CADA RESPIRO QUE TOMES

Ayer llovió todo el día y me quedé en casa viendo todas las temporadas de Scrubs que me compré de navidad. Así que hoy estoy ansioso y me dispongo a salir para ventilarme un poco de tanto encierro. Le marco a Dios y le pregunto si quiere salir conmigo. Él me dice que sí con una voz distorsionada causada por una pésima línea telefónica; pero me dice que va a estar disponible hasta el mediodía.

Me baño con agua helada, lo que me recuerda y me hace jurar que voy a comprar un jodido calentador. Hago ejercicio por dos horas mientras escucho algunos clásicos. Men at work y The Police, ambos álbumes originales que conseguí muchos años atrás a un alto costo y que oigo una vez cada década, pero que siempre estremecen mis huesos a un nivel bastante intenso. Desayuno All Bran y un jugo de naranja de soya mientras veo las noticias en las que están hablando sobre el hallazgo del cuerpo de una joven de 27 años, a quien habían raptado hace un par de meses por motivos desconocidos.

Me cepillo los dientes utilizando un cepillo dental eléctrico que pedí por encargo cuando apareció en la erótica boca de una rubia en un programa de tele ventas.

Pasadas las doce el celador me anuncia por el citófono que en la recepción hay un sujeto de baja estatura y algo rechoncho preguntando por mí. Le digo que voy enseguida.

Dios lleva una camisa a cuadros y un par de pantalones verdes oscuros que lucen añejados y puede que lo sean, tiene puesto un abrigo gris planchado que me gusta y los mismos zapatos negros de siempre. Le tiendo la mano y le doy una palmadita en la espalda amistosamente.

–Te ves como mi tío Antonio antes de que conociera Armani – le digo sonriente.

–Y tú como un modelo frustrado incapaz de vender su rostro a cualquier revista – dice Él regresandome la sonrisa.

Salimos del edificio y caminamos por la acera que a esta hora del día comienza a llenarse de gente, pero no nos importa.

–¿Tienes hambre? – pregunto mirando mis zapatos que aún lucen relucientes. Llevan conmigo tan sólo unos cuantos días.

–¿Qué tienes en mente?

–Abie’s.

–¿De qué estás hablando?

Abie’s es el restaurante de moda de la ciudad. Moderno, cómodo, buena comida, costoso, buen vino, y lindas chicas qué ver. Claro, es debido tener una reservación, lo que no es ningún problema.

–No lo sé, no voy vestido para la ocasión – afirma la deidad sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiarse el sudor que comienza a acumulársele en la frente.

–Estás bien – aseguro haciendo un gesto para quitarle importancia – no pienses en ello.

Un automóvil cruza muy despacio junto a nosotros, y veo en el reflejo de las ventanas mi cabello alborotado por el viento. Sin detenerme comienzo a peinarme con suavidad usando las manos, algo afanado, y al rato me desespero porque no sé cómo luzco.

–¿Cómo está mi cabello? – le pregunto a Dios quien se ha quedado en silencio, pensando en algo detenidamente.

Mira mi expresión de preocupación y luego me dice:

–Eres patético.

Lo alcanzo en unos pasos rápido, y digo en tono austero:

–Estás algo agresivo. ¿Ya estás viejo?

El sol ilumina la ciudad aún más, tanto que tengo que entrecerrar los ojos mientras camino. Me esculco entre la chaqueta, pero no encuentro mis lentes de sol importados. Es la primera vez que los dejo en casa. Con tanto sol me preocupa no haberme aplicado loción protectora, puede que termine arruinándome la piel.

–¿No podrías atraer algo de nubes? – le digo mostrándome un poco molesto, no con Él, pero con el sol.

–¿No trajiste tu sombrilla, abuela? – me pregunta esbozando una sonrisa.

–Lo estás haciendo a propósito ¿no es así? Sabías que iba a olvidar aplicarme la loción, y por eso enviaste a esa despiadada bola de fuego a arruinarme el día.

–Deja de ser tan delicado.

–En las noticias dijeron que sería un día nublado, fue por eso que no tomé las precauciones debidas.

