Salvando Al Soldado Remiso

"Let's go to war" Ian Espinoza

“Let’s go to war” por Ian Espinoza

No es todos los días que te arrinconas en un espacio pequeño y oscuro donde te tienen atrapado, rodeado por otras pobres criaturas que como tú han sido apresadas y posiblemente serán enviadas a lugares remotos; escondidos entre montañas y densa vegetación y la eterna historia de guerra que ha vivido esta tierra.

Y pensar que iba a ser un buen día.

Esto ocurrió cuando el ejército de mi amado país se le dio por agarrarme y meterme en un camión repleto de muchachos a quienes obligarían a prestar el famoso y temido servicio militar. Antes, cuando pensaba en el ejército se me venía a la cabeza las palabras “valientes” y “sacrificio”, ahora solo pienso “malditos perros miserables”.

La Nacho

La Nacho

Si no estoy mal, era el 2010 y estaba cursando mi segundo o tercer semestre de la universidad, por lo que mis problemas más inmediatos eran tareas, ahorrar dinero para salir con mis amigos, e intentar no llevar la misma camiseta de Led Zeppelin que el 14,5 % de la comunidad universitaria usaba. Eran buenos tiempos, y aquel día en particular iba a ser tranquilo, pues mi clase en la tarde había sido cancelada y podía irme temprano a casa, acostarme en la cama y quejarme de mi dura vida. Ese era el plan, hasta que en el Portal Norte se instalaron soldados para “reclutar” de forma forzosa a jóvenes mayores de edad que no estuvieran inscritos en una universidad. Lamentablemente yo había extraviado mi carnet universitario un par de semanas antes, pero no creí que aquello fuera problema con los soldados, a quienes consideraba caballeros íntegros con los que se podía llegar a un acuerdo. Me detuvieron a mí junto a un par de chicos más y me pidieron por mi cédula y libreta militar.

“No tengo libreta militar”

“Párese aquí y espere quietico” dijo el uniformado, que no podía tener más de 25 años, señalando una pared donde ya habían detenido a otro pobre infeliz.

“Soy estudiante universitario, todavía estoy tramitando mi libreta militar” le comenté.

“Carnet universitario, entonces”

“No lo tengo conmigo”

“Párese aquí y espérese”

Así lo hice. Miré la hora: 11:45 am. Imaginé que no podían detenerme mucho tiempo y que en cualquier momento estaría en casita relatando este breve suceso. Media hora después nos llevaron como se transportan a 5 criminales hasta la salida del portal, donde nos esperaba un viejo camión con varios chicos de pie o escondidos en las sombras, en silencio. No me imaginaba ni a animales siendo transportados en ese auto, pero imagino que nosotros éramos algo más inferior. Antes de aceptar subir al platón de ese auto, me giré y le dije al soldado “soy universitario. Acabo de venir de la universidad. Tengo todas mis cosas en la maleta. Revíselas”. Por supuesto que mis ruegos fueron opacados por los empujones y el afán que tenían los militares, después de todo, había más carne fresca esperando en la ciudad.

"Monserrate Colombia" Michael Lehner

Foto de Michel Lehner

“Será momentáneo, ya lo arreglaré” me dije dándome cuenta que esto se estaba poniendo serio y que mi día estaba siendo arruinado. Me mantuve de pie en silencio, como todos los demás, sin saber lo que me deparaba.

Si le preguntas a un militar él negará que era de aquella forma como encontraban nuevos reclutas. Jamás recogieron chicos de la calle y se los llevaron a batallones al otro lado del país. Nunca harían eso. Los cínicos podrían ser captados en el acto con cámaras, y mientras empujan a muchachos dentro del camión, dirían “tenemos un proceso legal para el reclutamiento. No recogemos a nadie de la calle. No secuestramos gente. No los metemos en un carro sin darles la oportunidad de decirle adiós a su madre”.

Pueden decir lo que quieran de la fuerza militar colombiana: que son hampones, asesinos, mentirosos, medio tontos, lentos con el papeleo, corruptos…

En fin.

Miré la hora de nuevo: 1 pm.

