UN GRAN ESPECTÁCULO

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 La historia empieza con este tipo educado que lleva sombrero, saludando a tres monstruos que pasan de largo en bonitos vestidos. El tipo dice “esto es arte”. Sonríe y compra algo de comer para la función, y sus hijos lo toman de las manos mientras el tipo les dice “apreciación”.

Y tú estás allí mirando al tipo, asientes y dices “sí, sí, sí. Arte”.

El caballero educado te dice “¿qué ha hecho el hombre desde que tuvo inteligencia? Conquistar y reinar. Buscar poder y matar. Matar. Le dejó claro a las otras especies que es él quien controla al mundo”.

Y tú le dices “Sí, sí, sí. Matar”.

Así como dijo alguna vez Julio César, “vine, miré, conquisté”.

Una mujer de pocas arrugas y bonitos ojos dice, “no se puede despreciar una tradición tan antigua como ésta. Va en nuestras venas”. La mujer sonríe y dice “la ignorancia hace a la gente decir estupideces”.

Tú estás allí. Estás allí junto a 14499 personas en la plaza de toros señalando a los toreros que conoces. Hace buen clima y se escucha ese bullicio de centenar de personas hablando a la vez, desde la distancia hasta aquí. Y tú dices, “sí, sí, sí. Estupideces”.

Así como dijo alguna vez Federico García Lorca, “el toreo es probablemente la riqueza poética vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”.

A las tres de la tarde los espectadores todavía están ingresando mientras el resto observa la arena. Los pasillos por donde la gente entra se conocen como Vomitorios.

Hay un malentendido acerca de que los romanos solían tener espacios llamados vomitorios en donde solían vomitar debido a la exorbitante cantidad de comida que solían consumir. Esto probablemente nació a partir de la historia de Julio César, quien escapó de un intento de asesinato debido a que se sintió enfermo después de una cena; y en vez de ir a la letrina donde su asesino estaba esperándole, fue a vomitar al dichoso vomitorio, evitando ser asesinado en esa ocasión.

Unos minutos más tarde la función empieza y el matador aparece ante los ojos de su audiencia, ante tus ojos. Y los aplausos resuenan en sus oídos.

La impecable vestimenta que usa el matador se llama traje de luces. Los sutiles movimientos con los que se desenvuelve le dan las características de un artista, de un atleta. Y todo es apoderado por la gloria que impregna.

Es la expresión de una cultura, gobernada por un protocolo. Hace parte de nuestra sangre. Hace parte de todos nosotros y lo que creemos.

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“Buen entretenimiento” dice un chico sentado al lado del tipo educado de sombrero.

“Esto no es entretenimiento, muchacho” le dice “es la belleza de la expresión humana”.

La belleza yace en la pasión que une a todas estas personas, a pesar de sus discrepancias en política o religión, a pesar de todo, aquí están todos. No importa si eres pobre o rico, viejo o joven, a todos nos une la perfecta identidad cultural, nuestra Fiesta Nacional.

Con el sol a todo poder alumbrando desde el cielo, y toda esta gente aquí metida con la impulsiva necesidad de empezar a gritar “¡ooooleee!”, se diseña ese momento placentero cuando aparece el gran toro, cual caballero hermoso caminando en sus patas hacia el aguerrido heroico matador. Y crece y crece el momento, y es hora de que el toro aparezca.

Y todos ellos, y tú, sentado en tu asiento, hacen silencio cuando es una figura oscura la que toma posesión del momento en vez de la bestia, y camina sin vacilar por la arena, tan atrevida y repulsiva que apacigua la pasión comunitaria por esta noble arte.

Tú lo observas todo sin saber qué decir, y miras alrededor, y preguntas “¿quién es ese?”

Es un incómodo momento, donde nadie sabe qué es lo que está ocurriendo, donde nadie se imagina qué es lo que va a ocurrir.

La oscura figura camina directo hacia el torero.

Se trata de un hombre oculto por un traje negro. Usa una máscara salvaje de rasgos taurinos con algo de sed y enigma. Es una sombra perfecta. Este sujeto es el nuevo presentador del espectáculo que se enfrenta ante la mirada de un torero enorme, de un adornado héroe nacional. Es el nuevo anfitrión que, a diferencia del matador, genera silencio.

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El matador observa cómo la oscura figura se acerca hacia él cada vez más. No sabe cómo reaccionar. Sólo permanece allí, intacto, mirando a un demente con una máscara aproximarse.