–Créeme, el día no está iluminado y caluroso con el objeto de fastidiarte.

–Oh, sí, por supuesto. Dijiste lo mismo cuando compré las boletas a ese concierto y al día siguiente murió Michael Jackson. Sabías que tenía unas horribles ganas de ir a verlo y tú te lo cargaste sin pensarlo. A Michael Jackson… eso sí que fue cruel, nunca pude ir a ninguno de sus conciertos.

–Tiene lógica, Michael Jackson murió porque tú ibas a ir a su concierto. Bien pensando, Dani – dice haciendo ademanes ridículos – No eres el centro del universo.

–Sí, claro, y ahora me van a salir pecas.

–No te sentarían mal.

–Oh, Por Dios, eso es lo peor que me han dicho en la vida.

Cruzamos por el parque que queda a una cuadra de mi edificio y me tranquilizo cuando veo que una chica pasa a mi lado echándome una sutil mirada coqueta, lo que significa que mi cabello está perfecto.

A lo lejos, en las rampas, hay un grupo de muchachos fumando y montando en patineta mientras escuchan de una vieja grabadora algo que parece ser indie, tal vez, no lo sé, pero me gusta. Una mujer madura, con gafas oscuras en su cabeza y una sudadera de marca, ceñida al cuerpo, camina meneando su cadera, cruza cerca de nosotros mientras pasea a su perro. Me mira y yo le sonrío, ella me devuelve la sonrisa y parpadea despacio. Aunque tiene sus años encima se nota que todavía le gusta pasar el rato con tipos jóvenes.

–¿Podrías dejar de coquetear? – me pregunta Dios.

–¿Celoso de que no sea contigo?

–Por favor.

–¿Qué tiene de malo intercambiar miradas con alguna extraña por la calle?

–Ella podría ser tu madre.

–No con el cuerpo que tiene.

–Cállate.

–Recuerda que yo voy a pagar la comida.

Nos detenemos frente a una avenida y esperamos a que el semáforo cambie a verde para los peatones. Esto toma tiempo, tanto que la gente comienza a acumularse a nuestro alrededor.

–¿No podrías por lo menos hacer cambiar el semáforo? Ya se me están entumeciendo las piernas. – digo sobándome suavemente por sobre el pantalón.

–Ten paciencia, es una caminata, se supone que estemos de pie.

–Se supone que caminemos, no que nos estanquemos porque el sistema de transito de esta ciudad es una porquería.

–¿Qué es lo que te pasa? Estás demasiado quejumbroso.

–¿Quejumbroso? Estoy paseando contigo, se supone que eso debe darnos alguna ventaja, como cambiar a verde el semáforo. ¿De verdad prefieres esperar como los mortales?

–¿Qué tiene de malo esperar? Ya llegaremos al restaurante.

–Antes solías ser divertido ¿recuerdas? ¿Sí? – Le digo golpeándolo con el codo – pasábamos cerca a los conciertos que detestábamos y dejabas caer tremenda tormenta hasta hacer temblar el escenario y  espantar a cientos de idiotas.

Me río solo, Dios apenas sonríe y niega con la cabeza.

–O como cuando fuimos a ese zoológico y desapareciste a todos los animales. – Le digo esto golpeándolo con mi índice en el brazo, como si lo estuviera acusando – ¿Te acuerdas? ¿Cómo todo el mundo parecía estúpido al ver que no había nada en las jaulas? ¿Te acuerdas?

–Sí, lo recuerdo. Fue algo impulsivo.

–No me había reído tanto en la vida.

–Fue un buen día.

El semáforo cambia a verde y toda la manada cruza la avenida. Guardo mis manos en los bolsillos y siento en uno la cajetilla de tic-tac que siempre cargo, la saco y me sirvo dos, le doy otros dos a Dios y nos los embutimos.

–Tienes risa de niño. – Asegura Dios.

–La vida es muy corta para preocuparse en crecer – digo muy serio y lleno de confianza aunque esa frase me salió de improviso.

–Y por eso te gusta bailar desnudo en tu habitación al son de Maroon Five.

–¡Ey! Eso es espiar, y es ilegal. – digo casi gritando, sintiéndome totalmente indignado.