Estábamos recorriendo la ciudad en ese camión, transportados como ganado hacia el matadero, con paradas esporádicas para recoger hombres sin libreta o indocumentados. En ese momento se despertó en mí aquel sentimiento común de superioridad que aparece cuando estás con gente que no ha tenido las mismas ventajas que tú.

“Yo no debería estar acá. Soy universitario, maldita sea ¡de la mejor universidad de todo este despreciable país! No soy como ellos” pensaba mirando a esos pobres chicos de gorras volteadas hacia atrás y camisetas de algún equipo de fútbol nacional. “Sé quién es Noam Chomsky, por Dios Santo. Puedo hablar otro jodido idioma. Nunca me verán rapeando ni leyendo libros de youtubers. Y jamás me escucharán decir ‘haigan’”

Daniel Reche

Foto de Daniel Reche

No hay que negar nuestro lado prepotente, orgulloso. En el pasado no perdía oportunidad de mencionar que me había graduado de la Universidad Nacional de Colombia, y una vez me mudé al exterior, siempre le aseguraba a mi interlocutor que era la mejor universidad del país y que debería estar impresionado con mis logros. Nube de la que terminé bajándome cuando descubrí que ya nadie se emocionaba al escuchar de un simple título universitario de pregrado. Haz una maldita maestría, me dicen, un doctorado, eso sí es algo por lo qué enorgullecerse. Pero sentado en ese camión con aquel grupo de muchachos en particular, me sentía especial. “Ya vendrá el general a liberarme de esta prisión” me decía, aunque no sabía de qué general estaba hablando.

Después de un par de horas en ese auto, tras parquear cerca de un centro comercial donde capturaron más almas perdidas, se me concedió un celular para contactar a mis padres y pedir por ayuda. SOS.

“Los militares me agarraron y no sé dónde está mi carnet universitario. Búsquenlo en mi cuarto, por favor. Por donde sea”.

No recuerdo la reacción de mis padres, pero debió ser calmada. Como yo, debieron creer que al ejército le importaba quién era yo y lo que hacía con mi vida. Seguramente iban a verificar mi estado académico antes de enviarme a la loma a matar guerrilleros. Lo cierto es que a los militares no podría importarles menos quien está metido en ese camión. Una vez estás bajo su poder, se creen tu dios todo poderoso creador del infierno y de la tierra.

Como era de esperar, mis padres no encontraron el carnet y, finalmente comencé a hiperventilar. Estaba atrapado, acorralado. Estos salvajes camuflados iban a darme un fusil y un cepillo de dientes. Una vez más intenté convencer a los soldados que yo era estudiante y que no debería estar allí. Saqué mi cuaderno y papeles que tenían el sello de la universidad y los levanté hacia sus caras. “Miren, miren. Universidad Nacional. Aquí lo dice. ¿Ven?”. Uno de ellos mostró interés y me preguntó qué estudiaba. “Inglés” le dije. Y por un par de minutos hablamos sobre la lengua, sus orígenes y diferentes dialectos, y para mi sorpresa descubrí que aquel tipo sabía más de mi carrera que yo mismo. “Usted también estudiaba filología inglesa cuando lo agarraron?” estuve a punto de preguntar, pero me abstuve por miedo de que así fuera y la historia se estuviera repitiendo conmigo. Derrotado, me senté en una esquina y esperé aterrado por mi destino. Imágenes comenzaron a formarse en mi cabeza donde estaba portando el uniforme y me paraba firme con mis compañeros; indistinguibles unos de otros, obedientes, esperando el siguiente comando.

Mi corazón aceleró cuando uno de los muchachos asomó su cabeza por la parte posterior de la lona que cubría el platón para asegurarse si había vigilancia de ese lado. Y de repente, saltó hacia la calle, escapando del camión. Hicimos silencio y pretendimos que nada ocurría, pero el soldado filólogo nos notó extraños y revisó nuestras caras quizá creyendo que nuestra expresión nos delataría. Era tarde, de todos modos. El fugitivo ya debía haber desaparecido entre las sucias calles bogotanas, mientras el resto de nosotros seguíamos metidos allí; sin alimento, sin agua, ni siquiera la opción de ir al baño.

