucho, pensé que algo malo te había pasado.

Estoy adormilado y no puedo sentirme la cara. El dolor del pie ha regresado y está aniquilándome. El guardia me mira con los ojos fruncidos, como si no creyera lo que está viendo. Acaricio el rostro de mi agente y le digo que me duele todo.

–¿Qué fue lo que pasó? – me pregunta.

–Golpeé una prostituta y mataron al hermano de Franklin.

–¿Franklin? No me digas que consumiste drogas… Dios, no, no me hagas esto, Oscar. ¿Por qué?

–Me dolía el pie… quería… me dolía el pie, el tipo me partió el pie.

–¿Qué tipo?

–No sé qué tipo – digo volviendo a llorar – el tipo en el espejo.

–¿Esto es vodka? ¿Bebiste vodka y te metiste cocaína? ¿Es que te quieres matar, grandísimo imbécil?

–Quiero hacer una llamada…

–Deja de llorar – me dice mi agente limpiándome las lágrimas – no puedes lucir así en la rueda de prensa.

–Soy plenamente feliz.

–Ya cállate.

Mi agente me levanta y me acuesta en la cama, me arropa con algunas cobijas y me alcanza un vaso de agua que me bebo al instante.

–Quiero que duermas un rato, luego te alistaremos para la función y todo saldrá de maravilla, ya lo verás.

Me pone un valium en la mano y me lo trago.

 

 

 

 

 

 

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