–Demándame. No creo que quieras comentarle a nadie lo de Maroon Five.

–Sólo lo hice un par de veces.

–Bueno, sí, pero ¿Maroon Five? ¿En serio?

–Ya lo superé… no volverá a pasar.

–Ya veremos.

–Dijiste que no volverías a hacer eso… que dejarías de ver todo lo que hago en privado.

–Lo siento – dice sonriendo – ¿está bien?

–No es justo.

Me quedo callado por un rato, hasta que se me pasa el furor de imaginarme a ese viejo mirándome bailar como idiota luego de una ducha helada.

En Abie’s me siento mucho mejor, no hay sol, obviamente, y el estilo del lugar me hace sentir como en casa. Un amable y joven mesero se nos acerca y nos pregunta si vamos a ordenar. Yo pido una ensalada de Nápoles y un jugo que vaya con mi dieta vegetariana. Dios me mira sin parpadear y pide un filete, papas, tocino y más basura sacada de cuerpos de animales.

Me quedo mirándolo acusativamente, como si estuviera escogiendo su comida para sacarme de quicio.

El mesero nos sonríe y se aleja.

Yo no parpadeo, y sin quitarle el peso de furia a mis ojos le digo a Dios:

–¿Filete? ¿Es enserio?

–¿Qué? Es comida.

–Un animal murió para que tú puedas comer a gusto.

–El ciclo de la vida.

–¿Cómo puedes ser tan insensible con la naturaleza?

–Tengo buen paladar.

–Toda creatura es sagrada.

–Pues con esos precios eso espero.

–¿Cómo puedes comer algo que Tú mismo creaste?

–Tengo hambre.

Me quedo mirándolo, pero Él no me regresa la mirada, finge contemplar el glamuroso lugar, mientras se frota las manos, ansioso.

Nos sirven la comida y Él comienza a cortar pequeños trozos de carne y a llevárselos a la boca. Los saborea y los mastica muy despacio. Casi pierdo el apetito.

Contemplo la elegante forma en que está servida mi ensalada, y empiezo a comerla en silencio, sin siquiera dirigirle una mirada a Dios.

–¿Cómo está tu padre? – me pregunta al cabo de unos minutos.

–Dímelo tú. – respondo indiferente.

–No has ido a visitarlo.

–Iré en navidad.

Dios suelta un leve gemido.

Detengo el tenedor en el aire y miro de inmediato a Dios. Tiene cierta pesadez en el rostro, y no me agrada.

–¿Qué? – pregunto.

–Deberías ir antes.

–¿Por qué? Iré en navidad.

No responde.

–Le compraré una bata de lana y unas bonitas pantuflas, un buen libro, e iré en navidad, encenderemos la chimenea y pasaremos juntos la noche buena. – Insisto – Beberemos un vino caliente y escucharé todo lo que tiene que decirme… iré en navidad. Y él estará allí para entonces… – digo dejando esa última frase inamovible entre los dos – ¿verdad? Él estará allí, y me sonreirá y me regalará otra Biblia o algo por el estilo ¿verdad?

Dios no cambia su expresión, ni parpadea, y me altero.

–Mi padre verá el nuevo año ¿verdad? ¿Lo hará? ¡Dime!

Dios se limpia la boca con una servilleta y bebe un poco del jugo que reposa junto a su plato.

–Mi padre está en perfecto estado – carraspeo – y lo veré en navidad.

Sigo comiendo algo eufórico, hasta que la comida se me atora en la garganta y golpeo la mesa con mis manos, y alejo el tenedor y me quedo en silencio, con la cabeza gacha.

–Todo está bien – dice Dios – Sólo te dije que tenías que ir a ver a tu padre. Sólo visítalo, y vuelve a verlo en navidad.

–No me gusta que insinúes cosas, no lo hagas, no con mi padre.

–Visítalo.

–Iré mañana ¿está bien? Lo visitaré mañana, pero no hagas comentarios sobre él.