Mis esperanzas se fueron difuminando mientras el sol caía en el horizonte y la noche, oscura y llena de terrores, se apoderaba de la ciudad. “Mierda” me dije “No me van a dejar ir”. La forma como nos trataban dejaba algo en claro: ellos eran dueños de nuestras vidas, y mejor permanecer callado y atentos a cualquier orden si esperábamos un poco de benevolencia.

Bogotá por Sebastian Seck

Duré diez horas en ese camión, recitando todas las oraciones que se me venían a la mente, sin poder creer que me encontraba en aquella situación. Todo por un maldito carnet y el mal uso del poder militar. “Voy a dispararme en el pie” pensaba “no voy a prestar el estúpido servicio militar. Me rehusaré a levantar un arma. No pueden obligarme. No pueden”. Pero debían poder. Acuclillado dentro de ese camión, con hambre y sed, temeroso de mi inminente futuro, entendí que me estaba dejando doblegar por ellos. ¡Ellos! Sucumbiría a su discurso patriótico y me convertiría en otro honorable miembro de las fuerzas militares nacionales.

Alrededor de la nueve de la noche nos llevaron al batallón de artillería número 13, junto a la cárcel La Picota, en el sur de Bogotá. Descendí del vehículo sin espetar ni quejarme. Ya era parte de la manada, dispuesto a seguir lo que se me dictaminara. Había entendido que estaba con mis semejantes. De hecho, si algo bueno había conseguido en ese tiempo, fue congeniar con mis compañeros de lucha. Chicos modestos que ya se habían resignado a su suerte y que extrañaban el calor de su hogar, aunque solo llevaran unas cuantas horas lejos de sus familias. Hice un par de amigos y desarrollamos esa camaradería única que existe en el campo de batalla. Fueron ellos los que me dijeron que no me rindiera, que aún podía escapar de ese hueco. “Nosotros ya estamos perdidos, pero usted no “.

Nos hicieron formar como un pelotón de fusilamiento para recibir al capitán o al que fuera que apareció lanzando órdenes y dándonos una vaga bienvenida a aquella apreciada institución. No recuerdo otro momento en el que estuve tan asustado… bueno, quizás cuando vi a ese árbol cayéndose encima mío, o cuando mi hermana menor casi muere, o cuando mi mejor amigo casi muere.

El capitán no se puso con rodeos y ordenó a que nos quitáramos la ropa y los zapatos. “En esa habitación hay uniformes de diferentes tallas y botas. Vístanse que partimos esta misma noche. El bus nos espera afuera” dijo él dándonos la espalda, no para obsequiarnos un poco de privacidad sino porque no quería escuchar nada de lo que tuviéramos que decirle. Los chicos se desprendieron de su ropa despacio, dejando su camisa del Deportivo Santa Fe en el suelo y sus jeans raídos encima. Estaba ocurriendo; nos estábamos convirtiendo en soldados. Ya no íbamos a ser civiles caminando tranquilos por las calles, sino monaguillos de la guerra.

“No” dije “No me voy a desvestir”

El capitán se giró levemente para verme, pero sin revelar emoción alguna.

“Soy estudiante de la Universidad Nacional, tengo clases mañana. No voy a subirme a ningún bus” no grité, ni siquiera me alteré. En vez, busqué el equilibrio entre proyectar confianza y rogar con tragedia.

“Todos se van esta noche” dijo el capitán mirando los papeles que portaba en su mano.

“No me haga esto, señor” dije cambiando mi tono a ruego desesperado “usted va a arruinarme la vida, y no lo voy a permitir. No voy a ningún lado”

Extraje mis papeles de mi maleta de nuevo y se los enseñé, aunque él me rehuía. Decidí ser, si tenía que serlo, el tipo más molesto que aquel capitán hubiese conocido en su vida.