Y de pronto el mundo cambia para siempre cuando aquel demente enmascarado golpea el rostro del matador con una vara que empuña con ambas manos. El mundo cambia cuando el matador cae al suelo como un muñeco sacudido. Cuando su sangre mancha la arena en vez de la del toro.

Es un golpe que resuena como un bullicioso martillazo, de esos que destrozan el suelo que nos sostiene a todos.

Y puedes sentir la magia de un destripador en el aire. Como un abominable hombre de las nieves haciéndose presente para apalear a tus héroes, quizá matarlos. A todos.

Es el momento más doloroso de tu vida.

La gente comienza a levantarse de sus asientos, empiezan a susurrar y a mirarse unos con otros. 14500 personas gritando e intercambiando miradas aterradas. Una enorme multitud detenida por un sujeto enmascarado. Todo el mundo siente que su corazón late más rápido. Tú sientes que tu corazón está deseando escapar por tu garganta mientras tus manos pierden el control y tiemblan desaforadas. Tus dedos se comprimen en tu palma, y no puedes dejar de ver la sangre del matador esparciéndose sobre el suelo. Humedeciendo la hirviente tierra.

Es el momento en que nadie sabe qué hacer.

Así como dijo alguna vez Confucio “nuestra gloria más grande no yace en nunca caer, sino en levantarnos cada vez que caemos”.

La oscura figura golpea una vez más al matador que no se mueve del suelo.

Es la clase de golpe que genera sangrado interno. De esos que destrozan costillas y desgarran músculos. De esos que disturban cráneos, que hacen desmayar… duelen como un golpe contra el suelo después de una caída libre desde el cielo. De esos que roban fragmentos de memoria y vida.

Y el llanto del matador resuena en los oídos de la audiencia.cockroach

Te viene a la mente la imagen de cuando solías apalear cucarachas en tu niñez o arrancar alas de moscas indefensas.

Puedes sentir el llanto del matador. Sus heroicas lágrimas cayendo a gran velocidad de su rostro. Podrías acercarte a su convaleciente cuerpo hermoso y llorar con él. Es un lamento que se extiende a los oídos de extraños paralíticos en sus asientos incapaces de hacer algo. Se extiende a la eternidad.

La gente oculta su boca y abre sus ojos, porque desean ver lo que ocurre aunque sea enfermizo, porque quieren saber cómo es destrozar el cráneo de alguien.

Todos ellos, tú, han esperado por ese momento.

No, no, no. No quieres ver más accidentes de tránsito desde la acera. No es suficiente con las noticias amarillistas. Necesitas oler esa sangre que brota del toro cuando se le mata lentamente y todos gritan entusiasmados porque alguien fue capaz de arrebatar una vida. Así está mejor, celebrando la muerte.

Por eso tú te detienes a observar todo. Porque te cansaste de ver televisión violenta, de ver pornografía salvaje. Porque ya nada te excita, nada te eleva. Y eso, esa lenta y dolorosa muerte que está allí, en vivo y en directo, te hace sentir vivo. Te saca de la mierda de vida con la que tienes que lidiar.

Know-Thy-Enemy-Cada golpe que le brinda el tipo enmascarado al torero es una resurrección más. Cada golpe te llena de vitalidad. A todos allí.

Y la gente comienza a llorar, a agarrarse de los cabellos y a temblar.

Los más ancianos vomitan sobre los más jóvenes. Y los más jóvenes intentan acercarse un poco más a esa figura oscura que está destrozando al héroe.

Así como dijo alguna vez George Washington Carver “cuando haces las cosas comunes de la vida de una forma poco común, consigues la atención de la gente”.

De pronto el tipo de la máscara se detiene, se sujeta la cabeza y respira. Respira despacio mientras coloca su bota sobre la espalda del matador. Dirige su vista al público y los observa con sus ojos negros, los observa con ira. Y le grita al mundo, así como dijo alguna vez Máximo:

“¿No están entretenidos? ¿No es acaso lo que vinieron a ver?”

Silencio.

Nadie hace nada, después de todo son sólo espectadores.

Y tú oyes un gemido proveniente del matador que exclama: ayúdenme. Lo escuchas resonar en el pecho de todas las personas que están sentadas junto a ti. Pero ellos no pueden hacer nada. Son sólo simples apreciadores de sangre y vísceras. Les gusta bañarse en rojo y ver morir lo que sea.

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La oscura figura te grita:

“¿No es divertido? ¿No es suficiente?”

¿Que no pagaste para ver cómo torturan a un animal?

Realidad en alta definición mientras que tú permaneces excitado en tu lugar, y el matador arrastrándose lejos de su muerte, mientras lágrimas y sangre se derraman de su cuerpo. Es la oscura figura golpeándolo de nuevo. Y de nuevo.