Sigo comiendo, e intento pensar en algo más relajante; en Paris, o en las noches que llueve y me quedo en casa mirando una buena película, en el nuevo equipo de gimnasio que instalé en casa hace poco, en algunos westerns, en Making it back de Richmond Fontaine, en mi padre quedándose dormido frente al televisor que le compré.

La gente que está cerca a nuestra mesa es muy silenciosa y me angustia ser la persona más expresiva de todo el jodido restaurante.

Y parece que el silencio reina por siglos en ese restaurante de lujo.

De pronto veo a un tipejo en corbata y peinado hacia atrás mirarme desde el otro extremo del lugar, me sonríe y comienza a caminar hacia nosotros. Lo conozco, no sé de donde ni recuerdo su nombre, pero conozco a ese petardo de primera, y me arreglo el pelo mientras intento acordarme de quién es.

–Hay un tipo en traje que viene hacia aquí – murmuro mirando mi plato – y no recuerdo su nombre.

La voz de Dios dice:

–Pablo Tobar, lo conociste en el club, es hijo del presidente de Oriental PT, viejo conocido de la familia. No lo ves hace tres años desde que se reunieron con los socios de la compañía en una cena de año nuevo. Tu padre le decía Pepe por alguna razón.

El tipo se aproxima a nuestra mesa portando una larga sonrisa rosada. Su rostro es perfecto y sus ojos cristalinos, no es la imagen mental que tenía de ese idiota.

–Dani Danito – dice él con tal familiaridad que lo recuerdo al instante, siempre me llama así.

–Pablo – exclamo – qué gran sorpresa encontrarte por aquí.

Me pongo de pie y nos estrechamos las manos. Él no deja de sonreír.

–Luces genial – dice.

–Me siento genial.

–Bonita corbata.

–Gracias.

–¿Gucci?

–Versace.

–Claro.

Hace silencio y mira en dirección a Dios quién mira la escena en silencio.

–Oh – exclamo al recordar que debo presentarlos. – Él es Pablo Tobar – me dirijo a Dios, mientras Pablo saca pecho al ser presentado – hijo del presidente de Oriental PT, viejo conocido de la familia.

Miro a Pablo y digo:

–Él es… Tobías – hago un leve ademán indicando a Dios – un amigo.

–Un placer – dice Dios poniéndose en pie.

–Gracias – responde Pablo algo prepotente, luego me mira y se me dirige diciendo – Y dime ¿Cómo vas tus inversiones?

–Siempre al mejor postor – respondo mientras Dios regresa a su asiento.

–Eso suena bien. Siempre has sido bueno en los negocios. Deberíamos encontrarnos un día y hablar enserio. Tú sabes, nuestras familias saben elaborar dinero de la nada.

–Claro – le digo y sonrío. – Es hora de volver a juntarnos, los buenos con los buenos es siempre una buena fórmula.

–¿Y cómo se encuentra tu padre?

–En las mejores condiciones.

–Todavía cagando dinero, ¿cierto? – dice soltando una carcajada.

–Cada día.

–Ese hombre solía ser un mago con los negocios, esas finanzas nadie se las creía. Eres un bastardo suertudo al haber sido su hijo.

–Ya lo creo.

La terrible actuación de Pablo Tobar produce en mí un sudor pesado que se me acumula en la costosa camisa que llevo, y pienso en las manchas que le van a salir gracias a que transpiro como si estuviera perdido en el puto Sahara.

–¿Recuerdas esas vacaciones en la playa? – Pregunta Pablo agarrándome del brazo – ¿Te acuerdas? Estaba Miranda Vargas y Lucía Paramo ¿sí? No las queríamos comer y no se querían dejar – dice en un susurro, intentando evitar que el sonido se vaya hacia el resto del restaurante colocando su mano como obstáculo – las emborrachamos – suelta una carcajada.

Yo me rasco la ceja y miro en otra dirección.

Un mesero muy serio se me queda mirando, está estático a mitad del jodido restaurante y no me quita la mirada de encima, como si fuera a golpearme o algo así.

Me rio con nerviosismo y niego con la cabeza.

–¿Te acuerdas? – pregunta Pablo golpeándome el brazo.

Es imposible no sentir vergüenza.

Y pienso:

¿No podrías acabar con esto?