“Estudio filología inglesa. Escúcheme. Puedo hablar en inglés. Hágale, capitán, pruebe y verá.” Empecé a sonar como un chiquillo que no quiere que su madre lo deje en el jardín infantil “Hágale, capitán. Hello. How are you? ¿Sí ve? Por favor”

El capitán avanzó por el pasillo creyendo que me quedaría atrás resignado como el resto, pero no fue así. Lo perseguí aunque tuve que abrirme paso entre más soldados. “Vea mis exámenes… tienen el sello de la universidad” a estas alturas me di cuenta que el capitán podía creer que yo era universitario, solo que no le importaba. Solo fue hasta que estuve a punto de llorar y tirarme en el piso para hacer el peor escándalo de mi vida que el capitán me enfrentó. Yo estaba dispuesto a demostrarle que podía ser el peor soldado del mundo. El más cobarde, el menos letal, lo más bajo en la industria bélica.

“Por favor” insistí con mi aguda voz que agentes de call center confunden por femenina.

No pelearé en combate, no halaré del gatillo. No posaré mi mano en el pecho cuando el himno suene. Me cagaré en la bandera si es necesario, pero por Dios que no entregaré un segundo de mi vida por defender a mi país, menos cuando estoy siendo arrastrado por un pusilánime uniformado quien asume creer tener autoridad sobre mí.

El capitán negó con la cabeza y luego dijo con tono despectivo:

“Saquen a este tipo de aquí” me miró con decepción y hastío “Váyase a su casita, entonces”

“Gracias, capitán”

El alma me volvió al cuerpo y vi cómo mi futuro se reestablecía a la perfección. Me acerqué a mis camaradas de lucha con una sonrisa y pregunté si alguien tenía dinero qué prestarme para hacer una llamada.

“Tome” dijo uno colocando un billete en mi mano “sea libre” dijo sonriendo, casi en broma, pero no del todo.

Llamé a mi madre para pedirle que viniera a salvar a su pequeño y traerme algo de comer, pues no había probado bocado en casi 13 horas. Me despedí de todos los chicos con los que había formado un vínculo irrompible y cuyos rostros olvidaría al día siguiente, y me dirigí hacia la puerta, para hacer realidad los sueños de libertad que todos tenían pero que solo yo podía vivir. Recuerdo que caminé hacia la reja del batallón con una sonrisa en mi rostro a pesar lo exhausto que me sentía, pues había logrado aquello que creía imposible; conseguir que un militar te deje en paz sin sobornarlo, sino haciendo uso exclusivo de ruegos y desespero. Creo que aquí hay una importante lección qué aprender, solo que no estoy seguro cuál.

Afuera esperaban ansiosas las madres y familiares de algunos de los chicos que habían aprisionado ese día, todos ellos esperando poder hablar con alguien que les diera noticia y recolectar a sus hijos. Ninguno saldría.

Mi madre apareció de repente y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en un par de años y yo acabara de regresar de Afganistán. “Gracias a Dios” dijo ella “¿Cómo estás?”.

¿Cómo más podía estar? Estaba feliz, muy feliz.

A las 11 de la noche tomamos a un transmilenio rumbo al norte y me dediqué a contarle de los ultrajes e injusticias vividas las últimas horas, y cómo logré zafarme de las garras de los orcos.

“Casi te perdemos” dijo sujetándome la mano.

Casi.

Son esos momentos los que te hacen preguntar qué tipo de persona serías si los sucesos hubieran transcurrido de forma diferente. Pero no me embelesé con esas incógnitas; estaba distraído con la voz de mi madre y las únicas tres estrellas que se alcanzan a ver en el nocturno cielo citadino.

Foto de AltaGamba

2 Replies to “Salvando Al Soldado Remiso”

  1. Forero:gracias por relatar aquí tu vivencia, la de miles de colombianos, a quienes no les va tan bien como a ti. Esas son nuestras fuerzas militarea, ese es nuestro pais. La unica esperanza de cambio, EDUCACION, único baluarte contra la corrupcion. Espero que muchos jóvenes te lean, y lleven siempre consigo su carnet.

  2. Excelente artículo. Mi sobrino fue una de esas almas sin doliente, de los que se tatuan el nombre de la mamá en el pecho.
    Y oí de él la segunda parte de su historia, la de aquellos que ya veían llenos de penas y sin dolientes, los que nada los salvó de seguir el itinerario esa noche

    Cuando quiera se la cuento..

    Muchos jovencitos van al ejército y al salir regresan peor de lo que estaban y un número considerable ingresan al crimen y poco después pierden la vida…

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