“¿No es arte? ¿Ya no lo es?”

Y de nuevo.

Es demasiado. Te empiezas a sentir enfermo y el mundo comienza a dar vueltas bajo tus pies.

Esto es tortura. Lo es.

Antes de entrar en la arena el toro es golpeado en los testículos y es drogado. Antes de enfrentarse con el valeroso matador, el toro está exhausto.

Al final del espectáculo, el toro es asesinado.

El caballero educado de sombrero se asoma por sobre la enorme multitud de inútiles, por sobre toda la audiencia, y el tipo dice “¡¿Qué rayos le sucede?! ¡Usted está enfermo!”

Las mujeres en vestidos de colección están ocultando sus miradas e intentan llamar a emergencias, pero el resto de la humanidad ha pasado a un segundo plano.

“¡Usted es un maldito monstruo!” el grita el caballero educado a la sombra “¡Es un maldito asesino!”

Y el sujeto enmascarado se voltea para ver al matador y le dice al caballero educado “No tiene que gritarle, señor, creo que nuestro torero ya ha aprendido la lección”.

Así como dijo alguna vez David Gerrold, “La vida es dura. Luego te mueres. Luego te arrojan tierra a la cara. Luego te comen los gusanos. Agradece que ocurre en ese orden”.

La mirada escondida del enmascarado recorre los borrosos rostros de la audiencia. De su espalda desenvaina una espada larga y delgada, y saluda a la multitud con majestuoso movimiento. Para finalmente voltear hacia al torero y enterrarle la espada en el torso.

Y el torero suelta un imponente berrido de becerro que se pasea por toda la arena y hace hervir su sangre alrededor.

Son las tres y media y el sol parece tornarse pardo.

Es cuando ocurre una de las partes más importantes de la corrida; la oscura figura se inclina al matador, le masajea la cabeza, su cabellera sudada que se resbala por sus guantes negros.

“Dios” dice el matador “por favor”.

Tú sólo puedes ver los labios de convaleciente moverse.

“No más” dice el matador “no más”.

“Lo siento” dice el enmascarado “pero no hablamos el mismo idioma”

Saca una navaja, y muy despacio le rebana una oreja al matador. Y él grita, y se retuerce… y llora, y tú ya sabes. La oreja es arrancada de un tirón. Pero nadie aplaude, nadie arroja rosas. No hay celebración, no hay un triunfo. La oscura figura no es un héroe, no es un artista. Ya no es algo valeroso, un deporte. No es una actividad cultural de la cual sentirse orgulloso.

El enmascarado hace una venia y todo el mundo se desespera.

Es una escena sangrienta, como siempre ha sido, desde tiempos inmemorables, pero todos se sienten mal. No es divertido cuando no se trata de un toro muriendo. Cuando son los gritos del matador los que ensordecen tus oídos. Cuando los papeles cambian.

No es divertido cuando el matador aprieta sus párpados y suelta un gran alarido que perdura varios segundos. No es grandioso cuando la figura oscura, el tipo de la máscara, exhibe la oreja al público. Cuando el premio se eleva sobre su cabeza para que todos vean al miembro goteando sangre.

Es el momento cuando todo el mundo corre, cuando todos piden ayuda.

Es el momento en que  el matador, aún tendido en la arena, siente bajo su mano su cabeza sangrando; cuando se da cuenta que no siente sus piernas, que nadie se acerca para ayudarle. Que ha dejado de ser un héroe, que ahora es la víctima.

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Y mientras todos corren hacia las salidas, tú te quedas allí, observando los negros ojos tras la máscara. No puedes respirar. Sólo puedes oír la conmoción, el horror, y el miedo en tu interior. Sólo puedes ver al matador desangrándose rápidamente. Quieres llorar, gritar, aunque no sea tu culpa. No fuiste tú quien mutiló al torero, quien le golpeó hasta partirle los huesos. Sólo eres un espectador, sólo eres parte del público.

Eres un asistente, ¿no es así? No puedes hacer nada. Sólo estar impactado. Sólo mirar y servir de testigo, de narrador para los medios. Nada más.

Así como dijo aquella vez el enmascarado junto al matador tirado en el suelo, “¿Alguna vez entendiste las lágrimas de aquellos que mataste? ¿O te ensordeció la adoración de tu público?”.

Cuando dijo “Quedan más orejas por las que ir, mi amigo”.

Y entonces, es el momento cuando la oscura figura se quita la máscara.

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