Pablo suelta una carcajada diciendo: esas dos estaban muy buenas.

Yo pienso:

¡Vamos! has que se vaya.

Miro en dirección a Dios y Él me ignora.

¿Podrías matarlo? – pienso.

Dios niega con la cabeza.

–Ni siquiera borrachas. – Sigue con su patética historia Mr. Hijo de perra – No hay cosa peor que estar en la playa con una erección y sin nadie que quiera.

Y en mi mente digo:

No seas cruel, sácame de aquí.

Enfréntalo, chico. – Suena la voz de Dios en mis entrañas – Actúa como el hombre que dices ser.

Refunfuño en mi interior y miro de frente a Pablo, lo tomo del brazo.

–Fue un placer verte, Pablo – le digo – ahora voy a volver a mi comida.

–Oh, sí, claro. No quiero importunar. Me alegra haberte visto, Dani. Nos estamos viendo… yo te llamo.

–Claro. Hasta luego y cuídate, Pablo.

–Lo mismo, adiós. Y bon apetite.

Pablo se aleja con una sonrisa de imbécil y regresa a su mesa. Me toma unos segundos recuperar la compostura y la habilidad de comer.

–Eso fue incómodo – digo levantando las cejas.

–¿Quisieras desaparecer como un animal en el zoológico?

Noto que los labios de Dios están apretados porque intenta no reír tras su propio chiste, pero no puede contenerse y se ríe.

–Acaba tu sangrienta comida – le digo.

Él sigue riéndose hasta que su rostro se torna rojizo. La gente comienza a mirar hacia nuestra dirección algo abochornados de la actuación de ese viejo de escaso cabello, algo de panza y mal vestido. Las mejillas se me encienden tras la horrible vergüenza que me anega y le susurro a Dios que por favor haga silencio. Este es un sitio de clase, no un restaurante de camioneros. Levanto la vista y me doy cuenta que su rostro ha pasado de rojo a morado, sus manos se acercan a su garganta y sus ojos sobresalen de su cara. Dios ya no se ríe, sino que carraspea con fuerza intentando sacar el pedazo de animal muerto que se le ha atorado en la garganta. Me quedo paralizado viendo como Dios se atraganta y va perdiendo el control de sus expresiones. No puedo hablar, no puedo moverme. Ni siquiera puedo pensar, pedir ayuda. Sólo me quedo allí sentado esperando por un milagro.

Todo el salón se apaga en un silencio letal, y mis ojos se concentran en Dios y su insistencia por capturar algo de aire, pero se le es imposible. Se levanta de su asiento y tambalea como si fuera a colapsar. No hay sonidos, no hay voces, sólo el rostro contraído de Dios mirando la nada.

El tiempo vuelve a reaccionar cuando un mesero se lanza hacia Dios, lo agarra desde atrás colocando ambas manos en su abdomen y presiona con fuerza. La maniobra de Heimlich. Todo esto lo sé, lo conozco, pero sólo se quedó en eso: conocimiento. El mesero sigue presionando hasta que de la boca de Dios sale volando una bola grande y marrón que desaparece entre las mesas aledañas. Dios se rinde exhausto cayendo al suelo aún en los brazos del joven héroe en uniforme. Respira con afán para que su cuerpo siga funcionando y deja escapar de sus ojos unas enormes lágrimas que empapan su cara.

Tras el corto y a la vez eterno momento, la gente comienza a murmurar angustiada y después terminan aplaudiendo con ansias rodeando al viejo tirado en el piso y al mesero quien le limpia con cuidado las lágrimas a Dios.

–Gracias – dice Dios agarrándose al brazo del mesero – muchas gracias. Me salvó la vida.

–Guarde el aliento – le pide el joven mesero – todo va a estar bien. La ambulancia viene en camino.

Yo sigo en mi asiento, incapaz de parpadear o pronunciar palabra alguna.

Varias señoras se inclinan hacia Dios y el mesero y ayudan a consolarlo. Una de ellas posa su arrugada mano en el hombro del héroe y le dice en voz alta para que todos escuchen.

–Gracias a Dios estaba usted aquí.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*